GLORIA HERNÁNDEZ, UNA ENTREGA LITERARIA QUE RINDE FRUTOS.  Rocío Vásquez Mantero

Gloria Hernández fotografía de María Juliana Villafañe

 

Gloria Hernández es una escritora guatemalteca contemporánea que posee una bibliografía y una historia profesional fascinantes, si tuviera que describirla en pocas palabras diría que es una fuente profunda e inagotable de magia y creatividad cubierta de sólida simpleza y humildad. Esa es Gloria Hernández, cuyo trabajo literario está lleno de pasión y dedicación. Cada libro es todo un descubrimiento para el lector, cada uno de ellos es original y presenta una característica ya sea de narrativa, estilo o forma que lo hará único y especial. Sus obras están hechas con un gran cariño y respeto hacia el lector, algunas de ellas presentan recopilaciones de historias o cuentos en un solo libro y todos giran alrededor de algún eje que los unifica sin afectar su maravillosa y rica individualidad.  En “Las leyendas de la Luna”, por ejemplo, la luna es testigo de muchas leyendas que han ocurrido en la luz de su presencia a través de los años y ella es la narradora que nos acompañará de principio a fin o el caso de “Lugar Secreto”, una recopilación de cuentos narrados por los niños de una misma familia, un libro muy original y de gran dulzura por su punto de vista infantil.

 

La cita con la escritora fue de tarde allá por un pequeño café de Coral Gables. Gloria llegó con su entrañable amiga la escritora portorriqueña María Juliana Villafañe, quien sería nuestro puente para hacer posible este maravilloso encuentro.

La química fue inmediata y pienso que por eso el tiempo transcurrió agradable y rápidamente como si se tratase de una amena charla entre queridas amigas, sin posturas, sin ceremonias, simplemente fluyó. A continuación, un resumen de ese grato momento.

 

R: Gloria, generalmente pasa que detrás de un escritor hay alguien en su infancia que motivó o alentó su vocación, podrías decirme ¿Quién o quienes te ayudaron de alguna manera a desarrollar esta maravillosa vocación?

Antes de escuchar su respuesta observé curiosa como sacaba un cuaderno y una pluma de su cartera y los ponía a su lado – según Gloria hay un contacto especial que va de la mano que sujeta la pluma al corazón, la mano atrapa algo que viene del corazón y lo escribe y esto se va almacenando en el cuaderno. Cuando el día terminó y Gloria está a solas, en el silencio de la noche, vuelve a leer sus escritos y los convierte en historias o poemas – después de percatarse de mi observación, Gloria pasó a responder.

 

G: Este cuaderno es el resultado de unos cuadernos viejos que me dieron cuando era niña. Yo estudié en un colegio de monjas y siempre contaba muchas historias a mis compañeras a cambio de comida porque era una niña muy golosa. Mi maestra, Estela Ramírez estaba muy preocupada porque el colegio era católico y había que ser una niña buena y no mentir, es que para mi maestra las historias que yo contaba eran mentiras, para mí no, pero yo las contaba como experiencias personales y parecían reales, por ejemplo, yo decía que vivía sola en un barranco o en el cascarón de un bus abandonado o a la orilla de un río, cerca de un basurero. Mis compañeras comenzaron a traerme almohadas, comida y frazadas. La maestra comenzó a sospechar que pasaba algo y me llamó la atención, luego decidió hacer un trato conmigo, tomó unos cuadernos viejos usados y les arrancó las hojas escritas y me los dio y me dijo que escribiera las historias en los cuadernos; yo llenaba un cuaderno y se lo daba y ella me daba uno nuevo. Cuando terminé de estudiar con ella en cuarto grado, yo ya tenía la costumbre del cuaderno y comencé a escribir mis propios cuadernos. Aquellos cuadernos que yo le di, nunca los volví a ver.

