EL INQUISIDOR/THE INQUISITOR. Roger Vilar

EL INQUISIDOR

 

I

 

Cerré la puerta de la iglesia.  Atrás quedaron los ruidos de la calle, los motores de los coches, el pregón de los vendedores ambulantes, las mujeres con sus minifaldas, los deseos voluptuosos, las hembras que buscan el pecado con frenesí… en fin, ese pobre mundo en poder del amo de las tinieblas, el cual intenta apartarnos de la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Pero yo, Fray Alonso de Zumárraga, me había hecho el propósito de resistir. Había planeado no apartarme de la fe ni un solo momento. Pensaba que tenía una misión. ¿Cuál era? No lo sabía a ciencia cierta, pero la idea se había apoderado de mí. Yo pensaba que estaba en esta parroquia, en este barrio, por alguna razón misteriosa. Es un viejo convento dominico donde los hermanos más viejos ya murieron y no hay nuevas vocaciones. Yo era el único fraile que en los maitines desgranaba el rosario con la esperanza de que cada palabra me transportara de pronto al estado contemplativo.   ¿Mi misión? Era una intuición, pero muy fuerte, fuertísima… ¿Mi misión? Esperaba que el Espíritu Santo me la revelara. Entretanto, día tras día,  daba la misa de siete a unas ancianas con artritis y medio sordas que acudían al templo empujadas más por la costumbre que por la fe.

 

Se iban entre saludos y parloteos.  Me quitaba la sotana. Me quedaba con los hábitos de la Orden de Predicadores, a la que pertenezco, y creía volar entre pliegues. Desde niño me llamó la atención este hábito, cuando veía a los padres dominicos oficiar. Me miré al espejo, quería ver santidad, pero sólo contemplé el rostro de alguien que trata de sembrar la Palabra de Dios en medio de la desolación. La sacristía estaba en silencio. Del techo, de bóveda de nervaduras, caía un polvo formado quizás tres, cuatro o cinco siglos atrás, cuando los primeros hermanos vinieron a América a luchar contra las idolatrías. Por una alta claraboya entraba el sol de la mañana y pegaba en el rostro de un Cristo novohispano con la espalda sangrante. Su cara expresaba un dolor infinito, dolor por el pecado de los seres humanos que vino a salvar. Me hincaba ante él y le pedía que mi vida fuera sólo para compartir esa angustia divina. Yo estaba solo, solo contra todo. No, solo no, tenía a Cristo, pero El no se me revelaba. ¿O la revelación consistía en aquellos extraños sueños que tenía yo? Apenas me dormía este mundo iluminado, lleno de máquinas, de ordenadores, se transformaba en un bosque en penumbras por el cual marchábamos unos cuantos hermanos de la Orden de Predicadores. Llevábamos agua y unas pocas provisiones. La noche caía, aullaban los lobos, el fraile que encabezaba la comitiva, Álvaro de la Cruz, prendió una antorcha. Seguimos caminando, los árboles eran gigantescos y viejos, parecían gemir, hablar, contar traiciones y viejos amores. En aquellos  senderos todavía moraba la melodía de la flauta del dios Pan, aquel ser en el que pujaba el caos de las fuerzas de la carne.

 

Fray Álvaro esgrimía la antorcha cada vez que se acercaban unas sombras amorfas, de las cuales sólo se distinguían unos grandes colmillos que querían rasgar nuestra carne. Algo maligno vibraba en el aire. Los siete hermanos nos apretamos unos contra los otros. En mis manos yo traía una cruz extraña, pues el palo vertical  terminaba en una especie de lanza. En el centro estaba el crucificado. Más que instrumento de devoción aquello parecía un arma. O era un símbolo, un símbolo que unía la sumisión a Cristo con la guerra por Cristo. La sangre y la plegaria. Todo en un mismo metal.

 

Lo empuñé con fuerza. El camino se hacía cada vez más angosto. Estábamos en una zanja que avanzaba entre matorrales. Olía las hierbas, las flores dormidas. Se empezó a escuchar un canto lejano. Voces de mujeres, dulces, embriagantes como el vino. Fray Álvaro nos indicó que marcháramos despacio, haciendo el menor ruido posible. Apagó la antorcha. El viento silbaba con fuerza entre los árboles, la voz de las mujeres llegó con mayor claridad. Un débil resplandor estaba apareciendo. Brillaba cada vez más. Llegamos a los bordes de un claro en el bosque. Decenas de mujeres danzaban desnudas dentro de un círculo hecho con grandes piedras. En el centro de todo había una hoguera. Las piedras tenían, tallado, un ojo con seis pupilas. Quedamos anonadados. Eran brujas entregadas a la adoración de Satanás. Debíamos salir de nuestro escondite, prenderlas, llevarlas a las mazmorras de la Inquisición, pero estábamos paralizados. Tan sólo observábamos la belleza de la danza y la armonía de los cantos. Hubiéramos podido estar así toda la eternidad.

 

Esas imágenes, u otras parecidas, eran las que noche tras noche soñaba. Despertaba cubierto de sudor. El corazón se me quería salir. El azote de la carne era impetuoso. Las mujeres me habían exaltado, y, en mi vigilia, quería tener junto a mí a aquellas hembras soñadas. Delicadas, suaves, como una mantequilla en la cual se puede hundir el cuchillo. Eran las tres, o las cuatro de la mañana. Me levantaba. Quería torturar mi cuerpo para que olvidara el placer. Me metía bajo la ducha fría, pero hasta los chorros helados me hacían arder. Corría, cantaba en el patio del convento, imploraba el auxilio divino. Pero venía la derrota, acababa masturbándome bajo frescos de santos pintados en el siglo XVI, donde San Antonio aparecía asediado por una multitud de demonios en el desierto. Me aborrecía a mí mismo. Ya eran las cinco de la madrugada. Todo melancólico me disponía a entonar los rezos de la hora prima, para que el amanecer me encontrase alabando al creador, pero, sobre todo, sobre todo… arrepintiéndome de mi lascivia. A las siete, con mi hábito, con mi sotana,  daba la misa a unas pocas ancianas y a alguna que otra alma extraviada.

 

Así transcurrían mis jornadas desde que llegué a esta iglesia conventual en las calles del centro de la Ciudad de México. La agitación no me dejaba nunca. Constantemente combatía al pecado que había en mí, para que en mi carne débil pudiera relucir la gracia del crucificado. Me había propuesto aumentar la grey, salir a predicar el evangelio. Empecé por mi calle. Aquella vía, Correo Mayor, estaba llena de comerciantes ambulantes. Intenté convencerlos de que visitarán la Iglesia. Me dijeron que sí, cuando tuvieran que bautizar a sus hijos, o darles la primera comunión. Sólo cumplían con los ritos,  el amor de Dios no penetraba en sus corazones ni la fe los movía. Algunos me escuchaban, otros volvían la cabeza y continuaban voceando su mercancía. No importaba, yo no desfallecía. En cierta ocasión, en mi labor evangelizadora, caminé más de lo acostumbrado. Ya casi no había vendedores ambulantes. Me llamó la atención una tienda que se anunciaba como expendio de hierbas curativas y mágicas. “Mágicas”, la palabra que prefieren los impíos para saltar con disimulo a la adoración del maligno. Entré. Había un poderoso olor a salvias, a ruda, a adelfas y achicorias. El mostrador era de madera, viejo, despintado. La pared estaba llena de pequeños estantes con la mercancía. También vi tierras y piedras, si, piedras, curativas. Revueltos entre frascos antiguos de porcelana, de esos que usaban en las boticas y farmacias, detecté una serie de libros de brujería.  Estaba el “Grimorio de San Cipriano”, el “Libro de la Magia Sagrada”, de Abramelin, el mago, “La gallina negra”, “La clave mayor”, de Salomón, o atribuida a Salomón, pues no puede ser que este santo monarca se haya dedicado a tales artes.

 

Encuadernados en piel, con títulos en letras góticas, también vi el “Grimorio secreto de Turiel”, y uno, uno muy raro, el “Galdrabok”, grimorio islandés, compendio del siglo XVI. Es un volumen raro, con los signos que los hechiceros nórdicos usaban para invocar las fuerzas oscuras, a la Gran Serpiente Migdar, madre de todas las brujerías y sin cuyo permiso no se puede operar asertivamente en el mundo de los espíritus.

