EL OESTE AHORA. Jorge Córdova Monares

Perlas de éter para la vieja quemadura fría,

¡qué puta mentira tan grande!

 

Dos a.m. Estábamos de pie alrededor del fuego. Las llamas se elevaban por momentos clareándonos los rostros. Veía a los otros a través del reflejo desenfocado de la lumbre. Dentro del círculo nadie hablaba, parecíamos una difusión de la lluvia ligera y fría que nos caía encima. Al fondo de la hondonada, la ciudad se dilataba en sus propias luces sobreimpresa a las llamas. El silencio era tal, que era posible escuchar el sonido sibilante del transcurrir de los sucesos en la oscuridad: el serpenteo de los pensamientos ocultos por una frágil barrera de tejido orgánico, cada variedad de árboles reconocibles en el susurro de sus hojas, las patas, tenazas, alas y aguijones de todos los insectos ocultos en la maleza, el crepitar de la vida en realización y el acecho de la muerte al interior de las células, todo eso estaba ahí, en la ausencia de palabras. Rojo alucinante, pasé saliva temerosa de que ese acto sencillo me hiciera existir con la rudeza de los huesos y la carne y el peso que te arrastra al suelo como una condición inalterable de quien he sido y seré. Lino, que hasta entonces había estado muy tranquilo viendo sus manos enrojecidas al destello de la fogata, parpadeó, y luego movió la mano derecha con extrañeza, un miembro autónomo que se deslizó al interior de su chaqueta de piel y sacó una caja repleta de ampolletas, tomó una y se la clavó en la yugular ¡fiiuu!, la vena bebió el líquido verdoso hambrienta de visiones lujosas, exóticas de los días en que flotábamos protegidos por la inocencia. Luego pasó la caja. Rosty la sostuvo un instante con las dos manos, temblaba, pero igual cogió una y arrancó el tapón con los dientes, por un momento la aguja quedó al descubierto mientras el líquido condensado se columpiaba al interior del vidrio. Apretó la mandíbula, se pinchó en el cuello. La rueda dejó de girar, el mundo se detuvo en medio de una sensibilidad consciente y quieta, el fuego intercambiaba ondas de calidez y las diminutas gotas de agua caían sin quebrarse, siendo carne o tela o piso o toda cosa existente. Bebimos, bebimos del Sol con popote y cabalgamos todas las mañanas del mundo, agosto, enloquecidos jinetes deslizándose en los barandales entre la bruma del estío. Las mejores chicas sorbiendo Coca cola. Estrellas de plastilina, apetito, bocas rojas engullendo salchichas, estrellas de plastilina en el cielo, y nuestras manos derritiéndose en las escaleras. Carreras y carreras de un lado a otro de la azotea, la azotea y los niños del nuevo sonido, del nuevo vino, del grito y el vuelo, pequeños delincuentes del rock and roll, extraños pájaros de perfiles de noche y silencio, los chicos de la fluorescencia venosa. El verano en el viento, el Sol de estío con antifaz de agua, los chicos decidieron clavar sus popotes en el Sol y chupar las partes oscuras primero y luego la luz blanca del contorno. Ahí estaba Rosty bebe que bebe, columnas de color naranja y amarillo de sabor a sueño fresco y Lino hundiendo la cara en los viejos días en la azotea, la tina llena de agua, los calzoncitos bordados con nubes tendidos en hileras, lindas panzas, niños alegres, dientes grandes, verdaderos jinetes de la escalera. El caso es que: ampollas verdes para todos, reflejos marinos zigzagueando en el cristal, certezas, oleadas de cámara lenta, concentración. La primera vez y el bull nos tomó como hijos y nosotros nos rendimos a él.

