EL PADRE. Sharon Olds. Traducción Mori Ponsowy. Bartleby Editores. Madrid 2004

 

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NULIPARA

 

Sentados, la última mañana de mi visita,

cómplices, cruzamos y volvemos a cruzar

las piernas. De pronto, ve un hilo

que cuelga del puño de mi camisón y dice  ¡Quédate ahí! y se apresura a buscar algo

en su cajón. Extiendo mi muñeca,

el mira fijo el puño, sus iris

esferas de materia engastada.

Abre la tijera pesada, con trabajo

logra apresar el hilo entre sus hojas de bronce

del color de la tinta, a cada lado

del hilo: quiere lograr un trabajo perfecto,

hacerme un favor al final de su vida.

al fin, con un movimiento,

corta: suspiramos.

Bebemos café, lo sentimos

entrar en nosotros. Él sabe

que cuando muera vivirá en mí,

que lo llevaré conmigo como su madre

sin saber si algún día alumbraré.

 

 

Sharon Olds

 

La mujer de la  fotografía  es Sharon Olds.  Nulipara es uno de los poemas de su libro,  El Padre.

La poeta participó en el Festival de Poesía que se realiza cada año en Barcelona durante  el mes de mayo. Un problema familiar me impidió verla declamar en el Palau de la Música Catalana, un edificio modernista de una belleza singular.Lamenté no poder asistir al recital porque deseaba conocer a la mujer que era capaz de narrar unos poemas que te persiguen por la rotundidad de sus versos y la fuerza de sus imágenes.

Me enamoré de ella cuando leí, Los muertos y los vivos y tuve desde el primer momento la necesidad imperiosa de compartir sus versos con el hombre que me descubrió el mundo de la poesía.  Durante los meses de mayo y junio le envié una selección de poemas utilizando diversos medios de comunicación; fotografías de páginas del libro enviadas por wasap, correos email y lecturas a través de un aricular telefónico.

Cada envío era correspondido con una respuesta y sin querer, los poemas de Sharon Olds, substituyeron las caricias imposibles  de una relación en la distancia.

Él disfrutó especialmente con los siguientes poemas que le envié publicados en el libro, Los muertos y los vivos:

 

LA EXPERTA EN BABOSAS

Cuando era una experta en babosas

Solía apartar las hojas de la hiedra, y buscar la

desnuda gelatina de aquellos cuerpos de oro,

forasteros transparentes brillando sobre las

piedras, lentamente, sus cuerpos pringosos

a merced mía. Hechos de agua en su mayor parte, se retraían

hasta desaparecer si las rociabas con sal´

pero no era lo que yo quería. Lo que me gustaba

era descorrer el velo de la hiedra, respirar el

aroma de la pared, y permanecer allí callada

hasta que la babosa olvidaba que estaba allí

y proyectaba las antenas fuera de su

cabeza, cuernos sepia que relucían tenues

emergiendo como telescopios, hasta que al final las

papilas aparecían por las puntas,

delicadas e íntimas. Años después,

cuando vi por primera vez un hombre desnudo,

suspiré de placer al ver ese misterio

reproducido en silencio, ese ser lento

y grácil saliendo de su guarida y

refulgiendo en el aire enrarecido, ambicioso y tan

Confiado que cualquiera se pondría a llorar.

 

LOS SENOS DE MI PADRE

 

La tersa superficie, el sedoso lustre de su pelo

cayendo delicadamente por ellos como

el agua. Apoyé la mejilla-  una vez,

quizá- sobre su firme contorno,

mi oído contra el peso

negro de su corazón oculto. A lo sumo

una vez- sin embargo cuando pienso en mi padre

pienso en sus senos, con mi cabeza reposando

en su pecho fragante, como si hubiese pasado

horas, años, en ese olor a pimienta negra y

tierra roturada.

 

En agosto pudimos convivir juntos en  Miami  y elegimos  una Boulangerie en Key Biscayne como escenario improvisado para una lectura de poemas del libro. Sentados en un banco y  amparados por un toldo anaranjado, elegimos leer las últimas páginas.

La dureza de los versos aniquilaba las sonrisas de las familias que deglutían su almuerzo  con la candidez  de los que gozan del bienestar económico. El cake de chocolate se derritió en el plato y solo el café, negro y denso acompañó cada verso leído por una mujer extranjera.

Cada poema sacudía a los ancestros y ambos, la mujer extranjera y su hombre, evocaron a los respectivos padres tal y como lo hacia Sharon Olds con el suyo: sin metáforas ni eufemismos.

La mujer que leía recordó la enfermedad agónica de su padre, confesando que gracias a ella había descubierto al niño que fue su padre y admitiendo ser ella misma  un  reflejo de la personalidad paterna.

El hombre que escuchaba los poemas esbozó una sonrisa al nombrar a su padre, un ser con el que se reconcilió en su madurez. Reconoció  que heredó el placer de ser un bon vivant de su progenitor.

La lectura se volvió amarga cuando él escuchó el poema en el que Sharon Olds da voz a su mentor para que hable sobre ella.

 

Cuando los muertos le pregunten a mi padre por mí

No, no podía hablar acerca de ella.
Siempre he tenido este barro en la boca.
Lo llevo sobre la lengua ahora, una cucharada
colmada de la tierra: todo un honor. Pero entonces
mi boca estaba enlechada con su cal oscura.
Y la tuve con una mujer a quien no amé,
que no me amaba. Así que me encantó que fuera
una segunda niña, tanto quería un varón
esa mujer. Me gustaban sus rizos
oscuros como una mano implorante
sobre su cabeza. Y su cuerpo sinuoso
y firme, como el de mi familia,
sus exageradas pasiones. Me gustaba levantar
una pata de su cama, mientras dormía,
y dejarla caer.
Era mandada a hacer para tomarle el pelo,
nunca entendía, todo lo creía.
Y me gustaba que fuera mala, la imaginaba
sentada en la oficina del Director
donde yo me había sentado. Me encantaba
que nunca fuera dura conmigo,
yo caminaba de habitación en habitación,
llevando barro en mi boca, ella
nunca me detuvo. Se paraba en la puerta
de la sala, de noche, cuando el barro
estaba empacado adentro mío y alrededor mío
en ese sofá enorme -un ronquido de paja, de mi nariz,
se asomaba a través suyo- podía sentirla
merodeando en silencio, levemente
asustada de mí, inteligente, esa niña.
Una vez estuve en Nueva York, en la
habitación más pequeña del Waldorf, sobre
el cuarto de la caldera -38 grados-.
Me alimentaba de galletas. Y cuando ella
se mudó a Nueva York fue a casa del alcalde
a almorzar, a Gracie Mansion, por trabajo.
Ella podía hablar. Como si mis propias
fauces, garganta, laringe hubieran
cobrado vida en ella. Pero ella sólo quería
el barro de mi lengua, ese terrón ocre
que podía pasarse, de boca en boca, quería que nos
acostáramos, en una sala de partos, y que yo
lo pariera, que lo palanqueara dentro suyo
en su boca soy audible, ¡escuchen! Esta es mi canción.

 

El poema provocó unas lágrimas a un padre que añora comunicarse con su hija. La mujer extranjera cerró el libro  y atrapó una lágrima con sus frágiles dedos. La humedad de Miami enfrió aquella lectura.

Sharon Olds no puede leerse en Key Biscayne.

 

Ángels Martínez

 

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