EL OJO QUE TODO LO VE: El oculista de Tombuctú, de Bernard Christenson. Elidio La Torre Lagares 

La tercera novela del escritor Bernard ChristensonEl oculista de Tombuctúse pronuncia desde un lugar no muy frecuentado en la narrativa puertorriqueña, que es el de la literatura desde el terrorismo y la violencia bélicaLa novela de Christenson no solo seduce mi atención por su agilidad narrativa y atención clínica al detalle, sino también por que, más que invitar a mira la relación de la novela con otros textos, nos permite mirarnos desde los fenómenos culturales que inciden y afectan en nuestro acontecer diario. Es decir, la literatura de Christenson parece ocuparse de preocupaciones políticas que, si por un lado parecen distantes a nuestro Caribe, por otro están más cerca que nunca.  

 

Sin duda, un referente olvidado en el imaginario puertorriqueño es la literatura desde los conflictos bélicos. Pedro Juan Soto, Emilio Díaz Valcárcel, Tomás López Ramírez y César Andreu Iglesias han sido algunos que han explorado el tema de la violencia armada al servicio de las luchas políticas. Esto, a pesar de que la historia de Puerto Rico llega al siglo XX a partir de una guerra (la Guerra Hispanoamericana de 1898) y que tanto nuestra ciudadanía como los proclamados avances de la modernidad se suscitan a raíz de los tres conflictos que emparedan el siglo XX:  la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra del Golfo Pérsico. En todos estos eventos, hay sangre y sufrimientos puertorriqueños.  

 

La novela de Bernard Christenson acciona desde ese panorama tétrico que es vivir bajo la amenaza del terror con un tono parecido adel cuento “El árbol en llamas”, de José Luis González, quien precisa dos narrativas paralelas que se desarrollan durante la Guerra de Corea y un linchamiento en Mississippi, respectivamente. El cuento pertenece al libro aptamente titulado Mambrú se fue a la guerra (1954) y, como en muchos de los relatos de esta colección, la mirada del escritor se centra en los conflictos éticos de interés humano más que en su pertinencia al tema de lo nacional, motivo por el cual González fue criticado en su momento.  

 

La preocupación de Christenson no desprende tanto de un sentido de ansiedad paranoica a raíz de los efectos de la guerra, sino que más bien mira el constante flujo, tensión y conflicto de eventos internacionales que, desde la realidad globalizada, nos afectan. En El oculista de Tombuctúhay dos espacios temporales, como en el cuento de González, se desplazan paralelamente a través del texto se atraen y se repelen como si fueran dos novelas en una, quizá el anverso y el reverso de la historia de amor que esconde el libro. Uno de los canales narrativos se suscita durante el siglo XVI y el otro en el siglo XXI, y de la distancia entre medio sustraemos que la dialéctica cultural entre los dos espacio-tiempos es una reformulación de todos los pasados que suman nuestro presente. 

 

Como decir la historia del lenguaje; o de la escritura misma. 

 

De hecho, esto último supone una historia de la escritura que la novela sugiere desde el origen de un antiguo manuscrito escrito en hebreo arcaico hasta que el mismo llega a las manos de la heroína de la novela, Camille Baptiste, en forma de reproducción fotográfica. Es decir, una historia del libro y su disolución como soporte en forma de reproducción fotográfica sirven como telón contextual a los inquietantes nudos argumentales que Christenson trenza.  

 

El oculista es de Tombuctú y Tombuctú significa “nudo”.  

 

Pero, ¿por qué es esto importante?  

 

Probablemente, se requiere recordar aquella frase de Borges que reclama al libro como una extensión de la memoria.  

 

Los libros viene hechos de tiempo, tanto por el lugar que tienen en la divulgación y avance del conocimiento en su fase industrial como por su carácter logográfico desde la invención de la escritura como tecnología. No es una mera novela el descubrimiento de un manuscrito críptico, sino una novela sobre el poder de la escritura a través de los tiempos. 

 

Para los que no creemos en casualidades, lo fortuito es menos plausible que la manifestación del tiempo sobre el mismo tiempo. Es decir, el manuscrito no es descubierto por Camille, sino que ella lo recibe por encargo de su amigo Gaby, un antiguo amor y quien perecería durante los ataques del 13 de noviembre de 2013 en el teatro de Bataclán durante el concierto de The Eagles of Death Metal. O sea, a Camille Baptiste le corresponderá, por designio del destino, completar lo que a todas luces parece un descubrimiento importante de Gaby. 

