EL SILENCIO DEL TEMPLO. Xalbador García

La mujer pasó el umbral envuelta en un halo de inquietante atracción. Dos piernas que aún recordaban las clases infantiles de flamenco daban la pauta para mirar una sombra susurrada, fina, sutil, oscilante, huella oscura de un cuerpo ideado para empachar de satisfacción cualquier deseo masculino. No había un dejo de improvisación en su arreglo. Cada prenda era una evidencia de la negación al azar, pues rehusaba enfrentarse a la suerte en momentos, como éste, en que la vida o, más bien, fragmentos de la vida se venden a un desconocido. El hombre dejó que su mirada fuera tras de esa figura estoica hasta el instante que ésta desapareció en el atrio, como una oración perdida en el vacío del aire. Desde el café frente a la entrada de la Catedral, él se consoló recreando sus encuentros, la unión de pasos, las salidas en que se sabía acompañado por la mujer que ahora veía partir hacia la capilla abierta de San José, esa capilla donde se iniciara, en el siglo XVI, a los indios en la nueva religión, debido a que rechazaban los rituales enclaustrados; la misma capilla con el corazón de piedra incrustado en su cruz que habla con palabras vegetales. “En esa cruz están las semillas del idioma, como el verbo hecho hombre que canta El Evangelio de Juan”, ella le había señalado en alguno de sus múltiples paseos por el Centro de Cuernavaca, con lo que el hombre de inmediato recordaba la educación estricta y vasta, aderezada en escuelas religiosas, que ostentaba la mujer.

Inés se despidió con apenas un rozamiento de mejillas. Sin voltear la mirada, dejó mi mano y caminó hacia la puerta. Intentaría nublar su futuro inmediato en ese espacio que había hecho suyo desde los primeros años de instrucción en la secundaria para señoritas que aún se ubica a tres cuadras de aquí. Al salir de clases, recorría la avenida Morelos para llegar al jardín de la nave principal. Se perdía más de una hora esperando que al salir de ahí la vida cambiara, que concluyera la llovizna diaria de decepciones y castigos, de peleas y amenazas de separación; llovizna diaria que desembocó en la ruptura familiar dos meses después de terminar el último año de escuela. La negación de la vida apenas puede brindarnos unos instantes de consolación, pero nunca cambiará la eterna podredumbre de la realidad, así lo comprendió Inés a los 16 años y por eso ahora busca el consuelo en ese mismo espacio, intenta respirar el olor a tiempo de los muros, reconocer su historia y ser tan serena como ellos, soportar batallas, amenazas externas, al igual que esas paredes franciscanas soportaron el ataque de quienes rechazaban las nuevas creencias de los invasores. Ruego que lo logre.

El hombre pidió otra cerveza, mientras se acomodaba las gafas oscuras. Un caprichoso y casi imperceptible aullido del reloj de muñeca le recordó que faltaban 15 minutos para la cita. “Aún hay tiempo”, susurró entre labios, pero de inmediato censuró la frase al comprender que mentía. Ni todas las mañanas junto a la mujer hubiesen bastado para lograr un acercamiento pleno, verdadero con ella, como tampoco bastaban los años a su lado para asir un poco de su alma. “Me vendo caro y el dinero tiene tanto poder como para arruinar lo de nosotros”, había sido la razón que ella le asestó al momento que el hombre le exigió una explicación del alejamiento ocurrido unas semanas antes. Vino después el develamiento del secreto, la verdad hallada detrás del manto de la desdicha, la verdad humillante y transgresora de consciencias, como suelen ser las verdades.