En la secundaria Esther Stein llegó a mi escuela como reemplazo de una maestra que se había enfermado. Ella me abrió la compuerta a la literatura, en otras palabras, me enseñó el amor por la literatura. Yo en ese momento tenía una vida un poco difícil, me cuestionaba mucho, además quería estudiar arquitectura, pero no podía porque en ese momento Guatemala estaba en guerra y estudiar en la Universidad era algo prohibitivo, entrabas viva y no sabías si saldrías muerta, entonces creo que la literatura me salvó, cambio el rumbo de mi vida, además de estas dos maestras un hecho importante relacionado con la guerra me ayudo. Mi padre es abogado y economista y algunos de sus amigos estuvieron involucrados en el movimiento intelectual en la época de la guerra y como esto era prohibido, llegaban a mi casa a esconder sus tesoros, los cuales eran libros y así comencé a leer algunos de ellos, leí a Camus, Sartre, Kafka, entre otros.

R: ¿Y qué hay de tus abuelas, las has mencionado en algunas de tus entrevistas, que papel cumplen en tu vida como escritora?

G: Las abuelas tienen una maravillosa manera de transmitir con amor, son en gran parte las transmisoras de las tradiciones orales. Una de mis abuelas no sabía ni leer ni escribir, fue muy pobre; pero siempre tenía muchas historias que contarme y junto con mi otra abuela me ensañaron muchas cosas, como los nombres de las nubes, los nombres de las flores y de los árboles, leyendas, cuentos, muchos de ellos guatemaltecos, aunque después descubrí que muchas de las tradiciones orales de hispano américa tienen cosas en común; no puedo dejar de lado a mi madre, ella es maestra y también aprendí mucho de ella; las maestras cumplen un papel muy importante en la vida de los niños.  Mis libros “Triala, tri la, la”, “Pares o nones” y “Arroz con leche – los dos ultimo escritos con la coautoría de Frieda Morales Barco – son recopilaciones de tradiciones orales. La tradición oral pienso yo, es muy importante para fijar la identidad y la ciudadanía.

R: Gloria, tú has hecho mucha investigación literaria y esta ardua labor ha dado frutos, sobre todo cuando te convertiste en miembro de la Academia Guatemalteca de la Lengua, ¿Cómo recibiste la noticia de tu nombramiento, es cierto que fue una sorpresa para ti?

G: Si y aún no salgo de mi asombro. Mario Alberto Carrera, fue mi profesor en la universidad y él me propuso ante la Academia, creo que le sobraba entusiasmo cuando lo hizo (risas). Me llamó un día y me dijo que me había propuesto como candidata y yo no entendía, ¿Por qué yo? (risas). Seguramente hay otras personas muy destacadas en el estudio de la literatura y de nuestro idioma en mi país que también merecen este honor. Pero así se dio, me tocó la gran suerte de salir elegida después de una votación y como te digo aún no salgo de mi asombro, pero también no salgo de mi compromiso, si antes para mí la palabra era mi juguete preferido de toda la vida, hoy es un objeto de estudio, un compromiso muy grande que he adquirido, tengo que trabajar aún más, enfocarme en más estudio e investigación. Mi verdadero sentir sobre este nombramiento es como si hubiera recibido un regalo de la vida que no merezco, hace dos generaciones mis abuelos no sabían ni leer ni escribir y si estuvieran vivos y les hubieran intentado explicar lo de la Academia Guatemalteca de la Lengua, ellos no hubieran comprendido y mucho menos que su nieta estaba nominada a dicho cargo.

R: He visto tu basta bibliografía y he tenido la fortuna de leer alguno de tus libros. ¿Qué género crees que caracteriza tu trabajo?

G: La palabra, como ya lo dije antes, es mi juguete, muchas veces tu estado de alma te va pidiendo un género u otro, entonces he escrito para teatro – dos de mis obras se montaron en teatro-  ensayos, literatura infantil, poesía, novela, cuento. Mis cuadernos me ayudan a eso, de ahí van saliendo mis escritos, cuando me siento a revisarlos voy preguntándome qué saldrá de cada uno de ellos. No tengo un género que caracterice mi trabajo. Sin embargo, tengo que decirte que mi niña engreída en lo que se refiere a lectura es la poesía, no hay noche que yo no me vaya a dormir después de haber leído por lo menos dos poemas, me gusta tener buenos sueños (risas).