 

Un gato negro, sedoso, estaba acurrucado en lo alto de un estante. Al fondo había una gran colección de jaulas con pájaros adentro, cuervos, mirlos, halcones, una lechuza. Todo estaba a la venta. Pero no había quien vendiera. “Hola”, llamé. “¡Hola! ¿Quién vende?” Hubo un gran silencio. Una araña salió de atrás de los frascos y caminó hasta el techo de alfarjes. Oí unos leves chillidos, como de ratas. Provenían del fondo. Crucé entre las jaulas. Había una puerta que daba a un largo corredor con columnas y un patio. Las plantas trepadoras inundaban el aire con sus vahos vegetales. Se enredaban en los fustes, subían hasta los capiteles. Había una poltrona de mimbre, y en ella una mujer, joven, vestida de blanco. El sol, metiéndose desde el patio, iluminó su rostro. Este era leve, era etéreo, como si realmente no estuviera frente a mí, sino que fluyera desde otro tiempo y de vez en cuando la transmisión sufriera interferencias. “Siéntese”, y me invitó a otra poltrona. No supe que hacer, de pronto me dio miedo ser descortés y la obedecí. Yo andaba predicando el evangelio. ¿Cómo introducir el tema? Ella me miraba con ojos atentos. “¿Qué quiere de la tienda? Veo que no ha dormido bien. La valeriana es buena para los males del sueño. ¿Tiene pesadillas?, ¿Está atormentado?”. Tanta exactitud me perturbó, pero aún así le dije. “Soy Alonso de Zumárraga, sacerdote, y vine a invitarla a mi iglesia, a que vaya a misa”. “Gracias, padre, pero no puedo. Soy pagana, adoro las fuerzas de la naturaleza, al Gran Pan. Usted, padre, debiera atender más a su naturaleza. Ah, y me llamo Elenor”. Me extendió su mano, era delicada, me figuré que unos minutos antes ella había estado tejiendo con hebras de oro. Por unos segundos permanecí hechizado. Imaginé que aquellos dedos tocaban mi cara. Entonces me levanté. “Me voy, me voy, pronto será la misa de 5 de la tarde”. “Lo acompaño”, me dijo. Pasamos otra vez por aquel almacén de olores, de ruidos de pájaros, suerte también de biblioteca mágica  en la que los libros enseñaban como invocar potencias de otros mundos. “Puede venir cuando quiera, Alonso. ¿Puedo tutearte?” “ Si, claro”. “Pues ven cuando quieras, Alonso, te estaré esperando”. Había perfume en su aliento, aquel cuerpo exhalaba la finura de las almas excelsas. Salí y la puerta se cerró tras de mí. Eran apenas las cuatro y media de la tarde, ¿por qué cerraba su negocio tan temprano? Me quedé observando la fachada. Era una ruina total. Parecía una casa del siglo XVI, de las primeras que construyeron los conquistadores españoles. Tenía dos pisos, rematados por una torre de vigilancia. En los cristales de las ventanas se acumulaba el polvo y las telarañas. Me dio la impresión que estaba deshabitada, pero no, no, por lo menos allí vivía aquella mujer, Elenor.

 

Conocer a Elenor implicó cambios en mí. Su imagen no se apartaba de mi mente. Ella era como una emanación de la propia naturaleza, en cualquier momento su piel podría estar hecha de hojas y sus pies hundirse en la tierra como si fueran raíces. Y la fragancia, la fragancia de su piel no se me olvidaba, era un aroma que hacía que uno cerrara los ojos y pensara en bosques sin fin, que ascienden montañas y se pierden en el horizonte entre brumas y relámpagos. Elenor era algo así como la maravilla de la tierra.

 

Varias veces estuve  tentado de volver a su tienda, de verla, de hablar con ella. Pero me resistí, sabía que podría caer fácilmente en sus garras, pues como toda hembra ella tejía trampas a los varones. Y un varón que, como yo, buscaba la santidad, tenía que evitar las ocasiones de caer. Sin embargo, a pesar de todos mis cuidados, el maligno me seguía azotando. Ahora mis sueños eran más vívidos. Aquellas escenas en las que caminaba por un bosque con otros hermanos surgían con singular fuerza. Una y otra vez llegábamos al claro donde el grupo de mujeres danzaban y cantaban. Fray Álvaro ordenaba acuchillarlas. Nos lanzamos entre los círculos de piedra a perseguirlas, tuve a la reina de todas frente a mí. Descubrí que su rostro era el de Elenor. Levanté mi cruz afilada para matarla, pero no pude. La dulzura de su cara me invadió. Los otros frailes acuchillaban mujeres. Pronto el suelo estuvo anegado en sangre. Pero reina se alzó en el aire. Su cabellera se agitó, parecía la melena de un león. Danzaba sobre las copas de los árboles. Convocó con una mano a las nubes. Lluvia y granizo cayeron  sobre nosotros. Corrimos por el bosque. Fray Álvaro nos indicó una cueva. Entramos. “Desdichado”, me dijo, “¿Cómo dejaste escapar a la bruja principal?” “No pude, no pude matarla”, le contesté. Fray Álvaro, furioso, se irguió y me dijo “¡Te condeno a perseguirla en ríos y pantanos, en selvas y desiertos, en el tiempo y en la eternidad. Tu alma no descansará hasta que la mates”. Relampagueó fuera de la cueva. El sonido de la lluvia y los granizos me dejaban casi sordo. Los hermanos se fueron por un pasadizo. Me dejaron solo. Solo estaré siempre. Con mi condena a cuestas. ¿Dónde estará la bruja? Salí al aguacero en medio del bosque. Torrentes de agua rodaban de mi cabeza a mis pies.

 

En el cielo seguía la reina de las hechiceras, desnuda, revolviéndose a diestra y siniestra, lanzando lluvia y granizos. La contemplaba extasiado. Era lo más bello que había visto en mi vida. Quería alcanzarla, pero desperté sudoroso en mi cama. Era de madrugada. Un gigantesco aguacero caía sobre la Ciudad de México. El agua corría por las canales del techo y se iba a los aljibes profundos, entre los cimientos de esta vieja parroquia.

 

Salí a la calle, corrí hacia la casa de Elenor. Tenía que comprobar si ella era la bruja de mis sueños, aquella a la que me ordenaron matar. La lluvia sonaba sobre los viejos cristales. Un olor a viejo brotó de los muros. Olor a maderas carcomidas, a ropas almacenadas durante siglos en un baúl.

 

Llegué a la casa de Elenor. Toqué con fuerza varias veces. Nadie respondía. La lluvia seguía cayendo con fuerza. Un grupo de hombres avanzaba por la calle. “Oiga, señor, nadie vive ahí. Esa casa está deshabitada desde hace muchos años. Nadie le va a abrir”, me dijeron y se alejaron. Entonces yo miré bien la fachada, por si me había confundido. Pero sí, si, era la misma casa. Toqué y toqué muchas veces. Seguía cerrada. Entonces una mano suave y fría se posó en mi hombro. Era Elenor. Estaba en la calle, vestida de blanco. Yo no supe si junto a mi tenía un cuerpo real o era simplemente una burbuja que formaba el agua. Una imagen con el ser muy lejos, lejos, en un pasado remoto. Su voz me pareció un eco. “¿Qué buscas?”, Alonso. “A ti, quería verte la cara, comprobar algo”. “Pasa”. “Sacó una llave vieja, grande, herrumbrosa, y abrió la puerta. Pasamos a un salón iluminado por velas, lleno de muebles antiguos. Me senté en un sillón cuyo espaldar era un gran cisne y los brazos estaban llenos de flores rosas talladas en la madera. Ella estaba frente a mí. Su ropa estaba seca. “¿No venías del agua?” “No” “¿Cómo?” “Te abrí desde adentro” La atmósfera era pesada, densos vapores de incienso y de alcanfor flotaban entre las cortinas escarlatas. Frente a mi estaba un gran óleo con la imagen de Baco, sus pies eran de carnero, y en la frente tenía cuernos. ¿Deliraba aún? ¿El sueño había sido tan alucinatorio que aún me confundía? ¿Ella me había abierto la puerta? Me miraba con ojos acuosos. La bata blanca transparentaba sus senos redondos, perfectos, de pezones vigorosos. Sentí la necesidad de tocarlos y apoderarme de su tibieza. De pronto volví en mí. Era un fraile dominico y en la madrugada estaba visitando a una mujer casi desnuda. Debía irme. Me iba a levantar, pero su mano palpitante me detuvo. Me puse nervioso. “¿Y tu tienda de hierbas?” “Acabas de pasar por ella, es la primera recamara”. “¿Cómo? No vi nada” “Sí, allí está”, y señaló una puerta detrás de mi. ¿Acaso aquella casa se transmutaba según los deseos de Elenor? ¿Y a qué había venido? ¿Era este rostro el que vi en mis sueños? Sí, si lo era. ¿Y qué debía hacer? “Me voy”, dije. Me paré. Salí de la casa. Afuera amanecía. Debía irme a dar la misa. Eché una última mirada a la gran puerta. Tenía sellos de la Procuraduría donde se advertía que el lugar estaba clausurado y nadie podía entrar. ¿Tenían razón los hombres que me advirtieron que allí no vivía nadie? No quise pensar más y apreté el paso hacia la parroquia, en pocos minutos debía decir misa.