 

Cécille, amigo común de ambos, es quien entrega el sobre a Camille, quien nota que cada foto se consigna con una sigla o sello oficial, lacrada en una esquina inferior, así como en la portada y la contraportada, nos dice el narrador. La curiosidad de Camile crece cuando encuentra, en el mismo sobre, una foto de los folios del libro en su conjunto, sin más encuadernación que la de un amarre con cordón de algodón. Lo más que le llama la atención es que, en algunas de las páginas examinadas, aparecen una serie de anotaciones al margen escritas en árabe, lo que resulta ser un poema de amor. 

 

Hacia el final de la novela, un personaje dibuja la imagen de un águila, y luego, con el último destello de luz, y con su último aliento, su figura es capturada «en la retina de su amada para el resto de la eternidad». 

 

El poema continúa vivo y la metáfora es hermosa: la inmortalidad del arte va de la mano de un amor igual de infinito. 

 

Como en toda gran historia, en El oculista de Tombuctú hay una historia de amor en el centro de todo. Y es, justamente, el amor el nudo tensor de esta novela, representado por el poema de amor que queda cifrado al margen del misterioso manuscrito y por lo que el manuscrito mismo representa. Dice Camille que: «el manuscrito es mucho más que simplemente una escritura sencilla en las lenguas antiguas hebreo y árabe… [E]l manuscrito es mucho más que un folio médico o un poema al-Ándalus. Como el árbol de Baobab es el árbol de la vida en África, el manuscrito tiene un solo tronco, del cual salen muchas ramas: la cristiana, la musulmana y la hebrea. Pueblos hermanos que convivieron todos juntos en Córdoba en una época gloriosa». 

 

El amor también es el triunfo de la humanidad sobre sus diferencias. El amor, como el arte, es infinito.  

Como toda obra, según diría Foucault, precisa la existencia de un autorpronto conocemos que el documento proviene de la pluma de Avicena y que es traducido por Abah Ben al Shafiun estudioso árabe medico y que trabajaba como oculista en Tomboctú.  

 

En la oscuridad, el ojo comienza a ver.  

 

El ojo no miente, dirá AbahLa vista llega antes que las palabras, dice John Berger, porque establece nuestra relación con el mundo antes de reconocernos conscientemente en él; antes de que las palabras nos sitúen. Vemos lo que miramos y mirar es un acto de selección. Vemos todo y miramos lo que queremos. Así, Abah descubre en Fez a Raquel cuando tropieza con ella antes de poder hablarle cuando se reencuentran en Sefrú y la chica se da por vista. De hecho, es un amor que, entre el oculista y la morena judía, se da a primera vista. 

 

El ojo es panóptico o Delta Luminoso. El ojo nos mira. 

 

Pero es a través del ojo y su énfasis en el ojocentrismo, o la primacía del sentido de la vista sobre todos los demás sentidos, según ha visto David Harvey, la manera en que el la civilización occidental ha trazado su ruta por las historias de la dominación política y el colonialismo tanto en África como en América.  

 

El Mossad, la Interpol y la CIA andan tras el manuscrito. Los terroristas, dice Camille, que desean vender estos manuscritos y libros valiosos en el mercado negro o en el “Dark Web”, donde los coleccionistas o intelectuales ricos, acceden la valiosa mercancía de manera ilícita. Camille defenderá la integridad del manuscrito y todo lo que en él se representa. 

 

Los ataques al semanario francés Charlie Hebdo, el atentado al Bataclanla Masacre de Munich, las alzadas en Siria, los residuos de la guerra fríael estado psicopolítico vigilante las máscaras de la post-verdad son algunas de las violencias que van habitando en El oculista de TombutúPero el mayor logro de Bernard Christenson es el de mostrarnos una simple verdad: es el amor el verdadero trasgresor del tiempo, la única fuerza por la cual podemos decir que estamos aquí y por la que vivimos.  

© All rights reserved Elidio La Torre Lagares

Elidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.

En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.

En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

twitter: @elidiolatorre

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