EL OTRO GARRISON. Claudio E. Rynka

      Con las manos en los bolsillos de su elegante abrigo y con la cabeza gacha, Garrison cruzó el pórtico. Parecía un día más, hasta que se vio a sí mismo sentado en el umbral del edificio donde vivía. Su otro yo, estaba vestido con harapos, lucía una melena larga poblada de alimañas y una barba filosófica que no conocía barbero.

      —¡Pero! ¿Quién es usted? —Preguntó Garrison confundido, a lo que el vagabundo

contestó con voz cálida y gentil.

—Garrison.

      —¡No puede ser! Garrison soy yo. —Replicó más molesto que confundido.

—Ya se. —Dijo el vagabundo sin inmutarse. Por un instante ambos hombres se miraron a los ojos y tuvieron la sensación de que se conocían de toda la vida. El vagabundo continuó.

      —Lo que pasa es que yo soy usted en el futuro.       

      —¿Qué quiere decir con eso? —Preguntó Garrison.

      —Lo que quiero decir es que usted estará así en un futuro y la mala noticia es que es un futuro muy cercano.  

      —Se equivocó de persona. —Soy un hombre trabajador. —Tengo esposa, un empleo estable, una cuenta en el banco, un carro del año, un televisor alta definición con filtro para café incorporado, una almohada reloj despertador, un cepillo de dientes con señal wifi, un bidet inteligente, y….       

      —​Bla, bla, bla, bla, bla. —El vagabundo lo interrumpió con voz segura ​—Eso no es garantía de nada. —A lo que Garrison hizo silencio reflexionando y pensó. ​—Vaya, este tipo tiene razón.  

 

La idea del ​ “otro” justifica por sí sola la existencia del ​ “yo”, pero el concepto de ​“otro yo”, era demasiado rebuscado para Garrison que pensó en un hermano gemelo perdido, en algún tipo de experimento genético, en una conspiración rusa o en los efectos del alcohol a largo plazo.

A la mañana siguiente, un desvelado Garrison salió rumbo a su trabajo con un plan de acción. Su otro yo seguía en el pórtico. Había pasado toda la noche durmiendo a la intemperie.

—¡Buenos días, Garrison! —Le dijo Garrison al vagabundo, tratando de sonar amigable, a lo que el vagabundo contesto exultante.

 —¡Buenos días! —¡Que bien! —¡Parece que estamos de buen ánimo esta mañana! —Así me gusta.  —El sentido del humor, demuestra inteligencia.         —Dejemos los comentarios irónicos y vayamos al grano. —Le dijo Garrison, más serio, y prosiguió.

      —Yo lo voy a ayudar a usted a salir de su miseria y de esa manera yo no entraré en desgracia. —¿Qué le parece? —Garrison cruzo los dedos dentro del bolsillo del pantalón.

      —¡Hum! Suena interesante. —Le contestó el vagabundo mientras estiraba su barba.

Garrison continuó.

—A partir de ahora compartiré todo lo que tengo con usted. —De esa manera me asegurare de que nada malo nos pase. —Usted no se preocupe. —No deberá hacer ningún esfuerzo. —Yo me encargare.  

Poco a poco Garrison se fue desprendiendo de sus cosas, le dio la mitad de su sueldo, la mitad de la ropa, y hasta negoció quedarse con el auto a cambio de su esposa, pero el vagabundo no aceptó, así que al final también compartieron el auto. De esta manera, pensó Garrison, podía sortear la mala fortuna, pero la fatalidad, a veces, juega con las cartas marcadas y un día Garrison enfermó. Este, no tuvo mejor idea que enviar al vagabundo a que lo reemplace. Temprano, la impericia puso en descubierto al sustituto y así después de años en la empresa, despidieron a Garrison, que, entregado a los vaivenes del mercado, nunca más pudo encontrar un empleo a la altura de sus expectativas. Pronto perdió el auto, los muebles que estaba pagando en cuotas y cuando el banco le envió la noticia final del crédito hipotecario, su esposa, emparentada con algunos movimientos feministas y enterada del incidente del auto, lo echó de la casa. Sin nadie que lo ayude, Garrison comenzó a deambular por las calles.

Tiempo después, una mañana, un descuidado y barbado Garrison, se sentó en el umbral del edificio que alguna vez había sido su hogar. Un hombre, en refinado abrigo y con las manos en los bolsillos, cruzó el pórtico. Garrison que apenas podía levantar la vista miró aquella espalda hasta que se perdió en el horizonte. Una brisa nostálgica susurraba el aire.

 

© All rights reserved Claudio Rynka

Claudio Rynka nació en Buenos Aires en Noviembre de 1963. Hacia finales de la década del noventa, emigró a los Estados Unidos, exactamente a la ciudad de Miami donde actualmente reside con su esposa e hija. Trabaja en la industria de la Hospitalidad y el Turismo. Lector ávido, se introduce en el mundo de la literatura a través del circuito de bibliotecas públicas de la ciudad de Miami. Es ganador del concurso de cuentos “Cuentomania” edición 2017.

 

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