 

No tuve paz en todo el día. El misterio que rodeaba a Elenor me embargó, pero más preocupante era  el deseo que sentí de tocarla, de hundirme en sus cabellos y aspirar aquel olor de tierra recién mojada. Intenté rezar. No me concentré. Una y otra vez vino su imagen, ora bajo la lluvia, ora en aquella sala de muebles antiguos y vapores densos. ¿Por qué se parecía tanto a la bruja de mis sueños? ¿Y ella, acaso no es  también una  bruja  bajo el camuflaje de vendedora de hierbas? A la hora del crepúsculo me coloqué bajo las luces de los vitrales, junto al altar, y pensando que estaba en lo alto del Monte Sinaí, entoné el Te Deum Laudamus. Te dominum confitemur, aeterna fac cum santis tuis in gloria numerari… Los últimos rayos se perdían, mientras yo glorificaba al Señor. Pronto estuve en tinieblas, a solas con aquellas imágenes que exhalaban su infinito olor a maderas viejas y a incienso de otros siglos. Era un vaho hipnotizante, poderoso. Recordé que el General de Los Dominicos me había dicho que en el sótano del presbiterio había otras imágenes, que si quería usarlas las tomara. Quizás encontraría algún ícono poderoso que me ayudaría a combatir la tentación. Armado de una vela bajé por aquellos escalones que nadie había pisado por muchos años. Vi, tenues en las paredes, las caras de los dioses aztecas, tallados en piedras que los conquistadores habían reutilizado. Tláloc, con su faz de rana, Quetzalcóatl, la serpiente con plumas. Deidades olvidadas, pero quizás ello no las hacía inactivas. Pronto llegué hasta las imágenes que decía el Padre General. Las revisé, no encontré nada extraordinario. Eran Cristos con las espaldas desangradas, o santos de la Orden de Predicadores, varias vírgenes de ojos lacrimosos. Polvo, mucho polvo, murciélagos revoloteando…

 

Encontré un viejo diván, me acomodé en él con la intención de seguir rezando, pero pronto me dormí. Volvieron mis pesadillas con mucha fuerza. Aquella bruja que tiene un rostro como el de Elenor estaba prisionera en una mazmorra de la Inquisición. Yo me acerqué a ella con el crucifijo que terminaba en una punta de lanza. La iba a matar para librar al mundo de sus hechizos. Pero ella empezó a musitar algo con sus labios carnosos. El aire pareció hacerse líquido, a distancia podía sentir el roce de aquella boca, el perfume de aquel aliento. Era una sensación enloquecedora. Uno sólo quería sumergirse en tanta maravilla.  Olvidé lo que tenía que hacer, saqué las llaves y la liberé de sus grilletes. Entonces la bruja empezó a ascender, traspasó la bóveda de piedra como si fuese de mantequilla y se puso al lado de las estrellas, desde allí agitó su mano, y un rayo cayó sobre el potro de las torturas.

 

Desperté. Estaba en el diván. La vela estaba a punto de extinguirse. Sudaba. La atmósfera del sótano era bochornosa. Iba a irme cuando mi mano chocó con un objeto metálico. A primeras instancias me pareció un crucifijo normal, pero cuando acerqué la vela vi con claridad: era la misma arma que yo blandía en mi sueño. Me asusté. Miré a mí alrededor. Era la primera vez en mi vida que me ocurría algo que a todas luces parecía sobrenatural. El crucifijo con terminación en lanza había viajado desde el sueño o desde el pasado a aquel lugar. ¿Era un signo enviado por Dios o por el demonio? Por Dios, no creo que el demonio pueda manipular la imagen de Nuestro Señor sin perecer. Sin duda alguna yo debía usar el arma divina en este siglo. Intuía con quien debía usarlo: con Elenor. Sin embargo, no sentí alegría. Estaba triste. ¿Acaso cumplir con la voluntad del Altísimo no debía llenarme de gozo? No, no me llenaba. Pero haya sido como haya sido, fui subiendo con el arma en mis manos. Me dirigí a mi celda. Era la hora de los maitines y elevé mis plegarias al Señor para que fortaleciera mi mano. No me concentraba en mis oraciones. Mi mente se afanaba en desviarme de mi misión. Tal vez, me dije, el extraño crucifijo era común en tiempos antiguos y por eso también estaba en el sótano. ¿Pero por qué había soñado yo tantas veces con un objeto que no había visto nunca en mi vida? Era algo divino seguramente. ¿Me atrevería a traspasar a Elenor? ¿Y por qué debía traspasarla? ¿Y si todo era una alucinación, una psicosis mía?  No, no mataría a Elenor. No lo haría aunque me lo ordenara el universo entero. ¿Aunque me lo ordenara Dios? No, no. Y pensé que desafiaba al Altísimo y quedaba fuera de su gracia. Sentí, o no sé si lo imaginé, ráfagas de viento en mi rostro. Un vendaval gris que me quería arrastrar a las más profundas simas infernales.

 

II

 

A partir del hallazgo del extraño crucifijo que termina en una punta de lanza no pude conciliar bien el sueño y la ansiedad me hacía temblar, me quitaba la respiración, las manos me sudaban y trataban de asirse a objetos inexistentes. Me introducía a mi celda en busca del sueño y sentía como si las paredes se me quisieran echar encima. Escapaba al patio del convento, allí me tendía bajo la frescura de los naranjos en busca de alivio, pero mis músculos estaban crispados y sentía dolores y calambres en todo el cuerpo. La piel y los ojos, de tanto insomnio, me ardían. Daba la misa con aquel terrible malestar, con la cabeza pesada, en la que revoloteaban multitud de mariposas de plomo.

Un día al bajar del púlpito me desmayé. Aquellas viejas enclenques me pararon y me echaron agua sobre el rostro. Pedí unas disculpas ininteligibles y me refugié en la sacristía. Decidí que tenía que ver a Elenor, y entre los dos dilucidar cual era el problema. Eso, por primera vez en varios días, me dio algo de tranquilidad y me quedé dormido. No desperté a la hora siguiente, ni al mediodía… Seguía durmiendo. A las cinco de la tarde abrí los ojos. Estaba repuesto, vigorizado, el estado de alteración nerviosa había cedido. No veía sombras ni peligros a cada paso. Decidí buscar a Elenor. La tarde caía apacible. Caminé por las calles regocijándome con el sol. Pasé el mayorazgo de los Aispuro, luego el palacio de los condes de San Berenice y Calimaya, ahora en un estado de abandono deplorable. En sus muros hay varios signos alquímicos, no me explico como la Inquisición permitió tal desfachatez. No lo sé, no lo sé… pero las casas coloniales se seguían sucediendo, cada vez más ruinosas, sucias y pestilentes, pues en muchas vivían decenas de familias pobres. Esa extraña sensación del sudor y la podredumbre mezcladas con la opulencia del pasado. Y así llegué a un viejo café, frente al cual debía encontrarse la casa de Elenor. Pero no estaba, allí sólo había un solar yermo, donde algunas paredes se levantaban solitarias. ¿Cómo? ¿En tan pocos días se había caído aquella casa? ¿Y ahora cómo encontraba a Elenor? Le pregunté a los meseros del café qué había sucedido, pero ellos me dijeron que nada, que hacía muchos años aquel lugar estaba así. No recordaban ninguna casa ni ninguna tienda de hierbas medicinales. Les insistí varias veces. Yo estaba seguro de que la casa de Elenor estaba allí. Ellos siempre lo negaron. Me empezaba a invadir la angustia. Sentí que algo me faltaba dentro de las venas. Ya no estaba completo, no lo estaría mientras no viera a aquella mujer tan hermosa. Pero no la vería, no la vería, había desaparecido todo rastro de ella.

 

En el cielo se agolpaban unas negras nubes, cargadas de agua y granizo. Comenzó a relampaguear. Entonces los meseros, quizás por pura compasión, me dijeron que cerca de allí, a dos cuadras, habían visto una tienda de hierbas medicinales, pero ignoraban quien la atendía. Yo los dejé con la palabra en la boca y empecé a caminar hacía donde me indicaron. El aguacero se desató. El aire parecía licuarse. El mundo era una vasta extensión neblinosa y gris donde el agua conversaba con voces antiguas. Mis hábitos de dominico estaban empapados, el viento los hacía aletear, y el granizo me pegaba en la cara. Miraba la fachada de las casas en busca de la tienda de hierbas. Entre las viejas piedras de tezontle creí ver rostros desdentados, pero tal vez era una ilusión provocada por  los relieves que adornaban las fachadas barrocas. Llegué al lugar donde supuestamente debía estar la tienda de Elenor, pero era un burdel. Las prostitutas, bajo paraguas, enseñando sus carnes y su alma ponzoñosa, me hicieron señas inmorales. Ellas eran parte de aquella blandura, de aquella sensación líquida que se había apoderado del mundo. Sólo existían, bajo el agua, los instintos más primarios. Detrás de las gotas, bajo los paraguas negros, aquellas mujeres me enseñaban sus pechos de pezones gruesos. Y yo quise tocarlos. Los rocé con mis dedos. Entonces relampagueó. Un rayó cruzó el cielo. Salté hacia atrás. El demonio me había tenido en sus garras. Huí de aquel burdel.

