EL TEMBLOR Y OTROS MICRORRELATOS. Mario Capasso

EL TEMBLOR

El médico, ubicado en su sitial frente al paciente, se acomoda los anteojos, carraspea y finge leer por primera vez el informe. A pesar de los años de profesión suele reconocer, ante sus amigos y algunos familiares, que por algún motivo no logra vencer la dificultad que cada tanto se le presenta. Gajes del oficio, se dice mientras continúa con el simulacro de lectura. Y ahí nomás admite, por enésima vez en su vida, resoplando contra su voluntad, que cuando debe anoticiar acerca de un pronóstico así, tan definitivo a corto plazo por decirlo de alguna manera, no hay mejor promedio ni diplomas ni simposios que valgan la pena. Así las cosas, puesto de lleno en el brete, le resulta imposible mirar directo a los ojos del paciente, que espera sentado el veredicto sin saber qué cara poner o cómo sentarse. Mientras la inquietud va y viene de un lado a otro, el silencio se prolonga escritorio de por medio hasta que el médico mueve la mano derecha y con ese movimiento convoca a la secretaria. Ella recibe el mandato, deja el teléfono descolgado y cierra la agenda, se perfuma en dos o tres toques, entra al consultorio y se sienta en las rodillas del enfermo, que abre bien grande los ojos y que, al ser besado como Dios manda, sufre una especie de temblor y también un placer enorme que le recorre todo el cuerpo, y entonces, al escuchar lo que está escuchando, se siente morir y no le importa.

EL VIENTO

El viento, que al parecer había hecho un viaje bastante largo y sinuoso, al llegar a esa zona de la ciudad debió hacer algunas piruetas para dar vueltas a la manzana hasta que, quizás algo cansado de vagabundear y de andar haciendo macanas por ahí, eligió una ochava y allí comenzó a arremolinarse en su modalidad brisa, ya bastante más tranquilo y relajado, sin molestar a casi nadie. Algunos transeúntes, al advertirlo, se acercaron con una alegría al principio a medio camino y, cuando accedieron al colmo del éxtasis, silbaron canciones ligeras y acompañaron la escena con movimientos diversos, más que nada del tipo vaivén. La situación se prolongó hasta que un policía se identificó como tal y le ordenó al viento circular. Entonces, convertido por la furia en vendaval, le arrancó la gorra al agente del orden y enfiló con todas sus fuerzas para el lado de la comisaría más próxima, decidido a concluir su venganza derribando las paredes y liberando a los que alguna vez habían sentido en la piel sus caricias, y a lo mejor hasta los levantaría de sus catres y se los llevaría a parrandear un poco por ahí, para depositarlos al fin del viaje en un sitio al aire libre, donde ellos también pudieran moverse en libertad y silbar a gusto.

LA DESIDIA

La desidia, arrumbada desde hace un buen rato en un rincón de la casona, al parecer mortificada por algún recuerdo de algo que no hizo, acaba de arribar a la conclusión de que así, tirada como está entre otros cachivaches, no va a llegar a ninguna parte. Entonces, una vez decidida a partir, con la cautela que la acción amerita, se incorpora e intenta dar los primeros pasos. Trastabilla un par de veces pero se esfuerza para sobreponerse y al final lo logra y se pone en marcha. Una vez alcanzada la calle, aun con la visión algo nubosa de vehículos que pasan y gentes que se apuran, la primera esquina le ofrece opciones que desconocía y que la hacen dudar y al final opta por acomodarse en un rincón, justo en la entrada de un edificio, donde es pisoteada sin distinción por los que entran y por los que salen, convertidos por las circunstancias en sus enemigos, todas personas que pueden permitirse cualquier lujo, menos el de la desidia, que estirada ahí abajo sonríe y concluye en que lo mejor será dormir una siesta. No le interesa la hora ni las escasas comodidades que el lugar le ofrece, cuestión de irse adaptando poco a poco a la nueva ubicación, lograda gracias a un esfuerzo único e irrepetible, piensa ya de última, dejándose mecer por un nuevo recuerdo que le llega no sabe de dónde, pero qué le importa, qué cuestión, por trivial o trascendente que sea, le puede importar a la desidia.

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Mario CapassoMario Capasso nació el 9 de Marzo de 1953, en Villa Martelli, localidad del Gran Buenos Aires, República Argentina, en la que continúa residiendo. Literariamente, se ha formado con Beatriz Isoldi, Nilda Adaro, Federico Jeanmaire y Luciana Carolina De Mello.

Ha publicado cinco libros: El futuro es un tropel absurdo, cuentos, año 1999. El Edificio, Una novela en escombros, novela, Ediciones AQL, año 2002. Piedras heridas, cuentos, Ediciones Corregidor, año 2005 (2do. Premio del Fondo Nacional de las Artes, año 2003-Jurado: Ana María Shua, Vicente Battista y Juan José Hernández).  La Ciudad después del humo, novela, Martelli y López Editores, año 2011. Hasta ahí nomás, microcuentos, Premio Edición “Luis Di Filippo”, año 2014, certamen organizado por Asociación Santafesina de Escritores. La  novela El Edificio y el libro de cuentos Piedras heridas  han sido traducidos y publicados en Francia por Editions La Dernière Goutte, años 2012 y 2014 respectivamente. Su novela inédita La Llanura antes recibió una mención del Fondo Nacional de las Artes, certamen año 2012. El jurado estuvo integrado por Matilde Sánchez, Daniel Guebel y Juan Ignacio Boido. Ha escrito, además, dos novelas, un volumen de cuentos, dos de ficciones breves y tres obras de teatro.

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