EN EL BUEN NOMBRE. Elidio La Torre Lagares

En el El buen nombre, la obra maestra de Jhumpa Lahiri, Moushumi Mazoondar conoce Dimitri Desjardins por primera vez en un autobús a Washington DC. En ese momento, ella no sabe que se convertirán en amantes, pero cuando se le pregunta su nombre y no entiende la forma en que se escribe, le dice a Moushimi: “Te llamaré Mouse”.

Su reacción no se hace esperar.

El apodo la irrita, pero le gusta al mismo tiempo. La hace parecer tonta, sí, pero ella sabía que al él nombrarla, la había reclamado. En este punto de la novela, el lector comprende entonces que, al igual que Sartre solía decir, para nombrar una cosa hay que apropiarse de ella.

Pero El buen nombre no es la novela sobre Moushimi, quien, a la larga, desaparece barrida por el despecho. En cambio, se trata de la novela de su marido, un hombre llamado Gogol, que se rebela contra sus padres por el nombre otorgado por sus padres. Blanchot diría que nombrar la cosa es matarla. La cosa es aniquilarla y sustituirla por otra metáfora. Muere algo y algo cobra vida.

Bajo términos similarmente tensos, Gogol Ganguli, nombrado así por su padre en honor al autor ruso, cambia su nombre a Nikhil.

Alguna vez, tuve la oportunidad de tener entre mis estudiantes a un Michael Jackson. Años más tarde, llegó al aula un tal Tumble Dry. Así, como el ciclo de la máquina lavarropas. Yo mismo me precio en llamarme Elidio. Si pudiera escoger mi nombre, sería algo así como el símbolo que utilizó Prince para hacerse llamar: “El artista anteriormente conocido como Prince”.

Total. ¿Qué hay un un nombre?

Bastante.

En esta primera historia de Lahiri, la historia de Gogol no comienza con la travesía de sus padres desde India hasta Massachusetts a mediados de los ’70, sino en la escuela secundaria quince años después, cuando, durante la clase de literatura, le corresponde leer “El capote” de Nikolai Gogol. Gogol, el personaje, se muestra menos interesado en la literatura y más avergonzado por la vida escandalosa del autor. Lo que nunca sabe Gogol Ganguli es que Nikolai Gogol, aunque identificado como un autor ruso, en realidad era originario de Ucrania y nunca se consideró ruso. Queda, así, el tema de la identidad claramente establecido en la novela de Lahiri: Gogol Ganguli, nacido en los Estados Unidos, es el hijo de inmigrantes de la India.

A pesar de que su madre, Ashima, se ocupa de mantener los nexos afectivos vivos con su tierra natal, Gogol nace y se cría en Estados Unidos. Evidentemente, como fija la historia de las emigraciones hacia Norteamérica, el protagonista queda atenazado entre dos países, dos idiomas y dos culturas.

El problema con el nombre de Gogol no es llamarse Gogol -que, a fin de cuentas, sería el apodo que Ashoke de todos le otorgaría-, sino que el nombre no le da título de propiedad- no tiene sentido de pertenencia con ninguna de las tradiciones entre las que se mece. Su nombre de pila –el verdadero– vendría a manera de dictamen por medio del correo, en puño y letra de la abuela materna, quien, según la tradición bengalí, es quien nombraría al progenitor de su nieto. Mas, la anciana sufre un derrame cerebral y queda sin facultades cognitivas para otorgar el nombre a su bisnieto. La carta nunca llega.

Ashami imagina la carta extraviada entre India y Estados Unidos, vagando sin rumbo.

Y el hospital no podrá esperar más por la carta de la abuela con el nombre elegido. La decisión es de índole legal: en Estados Unidos, ningún niño puede abandonar el hospital sin debidamente consignar el nombre de la criatura.

Entonces, el apodo. Así, Gogol.

De niño, insistía que lo llamaran así; de adulto, lo odiaba.

El nombre, menos que ser un apodo ridículo, viene a simbolizar lo que Gogol no quiere ser. Cuando finalmente cambia su nombre por el de Nikhil, la crisis de identidad parece inevitable.

Es casi su doble complementario. Sugeektyrant.com

Nikhil rechaza a Gogol y Gogol vuelve al asescho. Es su doble complementario. Su Doppelgänger.

Cada vez visita a sus padres, “Nikhil se evapora y Gogol lo reclama de nuevo”. Fuera de su familia, vuelve a ser él entre sus amistades blancas de Nueva Inglaterra. Es casi como la historia del verdadera Gogol, “El capote”, donde el protagonista, Akaki, se convierte en el centro de atención al adquirir un abrigo nuevo, hecho a la medida para él, y el que pierde a consecuencia de un robo. Su ilusión burguesa se disuelve y Akaki se devuelve a la invisibilidad y a la inconsecuencia del viejo y parchado abrigo que tenía antes de gastar sus ahorros en el capote nuevo.

Al final de la novela, cuando su padre ya ha fallecido y su madre ha decidido volver a la India, Nikhil Ganguli da cuenta de que Gogol Ganguli comenzará a desaparecer de los labios de los seres queridos” tan pronto se silencien las despedidas.

 

El buen nombre llega en prestación de la novela de formación y, por lo tanto, el tiempo es un factor crucial en la novela. Según Gogol comienza a existir, el paso del tiempo tan solo es conducente a la sabiduría y la comprensión. Es la manera indefectible la que Gogol intuye las intenciones de Ashoke al darle el nombre que su hijo tanto odia. De hecho, Ashoke incurre en un constate tráfico de significados y símbolos, ya que sabe lo que representa la vida en Estados Unidos, pero se mantiene fiel a sus raíces bengalíes. Gogol, por las mismas razones, se siente atrapado, perdido. Como la carta de su bisabuela.

Ya crecido, Gogol se revela contra el nombre otorgado por su padre, quien sostiene razones para haberlo hecho. Durante un accidente de tren sufrido durante su juventud, y en el que casi pierde la vida y queda postrado por un año, Ashoke se salva al aferrarse a una copia de los cuentos completos de Gogol. La literatura salva, da cohesión y forma a lo que, de otra manera, sería disparatado e incomprensible.

Gogol piensa que su nombre conmemora un momento trágico y nefasto en la vida de Ashoke, quien se apresura a corregirlo. Al contrario, le dice el padre a su hijo. Tu nombre me recuerda todo lo que vino después.

En un momento lírico de la novela, Ashoke camina con Gogol por el rompeolas en Cape Cod. Durante la marcha, Gogol advierte las huellas de su padre marcadas la arena. Recogen piedras y una vez ya no queda superficie sobre la cual caminar, Ashoke se percata de que ha olvidado su cámara fotográfica. Tendrán que conformarse con recordar ese día, le dice a su hijo. Las palabras en el salitre y el viento, Gogol recordará el día que él y su padre hicieron un viaje hacia un lugar desde el cual no podrían partir a ningún otro sitio.

Tan pronto se silencian las despedidas, Gogol comienza, en efecto, a desaparecer en los labios de los seres queridos. Una forma de orfandad. O un morirse del nombre.

Hasta que comprende que uno no es una sola cosa nunca.

© All rights reserved Elidio La Torre Lagares

elidiolatorreElidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.

En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.

En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

twitter: @elidiolatorre

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