La lluvia seguía azotándome. Yo había perdido el rumbo. Vagaba bajo el aguacero tiritando de frío. Nuevos truenos iluminaron la calle. Quería regresar a la iglesia, pero no encontraba el camino. Por fin caí junto a la fachada de una vieja casa. Bajo la presión de mi cuerpo la pared empezó a ceder. Me volví aterrado, pero no, no era la pared, era una puerta de madera apolillada. Se abrió totalmente. De adentro llegó un vaho de viejos arcones llenos de ropa antigua. Algún animal corrió a esconderse. Entré para refugiarme de la tremenda granizada. Prendí una pequeña linterna. Estaba en un gran salón con techo de vigas. De la oscuridad, como despertados de un largo sueño, iban surgiendo los muebles. Había unos sillones estilo napoleónico. Los brazos tenían un color dorado desvaído, muy viejo, y los forros estaban decorados con parejas de amantes en un columpio. Pasé mis dedos. Estaban llenos de polvo. Allí hacía muchos años que nadie se sentaba. En la pared descubrí un gran lienzo con la figura de una mujer vestida de manera elegante, quizás con ropas del siglo XVIII o XIX. Tenía un collar de perlas y las telarañas y el polvo impedían ver su rostro.

 

Sonó un clavecín. Las notas se desgranaban desde algún piso superior. Era una ejecución virtuosa. La casa no estaba vacía. Se me ocurrió que debía huir. Di media vuelta, pero no vi puerta alguna. ¡Dios mío, qué trampa era aquella! El clavecín, como un río, lanzaba sus notas sobre las columnas, sobre las vigas, sobre los muebles, sobre los jarrones y las alfombras. Debía encontrar la salida, pero en toda la pared, que yo sentí muy larga, muy larga, no vi ninguna puerta. Intentaba rezar, pedir la ayuda divina, pero no lo lograba. Aquel era el palacio del mal. Deambulé y deambulé. El clavecín, interpretando a Bach, me perseguía. Quizás al cabo de media hora encontré una escalera. Mis manos se hundieron en el polvo de sus barandales. La cubría una alfombra vieja, hecha pedazos. Sobre los trozos de tela había esqueletos de ratas y murciélagos. Empecé a subir, se me ocurrió que en la parte superior podría haber una ventana por la cual descolgarme.

 

Llegué al final de la escalera. Me esperaba un raro espectáculo. Iluminado por una luz dorada se ofrecía ante mí un largo pasillo donde había varias puertas altas y cerradas. Al final la luz era más fuerte y se vislumbraba una figura inclinada sobre el clavecín. Pedí a Dios que me ayudara a huir. Pero yo había perdido el control de mis pasos. Era una mujer, se aplicaba al teclado, y de él salía un clave bien temperado. Cada nota creaba un universo paralelo, un mundo mágico donde el espacio y el tiempo eran otros. Vi sus manos correr sobre el teclado.  Cada movimiento era un conjuro, una ola en un lago o el vuelo de un búho… Toqué los hombros, suaves, con una tersura semejante a la de aquellas venus de Botticelli. Olía a hierba recién cortada. Hundí mis manos en sus cabellos. Ella se fue incorporando. Traía un vestido vaporoso, casi transparente. El clavecín ahora tocaba solo. Había iniciado un preludio barroco. Enfrente vi un espejo. En él se reflejaba la imagen de Elenor. Y sí, si era igual a aquella hechicera, hija del maligno, que se me aparecía en mis sueños. Debía matarla. La apreté contra mí y ella gimió. El clavecín seguía tocando solo. No sabía si lo que salía de la garganta de Elenor era música o leves quejidos. Eran sonoridades húmedas, tibias, y las aspiré con mi boca. Debía matarla, sí, debía. Y entonces cayó su vestido y vi ante mí sus senos esplendidos, de una blancura impoluta. Eran sólidos, medianos, parados, arrietes demoniacos que pretendían vencerme. Retrocedí. Pero el cuerpo de ella siguió adherido a mí. Mi espalda empujó una de las puertas. Caímos en una recamara vieja con cortinas carmesíes en las paredes. Una cama alta, con dosel, permanecía tendida con ricas sábanas. En algún lugar tocaba una orquesta de cámara. Unidos, cuerpo contra cuerpo, seguimos rodando, pasamos por una infinidad de aposentos. En algunos había gente. Hombres con frac y sombrero de copa. Mujeres con vestidos con una amplia campana abajo. Usaban collares de perlas y estolas. La orquesta seguía tocando, quizás algo de Mozart. Nosotros rodamos a una última recamara con tapices en los cuales damas y caballeros, plasmados en su desnudez,  participaban en la cacería de un macho cabrío. Y entonces me di cuenta de que yo también estaba desnudo, y aquella mujer, Elenor, serpenteaba sobre mi cuerpo provocándome a la lascivia. Planee estrangularla, ella era la bruja que yo había perseguido durante siglos, en diversas épocas. Puse mis manos en su cuello, y se lo acaricié, bajando a los senos, a su vientre… Ella se retorcía. Soltaba humo por la boca como un gran dragón. Empezó a cabalgar sobre mi miembro y vi que le salían cuernos en la cabeza, y sobre estos fructificaban flores visitadas por abejas y pájaros. Extraía hasta la última savia de mi cuerpo. Sentí un torbellino en mi sangre. Las cosas giraron alrededor de mí. Una mujer se presentó como la Duquesa D’Orsay. Traía un corazón sangrante en la mano izquierda y con la derecha sostenía un paraguas. Sobre este llovía copiosamente. Ya no vi más a Elenor. Sentí que algo me faltaba adentro, quizás la sangre. Luces multicolores danzaban frente a mis pupilas. La duquesa D’Orsay también desapareció. La lluvia mojaba mi cuerpo. Entonces miré a ambos lados y vi que estaba en la calle, frente a un caserón antiguo, con trazas de estar deshabitado. Era el mismo al que había llegado… ¿media hora atrás? ¿Una hora? No sabía. Sin embargo, al parecer eran reales los sucesos que había vivido, pues yo  estaba desnudo. Con mis ropas sacerdotales se había quedado aquella pecadora que me indujo al acto carnal.

 

El viento aullaba en las esquinas y los aleros, mandaba vendavales de agua contra mi cuerpo desnudo. El frío me hacía temblar. Caminé. Ríos y arroyuelos se enroscaban en mis pies queriendo derribarme. El mundo parecía caerse en pedazos. Vi pájaros verdes que volaban sobre mi cabeza; un viejo cuervo, de aspecto vetusto, estaba en una acera pasando el aguacero. Por sus alas se escurrían ríos y chorros. Era un poco calvo, quizás por la edad. Yo temblaba, tiritaba…así seguí avanzando. ¿Y si ya estaba en el infierno? Tal vez mi castigo era aquella agua constante, para apagar el calor de la carne, a causa del cual había pecado.  Un mundo frío, cuyas paredes eran tan líquidas como la lluvia interminable. Toqué un muro… pero no, no… si era real, tenía consistencia. ¿Y donde estaba la parroquia? Bajo aquel vendaval todo me parecía igual. Había caminado quizás dos cuadras, cuando vi a un hombre con un organillo. La lluvia resbalaba sobre su gorra. Insistente le daba vueltas a la manigueta y salía una música nostálgica y repetitiva. Me acerqué a él. ¿Cómo abordarlo? ¿Cómo explicar la desnudez? No hizo falta. Él se dirigió a mí. “Padre Alonso… ¿qué hace usted por aquí?” “Busco la parroquia, hijo” “Acaban de pasar cinco hombres desnudos antes que usted”, dijo el organillero. “¿Me puedes llevar a la iglesia? ¿Sabes dónde está?”. El organillero echó a andar y yo lo seguí. En el cielo no dejaba de relampaguear. En una alcantarilla abierta el agua se precipitaba con crujido de cataratas. “Es tiempo de cuervos”, comentó el organillero y escupió al aire. Al cabo de algunos minutos estuvimos frente a la parroquia, pero con tan mala suerte que las llaves habían quedado en mi sotana. “No se preocupe, padre; cuando el organillo no da mucho, asalto casas”. Y entonces el hombre, sacando la manigueta de la caja de música, la aplicó a la cerradura, y la abrió. “La bendición, padre”. “Dios te bendiga, hijo”, le dije.