Mi madre me llamó Lino y lo más seguro es que eso no signifique nada. Una mañana después de andar mucho, reconozco que mis venas se exponen al sol. Me he tornado pálido con una tonalidad algo verdosa. Noto también que hay un nuevo río púrpura que desciende por la ladera y desemboca en la laguna con un sonido asfixiado. La laguna es un espejo en su superficie calma que no refleja el mundo al revés, sino las entrañas de la oscuridad que me aloja. Estoy ahí cuando el bosque entero inicia su transformación hasta convertirse en un inmenso yermo dormido ausente terrible tránsito de kilómetros y kilómetros de aflicción, y entonces, hallo a un forastero atisbando por la ventana, ¿cuál ventana? Después, alguien me devuelve todas esas cosas viejas de los días, de los meses, pero yo soy irremediablemente otra persona, y al pensar en ello, no encuentro manera de comprender algo así, pues ni siquiera imagino lo que puede significar ser uno mismo. ¿Existe algo semejante a “ser uno mismo”? ¿Un algo autentico y compacto que se distingue de todo lo demás? Así que continúo haciéndome transparente hasta la desaparición. Es en esas condiciones, que me recomiendan pasar los días viendo viejas películas en blanco y negro y masticar grageas alimenticias, películas y pastillas, patinar sobre superficies acarameladas, indiferente confort que oriente mi búsqueda hacia los vestidos cortos, muy cortos, lindas compañías que me permitan meter mano y morderles los labios de vez en cuando sin hacérselos sangrar. Pero no mejoro, me hundo en un charco de apariencia funesta y dejo de celebrar las bromas de mis buenos amigos, en cambio los obligo a valorar las virtudes ocultas en el acto simple de lavar los trastes, porque, aunque los amo profundamente, no soy amoroso ni precioso ni de fiar como ellos dicen, no soy siquiera un tipo duro. Esta confusión no es el resultado de un engaño, sencillamente me creen de ese modo, y aunque es desconcertante pues me parece obvio que sólo me escondo, su insistencia en definirme así, llega a hacerme dudar sobre mi propia condición de bufón o poeta, no soy yo quien miente, o tal vez un poco. De manera que al sentarme a contemplar la televisión no puedo entender nada, pues nada hay dentro de mí, la tele y yo permanecemos impasibles frente a frente. Caballos salvajes corren al Norte, remueven la arena donde espera mi memoria negada y abren rutas en la piel del misterio. No me interesa el respeto, ni el miedo que anida en mis huesos, pero sí el vigor que me impulsa a correr entre ellos, piel con piel, nervios y músculos, la sofocación ardiente de la libertad en la llanura para seguir la historia que desee. Sin importar cuan veraz pueda ser, siempre tengo la sensación de que un pequeño mentiroso respira por mi nariz y un falso guerrero cabalga en las llanuras violeta. ¡Qué rabia, qué rabia dulce corazoncito! Por mis mentiras, por mis pedazos, por el puto dolor hacinado en mi cuerpo. ¿Qué definición te gustaría oír? Nada de miradas amables, ni de pendejadas sofisticadas del conocimiento, es mejor que callemos y veamos, veamos afinados y drogados inmaculados, tensos como la cuerda de un arco. He aquí una verdad simple abandonada al azar: “contenido en todo lo que hago está el vacío que siento por ti”. Nena, este es mi viaje, es mi vibración, una carretera infinita llena de palmeras, un mar violentado con la potencia de mi máquina de vuelo, y otras cosas fantásticas, todo, cosa aparte de la quemadura fría y la insistente representación de la pasión en el vitral de una catedral construida en algún compartimento de mi oscuridad.

Cuando Lino encontró la bolsa pensó en los pedazos ennegrecidos de un cuerpo. Una bolsa de plástico para la basura abandonada en la profusión de sauces y eucaliptos de la ciénaga, siempre estimula la imaginación. Habíamos bebido y correteábamos por la feria y no perdíamos oportunidad de subirnos a todos los juegos, aunque fueran tan tontos como “la noria del amor”. Estrella y Rosty se subieron juntos y yo obligué a Lino a ir conmigo. Dimos una tanda de giros, sube y baja, las cuatrocientas biznagas meridionales, el camino ambarino que conduce a la ciénaga, el tigre de la noche, mis ojos en la contemplación hambrienta de todas estas hermosas cosas ilusorias resguardadas en el viento.  ¿Qué de todo ello nos hacía reales? Quedamos balanceándonos a medio metro del piso, y en la siguiente cesta apenas arriba de nosotros, los chicos le pedían a gritos al operador que continuara.