Como regalo de mi cumpleaños número 22, Inés me llevó a la torre de la Catedral un día lluvioso de julio, de esos en los que en un instante el cielo se cansa del agua e inunda con un sol eufórico toda la ciudad y su espíritu verde colma los ojos, así como su olor a flores recién nacidas deja atónitos a los visitantes ajenos al carácter de la ciudad. Desde la torre cambiaba el mundo, se veía más amplío, con más elementos coincidentes entre sí que contradictorios. Las copas de los árboles emergían del vientre de los edificios y casonas que en otro momento gozaron de una vida más tenue, cuando Cuernavaca apenas era un pueblo con callejas empedradas y sueños de un porvenir demasiado lejano como tomarlo en serio. “En la torre original –ésta se construyó en el siglo XIX– se colocó el primer reloj mecánico de América, que fue donado a Cortés por Carlos V y traído desde la catedral de Segovia, ¿sabías?”. Contesté afirmativamente para no concederle espacio a su burla que seguramente hubiera seguido. Claro que Inés comprendió que yo mentía, sin embargo calló cualquier comentario que hubiese roto aquel espacio reservado para la vida. Era como ella lo había imaginado tantas veces, era el lugar propicio, su lugar propicio, donde la contemplación dejaba atisbar la sutil hojarasca de una existencia, que ya desde entonces, sabíamos amarga.

El sitio de internet mostraba un anuncio en rojo, exigiendo ser mayor de 18 años para poder acceder. Sin más remordimiento, el hombre había ingresado y de inmediato reconoció aquel lunar en la entrepierna que mostraba la fotografía de una mujer en liguero francés. Miró de soslayo a los demás comensales y quiso asegurarse que nadie observara la pantalla de su computadora personal. “Afrodita”, según el anuncio, era una mujer de tez morena clara, con cabello hirsuto hasta los hombros y un perfil que igualaba la belleza divina de la que había tomado el sobrenombre. Durante su trabajo de acompañante –“escort”, explicaba la página– le podían llamar “Tania” y, haciendo juego con su atractivo físico, la seguridad, cultura e idiomas que podía hablar, garantizaban un fin de semana extraordinario con un final bañado de éxtasis. “Nivel ejecutivo, sólo para los más exigentes”, se advertía en el portal, donde además se exponía la tarifa diaria en dólares, seguida de un número celular y una dirección de correo electrónico. Al momento que leía la información, el hombre recibió un dardo de su memoria. Recordó el instante en que había visto el anuncio por vez primera, el repudio contra ella y todo lo que ella significara. Ni caricias ni regalos excéntricos podían menguar el coraje que le iba naciendo del vientre para envolver cada parte que, apenas unos segundos antes, la amaba completamente. “No podrías entender por qué lo hago. Así que tú decides si te marchas o me ayudas a que todo siga saliendo como hasta ahora, que en cada cita cualquier acción esté controlada”. El hombre se vio sentado en aquel café, esperando a que llegara el cliente a recoger a la mujer y supo que la decisión estaba equivocada, pero nunca podría haberla dejado. No podría saberse sin ella.

El vértigo me persigue en cada cita. Sudo, necesito huir, los lentes oscuros me pesan, reviso el internet en mi computadora y me aseguro, una y mil veces, de la hora y el lugar del encuentro. Es imprescindible que el cliente no repare en mi presencia. Para él, Inés, mejor dicho Tania, es independiente y a las chicas independientes se les paga más. Ella también sigue su ritual arañando con la consciencia su deseo de que, por lo menos, sea un tipo agradable. Va a la capilla abierta y luego entra al templo de la Asunción para deambular por debajo de su bóveda de cañón corrido y planta de cruz latina. Se detendrá a ver los frescos que recuerdan el martirio que sufrió San Felipe de Jesús, primer santo mexicano y de América, en Japón, en 1597, los cuales fueron pintados por indígenas y que aparecieron, de repente, cuatro siglos después, cuando se hacían trabajos de remodelación a la nave principal. Inés me confesó que se sentía como esos artistas olvidados, martirizados para recrear un martirio que posteriormente causará el asombro del espectador. Mirará luego el Cristo suspendido en el centro de la iglesia y creerá que el silencio que la baña es tan sólo la vacuidad de su alma.