 

Pasé temblando al interior de la iglesia. Pronto mi cuerpo estuvo seco. Entonces sentí un cansancio enorme. Aquella lucha entre mi espíritu y mi carne parecía haberme extenuado al extremo. Era evidente que el maligno trabajaba en los goznes de la realidad. Transfiguraba y mentía como era su costumbre. Abría y cerraba fingidas claraboyas. Mostraba paisajes inexistentes. Yo había caído en sus redes. Había pecado con aquella mujer (qué duda quedaba ahora) que era  servidora de Lucifer. Y lo peor, sabía que no tendría fuerzas para levantar mi mano contra Elenor. La deseaba con ardor. Su rostro era para mí como el de un ángel. Estaba a punto de enloquecer.

 

Renqueando me encaminaba a mi celda. Mis ojos vagaban sin rumbo. Mi vieja mesa me pareció extraña, como si viniera de otro mundo. Los libros de teología, acaso, contenían disparates. Todo me parecía proveniente de un plano demencial. Vi el instrumento de la penitencia. El látigo. Aquel rebenque que antaño usaban los traficantes de esclavos. El gato de las siete colas, le llamaban, porque terminaba en siete filamentos de cuero con una bolita de plomo cada uno. Mi mano, incierta, lo tomó, y me di el primer latigazo con temor. El calor de las entrañas de Elenor estaba en mi mente. Dolor, dolor, necesitaba dolor para extirpar aquel recuerdo. Y valentía. Y entonces, otros latigazos, los fragmentos de plomo me arrancaron pedacitos de piel. La sangre corrió. Sentí una gran euforia. Otros latigazos, más, más… aquel dolor era insoportable. Mi sangre salpicó las paredes.  Me mojé las manos en ella, y, entonces, pensé que era una sangre que le ofrendaba a Elenor. Y su color rojo brillante me impulsó a desear más y más a la bruja. Mi combate con el diablo era terrible. Me enfurecí. Me golpeaba y golpeaba. Era mucha la sangre. Entré en un estado en que ya no tenía pensamientos, sino imágenes inconexas, una prima a la que espiaba en mi adolescencia, una revista pornográfica con la que me masturbaba, imágenes de gente con la cabeza destrozada a tiros. Creo que la sangre corría por todo mi cuerpo. No podía vencer al demonio. Estaba condenado. Me puse mi hábito blanco de dominico, pronto la sangre lo llenó de grandes manchones rojos. Mi carne, abierta, rozaba la tela. Me estremecía. Como un torturado. Salí al patio del convento.

 

Iba a sentarme entre los naranjos a terminar de desangrarme cuando vi un bulto en una de las bancas. Al aproximarme distinguí a Eudoxia, una anciana de la iglesia que ya apenas distinguía lo real de lo imaginario, el recuerdo y los hechos presentes. “Padre, lo he estado esperando toda la noche”. “¿Cómo entró aquí? Todo estaba cerrado”.  Eudoxia pasó su mano arrugada por mi hábito ensangrentado. La sangre inundó sus uñas semejantes a las de un cuervo. “No sé padre, empecé a caminar, y de pronto estaba aquí”. “¿Y qué quiere?” “Mire, tengo esta serpiente”. Y entonces Eudoxia mostró un largo animal verdoso que se contorsionaba en sus hombros y envolvía su cintura. En la cabeza tenía una mancha violeta en forma de diamante. Me persigné ante la malvada presencia. “Mátela, padre. Yo no me atrevo. Me molesta en mi casa. Antes era mi mascota, pero ya no la quiero, come mucho”. Me volví a persignar. Unas gotas de sangre cayeron de mi cuerpo y mojaron al reptil. La serpiente se relamió. Absorbía mi sangre con gusto. Era un ser malvado. Por algo la habían traído hasta mí. En medio de tantas tinieblas el Divino Salvador proporcionaba la sanidad. Distinguí, si, distinguí muy bien la señal. Me enviaban desde el cielo una última oportunidad de lavar mi culpa. “Espere”, le dije a Eudoxia. En unos momentos regresé con mi cruz en forma de lanza. La clavaría en la cabeza del reptil y todo acabaría. Mi sangre empezaba a coagularse, sentía como si un caparazón duro cubriera mi cuerpo. Las telas del hábito estaban tiesas. La serpiente alzó su cabeza. Me miraba, y sus ojos eran los de Elenor. “Bruja”, le dije. Sacó su lengua bífida y se relamió la boca. Alcé mi cruz, pero no pude descargar el golpe. Los ojos eran muy hermosos. El animal se retorcía alrededor del cuello de la anciana.

La voz de Eudoxia cambió. Se tornó varonil, ronca. Era la voz del padre Álvaro, aquel a quien yo seguía en mis sueños. “Hermano, la bruja te tiene poseído, debemos rezar”. Entonces, acompañado de la vieja Eudoxia, y de la serpiente, que permanecía enroscada en su cuello, nos fuimos a mi celda. Eudoxia puso al réptil en una esquina y lo amarró a la pata de la cama con su rebozo. Entonamos una serie de responsos en latín. Eran antiguos, de aquellas épocas en las que yo seguía a Álvaro, ¿a través de las selvas de Alemania?, en busca de brujas a las cuales quemar. A medida que progresaban nuestras jaculatorias la vieja Eudoxia vivía una extraña transformación. Su cuerpo se tornaba vigoroso, la boca se le llenó de dientes, y ante mí apareció el padre Álvaro, que con mirada fiera me decía: “He tenido que cruzar muchos siglos para llegar aquí, pusilánime” Y entonces agarró mi cruz en forma de lanceta y la clavó en la cabeza de la serpiente, que se retorcía, agonizaba, y finalmente murió. Álvaro volvió a transformarse en la vieja Eudoxia, envolvió al réptil en su rebozo, y me pidió que le abriera la puerta de la calle. Se marchó (¿Eudoxia o Álvaro?) encorvada y murmurando cosas ininteligibles.

 

Amanecía. En pocos minutos debía dar la misa. Mis heridas, mi cuerpo lacerado, quizás empezaba a infectarse. Tenía fiebre. Con las pocas fuerzas que me quedaban caminé hasta el púlpito. Los feligreses, al verme bañado en sangre, huyeron. Yo ejercí todos los rituales en soledad. Luego renqueando regresé a mi celda.

 

Pasan los días. No he buscado ayuda médica. La fiebre viene en oleadas, luego me abandona, regresa. No como nada. No sé si la vieja Eudoxia traía una serpiente o no. No sé si alguna vez seguí al padre Álvaro en alguna misión. No sé quien soy. La imagen de Elenor viene con gran frecuencia. Tampoco sé quien es ella. Estoy muy débil para pensar en qué es realidad y qué no. Creo que si tuviera fuerzas volvería a buscar su casa. Probablemente ya estoy en el infierno y no me he dado cuenta. Cada vez estoy más débil, es mayor la fiebre. Apesto de tantas heridas abiertas…

 

© All rights reserved Roger Vilar
Roger Daniel Vilar Fernández nació en Holguín, Cuba, en 1968. Firma todos sus libros sólo con el primer nombre y el primer apellido: Roger Vilar. Escritor y periodista. Desde 1993 reside en México. En 1998 se naturalizó mexicano. En Cuba publicó los libros de cuentos “Corceles en la pradera”, 1986, y “Aguas de la noche”, 1988, y “La noche del reportero”, en 2014. También fue incluido en dos antologías de la editorial Letras Cubanas: “Los últimos serán los primeros”, 1990, y “Anuario de narrativa”, 1993. En México fue incluido en la antología “Martirologios del siglo: homenaje al Marqués de Sade”, publicado por la UAM en 2000. En México ha publicado los libros “La era del dragón”, cuentos, Edamex, 1998; “Brujas”, cuentos, Sediento Ediciones, 2013; “Habitantes de la noche”, premio de novela de la Editorial de Otro Tipo, 2014; y “Agustina y los gatos”, novela, Casa Editorial Abismos, 2014. Su novela “Una oscura pasión por mamá”, salió editada por De Otro Tipo, el pasado mes de septiembre de 2016. “Reino de dragones” es su más reciente volumen de cuentos, y fue publicado en febrero de 2017 por Ediciones periféricas.

Su carrera en el periodismo mexicano ya abarca 22 años, y ha trabajado en los medios más importantes: Tv Azteca, Televisa, Periódico Reforma, Readers Digest México, Milenio Diario, Milenio Televisión, Revista Horizontum, especializada en economía, finanzas y cultura, de circulación nacional. En estos medios ha sido reportero, jefe de redacción, jefe de información, y actualmente director editorial de la revista Horizontum.