―¿Damos más vueltas?

―¿Y la gente? ―dije sin que me importara en realidad.

―¡Qué se pudran!, además no hay nadie haciendo fila.

Y así volvimos a empezar y cada vez que alcanzábamos la cima, deseábamos lo mismo, y esto era quedar ahí, suspendidos hasta el verano siguiente, cuando la lluvia empapara y los relámpagos latiguearan al lado nuestro iluminándonos la cara. Entonces Lino los vio adentrándose en la espesura.

―¡Ey, mira allá! ―la ruleta comenzó a bajar aproximándome a la imagen de dos tipos que subían la loma entre el camino iluminado y el enrejado que rodeaba la ciénaga. Uno de los hombres cargaba la bolsa y unos pasos antes de perderse entre los troncos y la exuberancia de las bóvedas sombrías, la noria volvió atrás antes de subir de nuevo.

Nos vamos al Oxxo hundidos en las chaquetas, recorrimos las calles entre los ecos del pensamiento, la quemadura fría, las horas perdidas. Esperamos en la esquina y pateamos la banqueta para calentarnos un poco.

―De pronto, al mirar el cielo cerrado, siento que debo decirte algo –me dijo Lino aparte. Levanté la cara y vi el cielo noche encima de nosotros que albergaba una idea, la idea de que en verdad existíamos. Entonces, de pronto, sentí que debía decir algo, pero no tenía idea de que pudiera ser eso.

―¿Y si no hubiera nada que decir?

―Sí, existe esa posibilidad. Acércate.

Di un paso, tomó mi cara entre sus manos, se aproximó con los ojos cerrados, me acarició con su nariz, olfateó delicadamente y luego dejó su barbilla sobre mi hombro para unir su cara a la mía. Nos quedamos en esa forma por mucho tiempo y al final sólo murmuró: “María”.

Estrella y yo nos adelantamos para explorar la zona. Entramos al Oxxo y de inmediato, la luz blanca me provocó un vago malestar, algo físico, o más bien que se expresaba físicamente. Pude ver lo que ocultaba la exagerada luz y los coloridos empaques de todas esas mercaderías organizadas en los anaqueles de exhibición. Al estar frente a esos pasillos repletos de cosas, perdí la conexión con los acontecimientos, las memorias, las historias que me habían traído hasta ahí, me sentí profundamente sola, entonces, tan importante como respirar, tuve la necesidad de ver mis manos como un alivio al escalofriante vacío de este mundo. Las levanté y las vi con ternura, pero no me sentí mejor, así que me precipité sobre la máquina de café y con todo mi odio la hice volar para impactarla contra un anaquel de galletas. Decenas de empaques de todas clases cayeron a mis pies y ya no pude detenerme. Corrí por el último pasillo hasta el frigorífico de bebidas y me lancé contra las puertas de cristal, las atravesé con un crujido estrepitoso y rompí los entrepaños repletos de refrescos. Caí al suelo del otro lado en medio de una habitación casi a oscuras. Noté que sangraba, pero como aún no terminaba, me levanté y volví a la tienda a través del refrigerador. Al mismo tiempo que los chicos entraron con sus armas en las manos, alguien se arrojó sobre mí y por un momento perdí contacto con el piso, no me di cuenta que volaba hasta que me estrellé con la vitrina de los hot dogs. Estaba aturdida, pero no quería que nada quedara en pie, tenía mucha energía, entonces sentí el peso y la fuerza de alguien que trataba de inmovilizarme, un empleado estaba sobre mí sujetándome de las muñecas. Gritos y lloriqueos. El ambiente quemado por la luz, el piso mojado y pringoso, la presencia volcánica de mi naturaleza ominosa, “de ningún modo soy lo que siempre quise ser”. El chico se derrumbó de pronto con tal abandono que creí que estaba muerto, tras él, vi a Lino desde el piso, se erguía como un edificio hacia la luz blanca, con su pistola sujeta por el cañón. Tal vez en ese punto las cosas cambiaron para mí: sentí miedo.