De la camioneta con vidrios polarizados descendieron dos sujetos, a manera de escolta, con anteojos semejantes a los del hombre. Un vehículo se había estacionado justo detrás de ellos, frente a la puerta de la Catedral, por donde minutos antes había ingresado la mujer. Uno de los guardas abrió la portezuela del automóvil y en un gesto de sumisión le indicó, con un movimiento de manos, la dirección del templo al sujeto que salía del auto. El hombre estaba impedido para escuchar la conversación, pero bastaba observar detenidamente la escena, a fin de comprenderla perfectamente, era como una pieza ensayada en infinitas ocasiones con anterioridad. Inés, mirará en este momento su reloj de pulsera y sabrá que el tiempo, ese fardo perpetuo, le demanda, una vez más, interrumpir el rito. Saldrá por la puerta y aún se dará un espacio para mirar la inscripción que señala a 1552 como el año de finalización de la obra que hasta 1891 fue establecida como la Catedral de Cuernavaca. “¿Cómo no saberlo?”, decía.

El tipo que porta un traje sastre va al encuentro de la mujer; ella lo nota y se deja ceñir por los brazos masculinos, con el propósito de subrayar su pertenencia. Será de él por los próximos tres días. El vestido que ha elegido Inés resalta la elegancia de unas caderas bien formadas y dispuestas para la batalla; ahora sale del brazo del cliente y sé que me está buscando, me ve, se disculpa un segundo y viene hacia mí. El sujeto da algunas órdenes a su escolta y mira cómo “Tania” cruza la calle y se dirige a comprar una cajetilla de cigarrillos en el café de enfrente. La mujer entra al establecimiento rozando, apenas con la pierna, el brazo del hombre que mantiene una cerveza, junto a la computadora personal, sobre la mesa en que se encuentra sentado. Al salir del café deja caer un papel en la mano del hombre, sin que el sujeto que la espera se dé cuenta de la acción, pues se encuentra embebido de la esencia femenina que muy pronto probará. La ayuda a subir al vehículo e, inmediatamente después, el convoy arranca. “Sólo a ti pertenezco y muy pronto así será en realidad”, se dibuja en la pequeña hoja en blanco que me ha tirado Inés. El hombre sonríe, cierra la computadora, paga la cuenta y me dirijo a la iglesia a rezar porque a mi hermana le vaya bien, con éste, su último cliente.

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XALBADOR GARCÍA (Cuernavaca, México, 1982) es Licenciado en Letras por la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) y Maestro y Doctor en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis (Colsan).
Es autor de Paredón Nocturno (UAEM, 2004) y La isla de Ulises (Porrúa, 2014), y coautor de El complot anticanónico. Ensayos sobre Rafael Bernal (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015). Ha publicado las ediciones críticas de El campeón, de Antonio M. Abad (Instituto Cervantes, 2013); Los raros. 1896, de Rubén Darío (Colsan, 2013) y La bohemia de la muerte, de Julio Sesto (Colsan, 2015).
Realizó estancias de investigación en la Universidad de Texas, en Austin, Estados Unidos, y en la Universidad del Ateneo, en Manila, Filipinas, en la que también se desempeñó como catedrático. En 2009 fue becado por el Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos, en la categoría de Literatura, en el área de Novela. Beca que ganó nuevamente en 2012, pero bajo el género de Ensayo Creativo.
Poesía, ensayo y narrativa suya han aparecido en diversas revistas del mundo, como Letras Libres (México), La estafeta del viento (España), Cuaderno Rojo Estelar (Estados Unidos), Conseup (Ecuador) y Perro Berde (Filipinas). Fue editor de la revista generacional Los perros del alba y su columna cultural “Vientre de Cabra”, apareció en el diario La Jornada Morelos por diez años.
Actualmente es colaborador del Instituto Cervantes de España, en su filial de Manila y mantiene el blog: vientre de cabra

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