 

THE INQUISITOR*

 

 

I

 

I closed the door of the church. All the street noises shut down behind it: car engines, loud street vendors, women walking on miniskirts arousing lavishing desires, females who look frenetically for an occasion of sin… Behind the door remained that poor world governed by the master of darkness who tries to keep us from the glory of Our Lord Jesus Christ. But I, Friar Alonso de Zumarraga, had promised myself to resist. I had planned to stay true to the Faith without taking one step away from it at any moment. I thought I had a mission. What was it? I wasn’t sure, but that thought possessed me. I believed I was in that parish, in that neighborhood, because of some mysterious reason. This is an old Dominican convent. Older friars had already died and there aren’t new vocations. During matins, I was the only friar reeling off a rosary expecting every word to take me to a contemplative state. My mission? It was just a hunch, but a strong one, a powerful one… My mission? I expected the Holy Ghost would reveal it to me in time. Meanwhile, day after day, I said morning Mass at seven. Only half-deaf old spinsters crippled with arthritis would hear it. They came to church pushed by habit, not by faith.

They used to leave after Mass among chit-chat and good-byes. I took off my church vestments and kept my cloth from the Order of Preachers. I felt like flying in its folds. Ever since I was a kid I was attracted to the cloth of Dominican friars as they said Mass. I looked at the mirror hoping to see sanctity, but I only saw the face of a man who wanted to sow the Word of God in a wasteland. The sacristy was quiet. Dust fell from the ribbed vault. A dust formed perhaps three, four or even five centuries ago, when the first priests came to the Americas to fight idolatry. The morning sun entered through a high skylight and hit the face of a Christ from the colonial period. His back was bloody. His face expressed endless pain, the suffering for the sins of the Humanity He came to save. I kneeled in front of Him and asked Him to make my life an instrument to share the divine suffering. I was alone, alone against everything. But no, I was not all alone. I had Christ, yet He did not reveal Himself to me. Or was it the revelation I expected in the strange dreams I was having? As soon as I fell asleep, this illuminated world full of machines and computers became a forest of shadows. A few brothers from the Order of Preachers and myself marched through the dark forest. We had brought some water and a little food. Night was falling upon us, wolves howled. The friar leading us, Alvaro de la Cruz, lighted a torch. We kept walking. Trees were huge and old; they seemed to moan, to talk, and to tell stories of treachery and old loves. The melody of Pan’s flute still dwelled in those old trails in the forest. Pan: the old god agitated by the chaos of the forces of the flesh.

Friar Alvaro shook the torch as if it was a sword every time amorphous shadows came close to us.  We could only see their huge tusks eager to tear our flesh apart. There was something evil in the air. We, the seven friars, came closer together. I held a strange-looking cross in my hands. The longer bar ended in the tip of a spear. The Crucified was in the middle. More than an instrument for devotion, it looked like a weapon. Or rather, it was actually a symbol that merged submission to Christ with war in His name. Blood and prayer all in the same piece of metal.

I held it with a firm grip. The trail was getting narrower to the point we were practically moving forward in a ditch among bushes. I could smell the herbs, the sleeping flowers. We heard a distant singing. It was women’s voices, soft and intoxicating as wine. Friar Alvaro told us to walk quietly and to make as little noise as possible. He put out the torch. The wind howled fearfully in the trees. The feminine voices reached us with more clarity. We could see a dim glow. It grew brighter as we moved forward. We reached the edge of a forest clearing and we saw dozens of women dancing naked inside a circle of big rocks. At the center of it, there was a bonfire. The rocks had the carving of an eye with six pupils. We were stunned. They were witches worshiping Satan. We were supposed to get out of hiding, get them, and take them to the Inquisition’s dungeons, but we were frozen. We could only watch the beauty of their dance and listen to the sweetness of their singing. We could have stayed like that for all eternity.

Those images, or other of the same kind, were my dreams night after night. I woke up sweating, my heart pounding in my chest. Concupiscence was overwhelming. Those women had aroused it and, in my waking hours, I wanted those female bodies of my dreams next to me. Delicate and soft, like butter you could cut through with a knife. It always happened around three or four in the morning. I got out of bed. I needed to mortify my body to overcome lust. I took cold showers, but even the freezing water excited the fire in me. I ran, I sang in the middle of the courtyard of the convent. I cried for divine assistance, but defeat always came and I ended up masturbating under 16th century frescoes where Saint Anthony was besieged by a multitude of demons in the middle of the desert. I loathed myself. By then, it was five in the morning already. I felt melancholic from the night, but still I prepared to say the prime hour prayers, so dawn could find me worshiping the Almighty, but above all things, repenting from my lust. By seven, with my church vestments, I said Mass to a few old ladies and a couple lost souls.

This was how I used to spend my days since I arrived to this church in a convent downtown Mexico City. Agitation never left me. I battled constantly against the sin inside me, so the grace of Christ could shine upon my weak flesh. I was committed to increase my flock and to go out and spread the Gospel. I started in my own street. Correo Mayor Street was filled with street vendors. I tried to talk them into coming to church. They said they would when they had to baptize their kids or make them take the First Communion. They only fulfilled the prescribed sacraments, but the love of God did not penetrate their hearts and faith did not move them. Some of them listened to me. Some just turned their heads and kept screaming the names of their products. It didn’t matter. I didn’t lose heart. One time, as I carried out my evangelizing duty, I walked farther away than usual. Street vendors were scarce. A little store caught my eye; a sign outside announced healing magic herbs for sale. “Magic”, a word preferred by pagans to cunningly jump into the worshiping of the Enemy. I entered. There was a powerful scent of sage, rue, oleander, and chicory. The counter was wooden, old, and in need of a paint job. The wall was covered by small shelves with merchandise. I also saw handfuls of dirt and healing stones. Mixed among the old porcelain jars, similar to those of old-fashioned apothecaries, I caught a glimpse of several books of witchcraft. There were the “Grimoire of St. Cyprian”, the “Book of Sacred Magic of Abramelin the Mage”, “The Black Hen”, and the “Grand Grimoire”, by King Solomon, or rather, attributed to King Solomon, since it is unthinkable that the holy monarch had devoted himself to such craft.

I also saw the leather covers with titles in gothic characters of the “Secret Grimoire of Turiel”, and the very rare “Galdrabok”, the Iceland grimoire from the 16th century. It is a unique volume that contains the runes Nordic people used for summoning the dark forces, Midgar, the Great Serpent, mother of all witchcraft. Without its permission, it is impossible to operate effectively in the world of the spirits.

A black cat of silky fur snuggled up at the top of a shelf. In the back of the room there was a great collection of cages with all kinds of birds: ravens, blackbirds, hawks, and an owl. All for sale, but no one to sell it. “Hello”, said I. “Hello, is anybody there?” Silence. A spider came out from behind the jars and walked to the paneled wood ceiling. I hear squeaks, perhaps rats, coming from the back of the room. There was a door that led to a long hallway with columns and an inner courtyard. Ground-ivy filled the air with its pungent scent. It creeped the shaft of the columns and went all the way up to the capitals. There was an osier chair and a young woman in white was sitting there. The sun coming in from the courtyard bathed her face. It was a weightless, ethereal visage. It was almost as if she was not in front of me, but rather flowing from another time and as if this transmission was suffering from interference. “Sit down”, she told me, pointing to another osier chair. I didn’t know what to do. Suddenly I was afraid of being impolite and I abode. I was spreading the Gospel. How could I introduce the subject in our conversation? She looked at me attentively. “What do you want from the store? I can see you haven’t slept well. Valerian root is great for sleeping problems. Do you have nightmares? Are you haunted?” Such accuracy disturbed me, but still I replied, “I am Alonso de Zumarraga, priest, and I came to invite you to my church, so you can hear Mass”. “Thanks, father, but I can’t. I am a pagan. I worship the forces of nature, the Great Pan. You, father, should take better care of your own nature. By the way, my name is Elenor”. She presented her hand. It was delicate. I imagined a minute ago she must had been weaving golden threads. I remained bedazzled for a few seconds. I imagined those fingers touching my face. Then I got up. “I will take my leave. I have to say the five o’clock Mass very soon”. “I can walk you out”, she said. We passed through the store and all its smells, the chirps and cries from the birds; the store was also a kind of magic library where books taught to summon powers from other worlds. “You can come anytime, Alonso. Can I call you Alonso?”, “Yes, sure”, “Well, then, you can come whenever you want, Alonso. I will be waiting for you.” There was perfume in her breath. Her body exhaled the fairness of superior souls. I left and the door closed behind me. It was only four and half in the evening. Why was she closing the store so early? I looked at the façade. It was a total ruin. It looked like a building from the 16th century, one of the very first edifices the Spanish conquistadores built. It had two floors and a watchtower above them. Window glasses accumulated dust and spider webs. I thought it looked like an abandoned house. But it was not. At least that woman lived there. Elenor.

Meeting Elenor changed me. Her face never left my mind. She was like an emanation of nature itself. At any given moment, her skin could be made of leaves and her feet could dig deep into the dirt as if they were roots. And her fragrance. I could not forget her fragrant skin. It was a scent that made me close my eyes and think in endless forests running into mountains and disappearing into a horizon of mist and electric storms. Elenor was something like the wonder of earth.

