ESTRÉS DE UN VIC FIRTH DESENFRENADO. María Eugenia Lombardo

Ahí llega. No sé si debo esperar un ánimo de entrega total a su instrumento o algo así como una apocalipsis para mi cuerpo (cómo sufrieron los Zurdos, por Dios, era terrible, ¡terrible!, tener que ver como se descajetaban contra el platillo). Ah, cómo vibraron a muerte. Si tengo que recordar esos momentos cada vez que lo veo llegar, sería más fácil cambiarme a timbales o a un bombo criollo, algo más suavecito y gentil. Pero ya está entrando al cuarto y como soy del último par que le quedan, el destino es inevitable. Me quedo callado y quieto. Espero a que me tome con la mano derecha. Ver caer a mis compañeros de batalla no es la gran condena, en realidad: lo peor es seguir estando acá, y al mismo es para mejor: llevo en mí una historia que ningún otro lleva, la experiencia de un golpeador profesional y dedicado, lleno de sabiduría. Eso es lo que hace la vejez y los golpes. Y se creen por ahí que quebrar Zurdos, en este caso, es símbolo de maestría. ¡Ja! Sólo los newbies se atreven a considerar tal mentira, por favor. Les voy a contar, queridos músicos-lectores, lo que es ser un Derecho de verdad, mientras el novato este me usa contra el pad de goma. Derecha izquierda derecha izquierda, repita, derecha izquierda derecha izquierda, repita 64 veces, por favor, y pase a doble derecha y doble izquierda. Así es. Está teniendo disciplina este, por lo menos.

Bueno, como iba diciendo, provengo de una genealogía galardonada por la excelencia y las más nobles de las reputaciones. Yo, ¡fabricación a medida para los mejores! a manos de este turrón de adolescente transpirado y fanático de Led Zepellin. Está muy atrás como para salir de los clásicos y el cuatro por cuatro y presenciar las maravillas del jazz o el bossa-nova. ¡Ni siquiera ha hojeado el sin-compasión, digo, Syncopation (tanto lo nombran así los músicos que me lo han pegado, estos roñosos) y ya se cree el gran percusionista! No, amigo, así no van las cosas. Para tocar como tocan los grandes maestros se necesita disciplina además de inspiración. El estudio del estilo es crucial, ¡crucial! Y no me vengas con querer imitar algún día a Mike Portnoy, que se cree que por nombrar a su kit Hammer of the Gods va a llegar a partirles la cabeza a todos con un martillo. ¡Ah, los bateristas siempre se han creído la gran cosa! No entienden que son inútiles sin nosotros, los afamados palitos, el dúo dinámico, ¡el corazón del instrumento, el médium total! Pido disculpas, amigos espectadores, puesto que mi alta calidad me hace desenfocarme. Así que, ahora sí, devuelta a mi historia.

Me fabricó el aclamado Vic Firth, patrocinador internacional de grandes músicos y, por lo tanto, destinado a la gloria. No quiero distraerme nombrando a estos suertudos que sostienen a mis hermanos durante sus conciertos, así que iré al grano: no debo estar acá, debería ser un objeto de colección y valer mucho más del precio que está en mi caja, por Dios. Oscar Giunta me preferiría, sí señor, si tan sólo supiera de mí. Pero nunca lo hará, porque estoy destinado a ser golpeado brutamente a mano de un gorila poco entrenado y despedazarme en el intento.

¡Ah, ya no puedo seguir pretendiendo! Como legítimo Derecho, tengo que confesar que me desanima todo esto. Debería dejar de tener expectativas, “dejarlo fluir”, como dicen estos de por acá, e intentar adaptarme. Bueno, acá vamos. Termina el calentamiento y vamos a la parte seria (ay, siento que yo no practiqué lo suficiente todavía). Qué mala costumbre esa de empezar con todo en el snare, eh, qué mala leche. Nunca molesta primero al pedal o a los toms, no, siempre va directo al cornudo snare para joderme a mí. Perdón, perdón por mi lenguaje soez. Es que es increíble. En una época a los palitos nos agarraban con respeto, nos hacían redoblar en himnos y obras patrias. Ahora no, ahora somos para la plebe enteritos para que nos maltraten. Bueno, basta. Volvemos al presente, al cuero del snare. Mi compañero Zurdo ya está marcando lo suyo en el hi-hat y yo caigo en mi lugar cada dos tiempos (uno, dos caigo, tres, cuatro caigo). Siempre es interesante ver cómo se las maneja un baterista zurdo, porque no hay muchos, no, no, siempre hay más derechos. Uh, mira ahora, quiere que me pase a los toms de arriba, ¡se anima a un solo!, me encuentro con Zurdo, redoblamos juntos entre los dos toms y ¡paf! contra el platillo el Zurdo. ¿Estará bien? Sí, parece que sobrevivió esta vez, menos más que es joven y le quedan muchos platillos por delante. El pedal va bien, es aceptable su golpe seco contra el bombo. Sienta bien su presencia a todos nosotros, es un buen acompañante para los sonidos agudos del metal, como acompaña el bajista a la guitarra. ¡Cómo nos complementamos, qué hermosa familia! Ah, no, pero ¿ahora qué? ¡Cross-stick! Sí, el que se tiene que mutilar la espina contra el aro del snare soy yo siempre. El Zurdito está ahí arriba marcando en el hi-hat, de lo más chillin’, como dirían. Encima le sale muy pero muy mal la técnica, ¡au, muy fuerte, irrespetuoso! ¿Qué tan terrible es mi destino? Ustedes lo juzgarán, damas y caballeros, toms y hi-hats, cuatro por cuatro, seis por ocho, todos ustedes tienen la opinión en sus manos para compadecerme. Si organizáramos un buen golpe de estado, bien organizado y con propósito, probablemente estaríamos en un lugar mejor. ¡Hay que reclamar por nuestro derecho a la buena música, al profesionalismo, a la gloria que nosotros los adonis pentagramales merecemos por legítimo nacimiento!