Mary ha sido una chica extraña desde que éramos niños. Lo constatan cientos de historias: en el aparador sobresalía un pastel de zarzamoras con las orillas ondeantes apenas doradas. La superficie blanca del centro estaba cubierta por un montículo de zarzamoras púrpuras recién cogidas. Un par de chiquillos ensuciaban el vidrio con su aliento dulzón y sus manitas enlodadas. Al lado de ellos un tipo miraba el pastel con el mismo anhelo que los niños. Tras ellos el viento tiraba de los árboles y levantaba secciones completas de diarios atrasados y enfriaba el cuello y los huesos. Los chicos echaron a correr al interior de un torbellino de ropa vieja, de ampollas usadas, de comida podrida, de podridas calles encharcadas. El hombre los siguió con la vista mientras reían y jugaban en dirección del callejón. Estiró el cuello de su chaqueta, hundió las manos en los bolsillos y se largó de allí calle abajo. Una esfera roja salió rodando de un zaguán, se iba de las manos de una pelirroja menudita. El tipo atajó la esfera con el pie, la levantó y luego la limpió en su pantalón.

―Hermosa pelota tienes, ¿eh? ―dijo alcanzándosela a la niña.

María se acercó con recelo, se la arrancó de la mano y se volvió al zaguán y antes de desaparecer se volteó girando en un pie.

―No es una pelota, estúpido, es una bomba.

Los vaqueros recibimos una visita después de un par de semanas de hacernos con la bolsa. Pablo y El iguana eran dos viejos amigos de Lino desde los tiempos de la escuela, hablaban poco y todo lo hacían juntos. Fueron directo a la cocina y se sentaron a la mesa en silencio dispuestos a la espera. Como tuve ganas de fumar abrí la ventana y al instante el viento se coló y agitó la cortina de cuencas plásticas multicolores que pendía del marco de la puerta. Al mismo tiempo, la luz amarillenta al centro del techo empezó a titilar como una llama, entonces El iguana alzó la vista y dijo:

―No puedo hacer nada más, todo está ahí.

Pablo volteó la cara hacia él, lo miró impasible desde la silla el tiempo suficiente para que me diera cuenta que ambos expelían un sutil concentrado verdoso fluorescente que contrastaba con las paredes rojas y la tenue luz cochambrosa. Era más una sensación que emanaba de sus presencias y los hacía parecer veleidosos, descompuestos de alguna manera. Apagué el cigarrillo y lo arrojé a la calle. Me escuché suspirar y me llevé las manos a la cara, sudaba. Pablo se puso en pie, buscó en las bolsas de su saco sus propios cigarros, tomó dos con la boca directamente del paquete, luego se quitó el saco y lo dobló por en medio para dejarlo con cuidado, como si de verdad importara, sobre la silla.

―No construimos nada ―dijo poniendo uno de los cigarrillos en los labios de “El iguana”, después los encendió―, si hay alguna salida, no la conozco, no sé qué más decir.

En ese momento Lino entró llevando la bolsa.

―¿Qué nos tienes?

―Tengo una automática del cuarentaicinco y esto ―dijo Lino al tiempo que metía una mano en aquella bolsa y sacaba una caja de bulls. La dejó sobre la mesa. Era una caja de madera de tapa corrediza apenas más grande que un estuche de dominó. Durante un tiempo nadie hizo nada, la caja quedó en el centro de la mesa emitiendo el mismo extracto que cercaba la cocina, ambiguo, enervante, pernicioso. Al final Pablo deslizó el panel y unas diez ampollas de cinco miligramos brillaron en su verdor.