Many times I was tempted to go back to her store and talk to her. I resisted. I knew I could fall easily into her trap, since just like any other woman, she spun webs for men. And a man like me, a man looking for holiness, must avoid every temptation. Despite all my precautions, the Evil One kept coming for me. Now my dreams were even more vivid. The scenes where I was walking through a forest with a group of friars came back with unexpected strength. Over and over, we arrived to the forest clearing where the group of women danced and sang. Friar Alvaro ordered us to slaughter them. We charged and chased them inside the circle of rocks. I cornered the queen of the witches and when she was in front of me I realized her face was Elenor’s. I wielded my sharpened cross to kill her, but I couldn’t deliver the blow. The sweetness of her face filled me. The other friars gored women. Soon, the ground was covered with blood. But the queen soared above us. Her hair flowed in the wind, like a lion’s mane. She danced above the treetops. She summoned the clouds. Rain and hail fell upon our heads. We ran through the forest. Friar Alvaro led us into a cave. We entered. “You poor devil”, he said to me, “How could you let the queen of all witches escape?”, “I couldn’t kill her!” I answered. Friar Alvaro was furious. He stood up and told me “I curse you! You will chase her through swamps and rivers, through the desert and the jungle, through time and through eternity. This will be your curse: your soul will not rest until you kill her!” A flash of light filled the cave. The storm outside was deafening. All the friars left using a secret path inside the cave. They left me all alone. I will be forever alone. Alone with my curse. Where would that witch be? I walked into the rain in the middle of the forest. I was drenched from head to toes.

The Queen Witch was still in the sky, naked, moving left and right, making rain and hail fall. I contemplated her in ecstasy. She was the most beautiful thing I had ever seen. I wanted to reach her, but I woke up in my bed covered in sweat. It was almost dawn. A downpour was falling all over Mexico City. Water ran from the roof and through the gutters, finding its way to the cisterns deep into the foundations of this old church.

The rain was hitting the old windows. The walls started to exhale an old odor. It smelled like half-rotted wood and clothes stored for centuries inside a chest. I ran to the street, to Elenor’s house. I had to find out if she was the witch from my dreams, the one I was ordered to kill.

I arrived to Elenor’s house. I banged loudly on the door several times but nobody answered. The heavy rain continued. A group of men were walking down the street. “Excuse me, sir, but nobody lives there”, one of them said to me, “That house has been abandoned for years. You won’t get an answer”, he claimed and then they kept on walking. I looked again at the façade to be sure I wasn’t in front of the wrong building, but it was the same house I remembered. I knocked on that door over and over. Nobody answered. Then a soft and cold hand touched my shoulder. It was Elenor. She was in the middle of the street, dressed in white. I was not sure if there was a real body next to me or just a bubble formed by the rain with the image of a real body that was far away in a remote past. Her voice sounded like an echo. “What are you looking for Alonso?”, “You. I needed to see your face and verify something”. “Come in”. She produced an old key, big and rusty, and she opened the door. We entered a hall illuminated by candle light and with old furniture. I sat down in an armchair with a big swan in the back. The arms where wooden and carved with roses. She was in front of me. Her clothes were dry. “Weren’t you out in the rain?” “No” “How come then…?” “I opened the door from the inside”. The atmosphere in the room was thick. Burning incense and camphor vapors floated by the scarlet drapes. In front of me, I could see a large oil painting of Bacchus. His feet were ram hooves and a pair of horns crowned his head. Was I hallucinating still? Had the dream been so powerful that I was still confounded? Had she even opened the door? She was looking at me with misty eyes. Her white robe was almost transparent. I could see her perfect round breasts and her perky nipples. I wanted to touch them and make their warmth mine, but I came back to my senses. I was a Dominican friar visiting a half-naked woman just hours before dawn. I must leave. I was about to get up, but her urgent hand stopped me. I got nervous. “What happened to your herb store?” I asked, “You just passed it; it is the first room” “Really? I didn’t see anything” “It is there”, she said, pointing towards a door behind me. Did that house transmute according to Elenor’s wishes? What was I doing there? Was that the face I kept seeing in my dreams? If it was, what should I do? “I am leaving now”, I said. I got up and left the house. The sun was rising outside. I had to say Mass. I looked one las time at the big door. It was covered by the official seals of foreclosure, prohibiting all entry. Were the men right when they told me nobody lived there? I didn’t want to think anymore and rushed towards my church. In a few minutes, I had to say Mass.

I could not find peace all day long. Elenor’s mystery possessed me, but I was even more anguished by the worrying desire of touching her body, sinking my face in her hair and breathing in that smell of wet dirt. I tried to pray. I couldn’t focus. Her image kept coming to me… under the rain… in that room with old furniture and thick atmosphere. Why did she look so much like the witch from my dreams? Was she a witch disguised as an herb seller? By dusk I found my place under the light coming through the stained glass by the altar. I pictured myself atop the Mount Sinai and sang Te Deum Laudamus. Te dominum confitemur, aeterna fac cum santis tuis in gloria numerari… The last sunrays dimmed out as I glorified the Lord. Soon I found myself alone in the dark, accompanied by the images of saints and their eternal smell of old wood and incense from centuries ago. It was a mesmerizing and powerful scent. I remembered the Master of the Dominicans had told me that in the basement of the presbytery I could find more sacred images to use them if I needed. Perhaps among them I would find a powerful icon that would help me fight temptation. Armed with a candle, I descended through a narrow stairs nobody had used in many years. I saw the faces of the Aztec gods fading away in the stone the conquistadores had used as spolia to build those walls. Tlaloc and his frog face. Quetzalcoatl, the feathered serpent. Forgotten gods, but maybe not entirely inactive. I found the images the Master had mentioned, but I did not find anything out of the ordinary. They were Christs with bloody backs, or saints from the Order of Preachers, Virgins with crying eyes. Dust, a lot of dust, and bats fluttering about…

I found and old couch. I laid on it to keep on praying, but I fell asleep. My nightmares came back with all their power. The witch with Elenor’s face was being held prisoner in an Inquisition dungeon. I approached her holding the crucifix with the spear tip at the end. I was about to kill her to free the world from her spells, but she started uttering inaudible words from her soft full lips. The air seemed to liquefy. I could feel the soft touch of that mouth and even smell her perfumed breath from paces away. It was a maddening sensation. I just wanted to get lost in such a wonder. I forgot what I had to do. I took the keys and freed her from her shackles. Then the witch ascended, she passed through the stone vault as if it was butter, and found her place next to the stars. From there, she waved her hand a ray fell on the Inquisition rack.

I woke up. I was on the couch. The candle was almost consumed and I was sweating. The atmosphere in the basement was asphyxiating. I was about to leave when my hand hit a metal object. At first, I thought it was an ordinary crucifix, but when I brought the candle closer I saw it clearly: it was the same weapon I wielded in my dreams. I was frightened. I looked around. It was the first time in my life something apparently supernatural happened to me. The spear-crucifix had traveled from my dreams or from an unknown past to that place. Was it a signal sent by God or by the Devil? By God, for sure. I do not believe the Devil can manipulate the image of Our Lord without perishing in the act. There wasn’t any doubt about it anymore: I had to use the divine weapon in this century. I knew I had to use it against Elenor. However, I was not joyful, but rather sad. Shouldn’t obeying God’s Will fill me with joy? No, it didn’t. But no matter what, I climbed the stairs with the weapon in my hands. I walked to my cell. The hour was matins and I prayed so the Lord gave my hand strength. I couldn’t focus on my prayers. My mind was trying to drive me away from my mission. Maybe, I said to myself, the strange-looking crucifix was a common instrument in bygone days and that is why it was stored away in the basement. But then, why had I dreamt so many times with an object I had never seen? It was God’s work undoubtedly. Would I dare slaying Elenor? Why should I? What if it was all a hallucination or some sort of psychosis? No, I wouldn’t kill Elenor, not even if the whole universe commanded me to kill her. Even if God Himself commanded me? No, no, no. I thought I was defying the Almighty and falling from His grace. I felt, or imagined, a strong wind on my face, a gray gale that was dragging me into the depths of Hell.

 

II

 

I couldn’t sleep since I discovered the spear-crucifix. I was shaking with anxiety all the time. I was short of breath. My hands sweated as I reached for objects that did not exist. As I tried to sleep inside my cell, I felt the walls closing around me. So, I got the habit of escaping to the courtyard and laying under the refreshing orange trees. I looked for relief under their freshness, but my muscles were tight and my body ached with cramps. My skin and my eyes were burning from sleep deprivation. I said Mass for many days in that awful state, my head heavy with lead butterflies fluttering inside.