No sé, no sé. Debería ir a alinearme los chakras, hacer reiki… ya no me acuerdo cuando fue la última vez en que el baterista me trajo firmeza espiritual, señoras y señores. Ya no me acuerdo. También es cierto que en mis mejores días, cuando engendraba mi sabiduría en un par de muñequitas menudas y ávidas de experimentar, me alegraba saber que era yo (el hermosísimo yo) quien era portado por ese gran camino de la enseñanza. ¿Puede ser eso lo que esté pasando ahora? ¿Debería dejar la exigencia a un lado, ser paciente con este pobre mortal que sólo trata de trascender su propia condición? Es ahora que recuerdo las golpizas gentiles de Mr. Firth IV, “Somos afortunados de ser parte de esta gran comunidad musical”. Y sí, la verdad es que sí, debería estar agradecido por el honor de las sudoríficas contra mi lomo, por tener todavía al Zurdo conmigo y por todos los que vendrán luego, después de él, pero también después de mí, ¡qué trascendencia! ¿Cuántos se romperán y marcarán la práctica de este joven golpeador? Habría que preguntarle a las Gemelas el significado de que te anden martillando el cuero a base de callos y poses duras; ellas deben saber en serio. Dicen que en la ancestral sabiduría de las Gemelas, o sea las Sabias Congas, para los incultos, viniendo desde remotos tiempos de la humanidad, reside esa respuesta, la respuesta escondida a plena vista, emitida siempre en tonos indescifrables, tonos bajos, secos, abiertos… Ah, no, esto es otra cosa ya: el chico está manoteando ¿un jazz? No, imposible. ¡Pero si ni lo sabía hasta hace unos días! Pero acá va, sí, alternando las cuatro extremidades; sufre, el pobre, porque no le sale de la primera, se descordina, pero no te desanimes, si hasta los más grandes maestros amanecen en la frustración a veces…

Antes de preguntarme cuánto seguirá aprendiendo este chico, mejor hablo con el Zurdo, que ahora está ocupado en el snare, y le pregunto qué va a pasar cuando éste mejore su habilidad y nos reemplace por Escobillas. Ah, no quiero ni pensarlo, ¡ni imaginarme la envidia que sentiré cuando lo vea barriendo los cueros y yo y el Zurdo estemos ahí en la esquina, lamentándonos por la sed de cuero y golpe y metrónomo! Sí, ya lo reconozco: no quiero irme, ¡no quiero irme para nada, aunque me solicite el baterista de Nightwish, que no me acuerdo el nombre porque soy monolingüe, hablo el idioma de la música nada más y nada más, y más allá de eso todo es tan complicado como la mente de los artistas! Qué linda la complejidad de la percusión, ¿no? Pone en riesgo todo lo que creemos complejo y lo simplifica a esto, damos una sensatez y un orden divino a la melodía. ¡Qué lindo es ser y estar acá, contra el platillo vibrante, y ser un palito! Que toda esta gloria sea recordada antes de quejarme, amén y por favor. Ahora, sigamos con el jazz, antes que termine yéndome a algo más sutil, como un vibráfono. No, eso no es para mí, aunque los conozco: ahora sé lo que es estar a merced del calor oloroso del que se mueve todo por cumplir su deber. ¡Qué ego he llevado conmigo! Bueno, pero no se debe esperar menos, ¡si en la sangre llevamos el ritmo que el pesar nos consume!

Salud, percusión. Salud.

María Eugenia LombardoMaría Eugenia Lombardo es estudiante de Literatura en la Universidad de los Andes (Bogotá, Colombia) y asistente editorial de la revista REC del mismo instituto. Es autora de “La nueva muerte”, “En el rostro de Cosette” y “Aírtemis”, entre otros cuentos. Nació en Buenos Aires, Argentina, y actualmente reside en Bogotá donde cursas sus estudios y colabora frecuentemente con publicaciones independientes. 

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