―La pistola tardará un poco, en cuanto a esto… bueno, no habrá ningún problema, puedo pagarte dos cajas ahora mismo, tan pronto las coloque vengo por más.

―No hay problema.

A los pocos días volvieron por otras dos y ellos mismos ofrecieron pagar un precio más alto que la vez anterior.

―Volveremos por más.

―No lo sé, creo que estas son para nosotros.

―¡Ah!, ¿se pinchan?

―De vez en cuando.

―Mala cosa amigo ―dijo Pablo antes de salir con sus dos cajas bajo el brazo.

Los yonquis no son seres que sepan guardar secretos, no son confiables para nada, tiemblan y hablan con muy poca presión, son en cambio los mejores informantes de la peste, el frío los hace así, algo de calor en ampollas y se vuelven parlanchines y traidores, no es posible hacer negocio con ellos.

El sueño de Twin Peaks

ha vuelto. Está oscureciendo, mmhh. Veo desde lo alto con los ojos de un pájaro, las copas cerradas de los árboles que emergen de entre la niebla que desciende de la montaña, el río que aparece repentinamente para volverse a perder en la exuberancia del bosque profundo, el aserradero dando el último giro dentado antes del anochecer. Estoy en medio de los árboles y al mismo tiempo soy los troncos enraizados antes del tiempo. Y entonces se ilumina como fuegos artificiales que incendian el cielo en una noche de fiesta, la palabra fluye tranquila por mi boca y las lágrimas rezuman como agua subterránea que trasmina. Toda medida de mi vida se vuelve inadecuada, inútil y mi mente se detiene dejando espacio para el silencio que expone la futilidad de mis intentos y aspiraciones, nada existe fuera del bull, todo le pertenece y a la vez no es de nadie, lo carente sólo es una fijeza de la imagen y mi imagen no es nada frente al bull que lo es todo.  Todo retorna a la fuente, más tarde o más temprano, pero sin equivocación. Así que, no hay nada que hacer, te rindes al camino y abandonas la frustración de la guerra con la naturaleza. Todo está bien, todo es como debe ser. Sólo está él, todo y nada, intuición y certeza, principio y final.  El bull es mientras flota en el silencio abrazador, como flor de loto se abre suspendido en una exhalación profunda, mar de la conciencia, conciencia de su propio cuerpo en meditación bajo el punto inmóvil, que es un árbol, el cielo, el mar, una expectativa y un sentimiento, un hueco, al mismo tiempo una señal, una extremidad en movimiento. Lentamente sumerjo la punta de los dedos de la mano derecha en la nada que contiene todo en quieta reserva, y toco, y al tocar, experimento un estremecimiento en la piel, que es la piel del misterio expansivo en las fluctuaciones de la oscuridad circundante, vacío que es mi propio pensamiento contraído en la molécula original. “¿Qué es esto?”, “no lo sé”.  Y así, por un minuto que en realidad es noche eterna, guardo silencio y percibo: una vibración constante en el hallazgo, “¿qué es esto?” “soledad” y después, “sólo palabra por palabra”. Abro los ojos y todo se ilumina dentro y fuera, contenido y estable, disperso y excitable, la intuición se vuelve certeza y tiene la más grande inspiración: “Que se haga entonces la palabra que nombra todo, para que lo que yace en reserva dentro de mí, exista fuera de mí, entonces despierto, e inmediatamente, comienzo a construir.