R: Gloria, tú  estas en constante actividad literaria. ¿Qué me puedes decir de los talleres que dictas?

G: El fenómeno del “workshop” o de “tallerear” como se conoce en español empezó en las universidades de los Estados Unidos en los años setenta y fue visto en con cierta suspicacia, la gente se preguntaba ¿Cómo así que te van a enseñar a escribir?; entonces se comenzó a pensar que las personas saldrían escribiendo con el mismo estilo del facilitador del taller. Yo misma soy producto de un taller, además de mis cuadernos provengo de uno, el taller de Marco Antonio Flores, premio nacional de literatura en Guatemala; en su taller me di cuenta de que todo lo que decían no era cierto. Si le das el mismo tema a un grupo de personas, cada quien lo va a enfocar de acuerdo con sus circunstancias particulares. Trabajé dos años con Marco Antonio y luego también en la revista “La Ermita” que tuvo 15 años de vida; en el año 2000 comencé a impartir mis primeros talleres con diferentes grupos, he ido a muchos lugares, aquí en los Estados Unidos he dictado uno en la Universidad de Denver, también he estado en Honduras, en México y en otros países.  Dicto talleres a grupos variados, pero me gustan los grupos heterogéneos. En los talleres vamos discutiendo y creciendo juntos, cada quien va a su propio paso. Yo les sugiero lecturas, de acuerdo a lo que están escribiendo, no hay tal uniformidad de escritura, cada quien escribe el género que desea. Tengo la gran satisfacción de decir que de mis talleres han salido varios libros y hemos sacado una revista con una recopilación de lo que han escrito los talleristas. Yo veo como sus ideas se van transformando y transformando con el paso del tiempo, les enseño a hacer varias versiones de su trabajo, les enseño a pulirlo. Tengo talleres que duran 3 meses, hay uno de ellos que es permanente que lleva 9 años, hay algunos que son mis talleres específicos, que pueden durar 5 días y en cada día trabajamos algo diferente y les doy mucho material de lectura.

Para mí lo maravilloso de impartir un taller es que aprendo mucho, tal vez más que los mismos asistentes. Es maravillosa la pasión compartida, las historias de cada uno de ellos. Yo no estoy enseñando nada, abro mi corazón, comparto lo que he leído, las experiencias que he tenido y me enriquezco al ponerme en contacto con los asistentes a mis talleres.

 

Así culminó mi encuentro con Gloria, descubrí a la escritora, pero también al gran ser humano sencillo y noble que es.

 

… los eslabones rotos de una pulsera desgastada

recuerdan la tibieza de su piel

y posponen la culpa de haber aprisionado al hombre

en el torbellino de las horas, los minutos, los días

de haberle impuesto un ritmo y un horario

desprovisto de paz y de misericordia

una agenda sin espacio para que él y yo

alguna noche

tomados de las manos contáramos las estrellas

Doce rayitas desalmadas llevan la cuenta de las faltas

mas como dijo el sabio Principito

solo quien comprende a vida

es capaz de burlarse de sus números

Doce horas de silencio y doce horas de discernimiento

Ese es ahora el regalo de mi padre

Doce horas de ausencias infinitas

las de ayer y las de ahora

en que descubro en el eco de mi voz

pinceladas cristalinas de la suya

Desde mis manos

el ojo de su reloj me escudriña

mientras yo habito el planeta lila de las incertidumbres…

Fragmento del poema “Reloj” del libro: La Sagrada Familia, Gloria Hernández.

 

© All rights reserved Rocío (Dotty) Vásquez Mantero

 

Rocío (Dotty) Vásquez Mantero nace en Lima, Perú en 1967. Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima y fue profesora de Lenguaje Cinematográfico y Guión. En la actualidad ejerce como formadora, periodista y escritora de literatura infantil en la ciudad de Miami.

Dottyvasquez@gmail.com

 

 

 

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