Los vaqueros recibimos una segunda visita después de semanas de hacernos con la bolsa, por supuesto, esta vez no se trataba de Pablo y “El iguana”. Llaman a la puerta y al abrir supe que el asunto estaba muy mal. Cuatro sujetos maquillados, clowns sicóticos del espectáculo subterráneo de la sangre y la inmolación, cínicos matones de la banda “Sin Nombre”. Corrieron tras de mí haciendo disparos fallidos mientras yo buscaba mi automática en la cintura. Al llegar al descanso, Lino me esperaba ya con su escopeta de doble cañón, me tiré al piso y la ráfaga expansiva de luz produjo un estruendo metálico que permaneció en el pasillo varios segundos hasta que fue ahogado por los gritos doloridos que subían por la oscuridad de las escaleras. “Quiero ver mi alma pura ascendiendo más allá del cielo”, aullidos de salvajes lunáticos quemados en sangre al pie de la escalera. Se escucharon tres disparos más y los gritos cesaron. Ecos, ecos que demostraban la existencia de las tinieblas. Como millones de ciempiés arrastrándose por las paredes, las emociones subieron por entre las piernas, un instante de progresiva conciencia. Saqué mi arma y esperé tirada contra la pared tratando de convertirme en inmortal, respirando a través de la piel para no hacer ruido. Silencio, largas tardes en que miraba la luna llena al fondo de mi barrio mientras mis ilusiones flotaban sobre mi cabeza como nubes. No lo pensé, apenas noté un reflejo pálido que asomaba de entre las sombras, me levanté súbitamente con los dientes apretados y metí el cañón en la boca del estómago del matón hijo de puta y vacié mi pistola. Ocho tiros a quemarropa, el olor cobrizo de la sangre y la pólvora y la muerte no tardan en elevarse hasta el techo.

―¿Estás bien? ―dijo Lino tras de mí.

―No, ¿cómo podría estar bien? ―y solté el cuerpo vacío, éste cayó dando golpes en cada escalón hasta quedar inmóvil contra la entrada.

Los chicos salieron de sus escondites igual que niños jugando con sus armas listas a desbordarse. Atónitos miramos la obra que habíamos realizado, carne y sangre y siglos de asesinato. Lino buscó las ampollas y antes de conseguirnos una nueva vida, nos pinchamos. Lento oscuro, lento distante. El hundimiento inexorable de lo humano. Vi desde la lejanía con los ojos de los minerales ateridos a la tierra que nos dio aliento, las formas jaspeadas de los intentos humanos, la distorsión de nuestra imagen y nuestros actos, “lo familiar es en realidad el desplazamiento de la verdad, y la verdad es evanescente”. Lino se levantó y comenzó a caminar por la habitación mientras hacía planes. Toda clase de visiones del futuro, múltiples combinaciones para escapar y salvarnos, claro, de ningún modo yo era lo que siempre había deseado ser, pero al parecer él sí, así que Lino podía hacer eso. “Nada construimos, nada”, le decía a la distancia, pero era un grito silencioso que se esfumaba en los pasadizos laberinticos de mi perplejidad. No pude hacer más, todo estaba ahí, en la arquitectura monumental que nunca construiríamos.

 

© All rights reserved Jorge Córdova Monares

Jorge Córdova Monares. Nace en la ciudad de México en 1971. Ha realizado estudios de danza contemporánea y clásica, teatro, cine, video.

Desde 1987 ha pertenecido a diferentes agrupaciones artísticas, presentándose en los festivales y foros más significativos de danza y teatro mexicanos.

En 1991 integra como miembro fundador el colectivo Danza Luthor, grupo dedicado a la investigación y creación de ensambles multidisciplinarios, convirtiéndose en un grupo emblemático de la escena subterránea de la danza performance de los 90’s. En 1995 inicia un camino más personal y funda el grupo Rey Lagarto, con el que toma las calles como escenario de sus obras, abriendo una discusión fundamental sobre el uso de los espacios públicos. Ha escrito teatro, guión cinematográfico, video documental, radio, historieta, cuento, y su novela Krummville 50 ha sido publicada por la editorial de la Universidad Veracruzana en el año 2010.

e-mail: reylagarto201@hotmail.com

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