One day I fainted as I was coming down the pulpit. The feeble old women helped me regain my feet and they threw water on my face. I mumbled an apology and hid in the sacristy. I decided I had to see Elenor; between the two of us, we must decipher what the problem was. That thought made me experience some tranquility for the first time in many days and I fell asleep. I did not wake up within the next hour, not even at noon. I kept on sleeping. At five in the evening I opened my eyes. I was fresh, strengthened. The state of nervous alteration had given in. I wasn’t seeing shadows and dangers at every corner. I decided to find Elenor. The evening outside was peaceful. I rejoiced with the touch of the sun as I walked the streets. I passed the house known as the Mayorazgo de los Aispuro, then the Palace of the Counts of San Berenice and Calimaya, now in a deplorable state of abandonment. In their walls there are several alchemic symbols. I cannot understand why the Inquisition allowed such audacity. I cannot understand, I could not understand… but I kept walking next to colonial houses, each house in a more deplorable state than the one before, more decayed, filthier, and all of them reeking since they were inhabited by dozens of poor families. The mix of things in those houses was unsettling: putrefaction and sweat met with an ancient opulence. Finally, I arrived to an old café. Elenor’s house should have been in front of it, but it wasn’t. There was nothing but a piece of land with a few walls crumbling apart. How? Had that house collapsed in a few days? How could I ever find Elenor now? I asked the waiters what had happened. They said “Nothing”; the place had been like that for many years. Nobody remembered a house or an herb store. I insisted. I was sure Elenor’s house used to be there. They said no. I felt anguish growing inside me. My veins were suddenly half-empty. I was not complete anymore, and I wouldn’t be complete as long as I didn’t see that beautiful woman again. But I wouldn’t see her. She had vanished without leaving a trail.

In the sky, black clouds started to form. They were full with rain and hail. We heard thunders above our heads. The waiters, perhaps only moved by compassion, told me they had seen an herb store two blocks away, but they didn’t know who the owner was. I didn’t even finished listening to them and started walking. It started to rain heavily. The air seemed to liquefy. The world was a vast extension of grey mist where watered spoke with ancient voices. My Dominican cloth was soaking wet and the wind made it flop. Hail was hitting my face. I was looking at the houses trying to find the store. Among the old tezontle rock walls I thought I saw faces with missing teeth, but maybe it was an illusion of the ornamental stone carving on the baroque façades. I arrived to the place where Elenor’s store was supposed to be, but it was a whorehouse. The prostitutes under their umbrellas made immoral signs to me when they saw me. They were part of that softness, that liquid sensation that had taken over the world. Under that rain, only basic instincts existed. Under the pouring rain and their umbrellas, those women showed me their breasts crowned with big dark nipples. I wanted to touch them and I did touch them lightly with the tip of my fingers. Then the sky was cracked open by thunder and light. I jumped away from them. I had fallen into the Devil’s clutches for a moment. I ran away from the whorehouse.

Rain kept hitting my face. I was lost in the streets. I wandered under the downpour, cold and shivering. The street was lightened by the storm. I wanted to go back to my church, but I couldn’t find the way. Finally, I stumbled and hit the front of an old house. The wall started moving under the weight of my body. I look around in fear and realized it was not a moving wall but an old wooden door half-eaten by moths. It opened up completely. I smelled a faint odor of ancient chests full of old clothes. Some kind of animal ran away and hid. I entered the house to find shelter from the tremendous storm. I turned on a small lantern. I was in a big hall with an exposed beam ceiling. Furniture crawled out of darkness, as if awaken from a long sleep by the light I had produced. There were Napoleon style armchairs. Their arms were of a worn-down golden color. The tapestry was adorned with young lovers in a swing. I caressed them. They were covered in dust. Nobody had used those armchairs in years. In the walls, I discovered a large painting of a woman exquisitely garmented with 18th or 19th century clothes. She was wearing a pearl necklace and cobwebs and dust covered her face.

I heard a harpsichord. Somebody reeled off notes in an upper floor. It was a virtuous execution. The house was not empty. I thought I must leave at once. I turned around but I didn’t see a door. My God, what sort of trap was that! The harpsichord, like a river, threw its notes on the columns, the wooden beams, the furniture, the vases and the carpets. I had find a way out, but all along the wall, which looked so very long to me, I couldn’t find a door. I tried to pray for divine assistance, but I was unable. That was a palace of evil. I wandered in its hallways. The sound of the harpsichord playing Bach followed me. A good half an hour later I found a stairway. My hands held the rail covered in dust. The steps were covered by a red carpet torn into pieces. There were carcasses of rats and bats all over. I climbed the stairs thinking that somewhere in the upper floors there should be a window I could use to scape.

I got to the top of stairs. A strange spectacle awaited me there. There was a long hallway with several doors tall and shut, illuminated by golden lights. The light at the end of the hallway was the brightest of them all and I caught a glimpse of a figure leaning in a harpsichord. I pray to God for help to scape, but I had lost all control of my own paces. It was a woman applying herself to the keys and producing a mild sound. Every note created a parallel universe, a magic world where time and space where different. I saw her hands running through the keyboard. Every movement was a spell, a wave in a lake or the flight of an owl… I touch her soft shoulders, of a softness like that of a Botticelli’s Venus. She smelled like fresh cut grass. I sank my hands in her hair. She rose. She was wearing a light dress, almost transparent. The harpsichord was now playing by itself. It had started a baroque prelude. There was a mirror in front of us. I saw Elenor’s face reflection. And yes, she was just like that witch, daughter of Satan, who kept coming to my dreams. I had to kill her. I pressed her body against mine and she moaned. The harpsichord kept playing. I couldn’t tell if Elenor was still moaning or if it was music coming from her lips. Then her dress hit the floor and I saw her splendid breasts of unpolluted whiteness. They were solid, medium size, perky, a pair of battering rams that wanted to defeat me. I took a step back, but her body was still one with mine. I pushed one of the doors with my back. We fell into an old chamber with crimson drapery. There was a tall canopy bed with splendid sheets. Somewhere, an orchestra was playing. Together, our bodies clasped together, we kept on rolling and we passed room after room. In some, there were people. Men with tailcoats and top-hats. Women wearing crinolines under their old-fashioned dresses. They wore pearl necklaces and stoles. The orchestra was playing still, perhaps a piece by Mozart. We rolled into the last chamber with wallpapers depicting naked men and women hunting a male goat. I realized I was naked too and that woman, Elenor, rubbed herself against my body like a serpent making me feel lustful. I thought about strangling her. She was the witch I had chased over centuries, in many eras. I put my hands around her neck and I caressed her; my hands went down to her breasts, her belly… She twisted her body. She spitted smoke like a great dragon. She sat on my phallus and I saw her head grew horns where flowers blossomed and attracted bees and birds. She was draining my body. I felt a maelstrom in my blood. Things were spinning around me. A woman introduced herself as the Duchess D’Orsay. She was holding a bloody heart on her left hand and an umbrella on her right one. It was raining heavily on it. I saw Elenor no more. I felt something was missing inside me, perhaps my blood. Lights of all colors were dancing in front of my eyes. The Duchess D’Orsay also disappeared. Rain was soaking my body. Then I look left and right and realized I was in the middle of the street, in front of an old house that looked abandoned. It was the same one I had entered… half an hour… an hour ago? I couldn’t tell. Nevertheless, everything I had lived was real since I was naked. That sinful woman who induced me to the acts of the flesh had kept my cloth.

The wind howled around the corners and water fell copiously from the eaves and into my naked body. Cold made me shiver. I walked. Streams of water whirled around my feet as if they tried to make me fall. The world seemed to be falling apart. I saw green birds flying around my head. An old raven was on the sidewalk just waiting for the rain to stop. Its wings were soaked. The raven was losing feathers from the top of its skull, perhaps out of old age. I was shivering, so I kept moving. What if I was already in hell? Perhaps that was my punishment: non-stopping water running over my flesh, which had been the cause of my sin. A cold world with liquid walls of endless rain. I touched a wall… but, no… it was a real wall, it had consistency. Where was my church? Under the gale everything looked the same to me. I had walked maybe a couple blocks when I saw a man with a barrel organ. Water was streaming down from his cap. He was turning the handle round and round. The barrel organ produced a nostalgic and repetitive music. I walked to him. How to approach him? How to explain my nudity? I didn’t have to. “Father Alonso… what are you doing here?” “I am looking for the church, my son” “I just saw five naked men before you came along”, he said. “Can you get me to my church? Do you know where it is?” The man started walking and I followed him. The lightning continued in the sky. Water fell through a sewer with a sound like a waterfall. “That’s some weather”, he said and spit. After a few minutes we arrived to my church, but my bad luck hadn’t ran out. I had left my keys in my cloth. “Don’t worry, father. When I don’t get money from the barrel organ, I break into houses.” The man pulled out the handle from the music box and he picked the lock with it. “Could you give me a blessing, father?” “May God bless you, my son”, I said.

I entered the church shivering. I dried soon. Then I felt really tired. The fight between my soul and my flesh had extenuated me. I was evident that the Evil One worked in the hinges of reality. He lied and transfigured things as usual. I had fallen into his clutches. I had committed a sin with that woman who was Lucifer’s servant beyond any doubt. And the worst thing was I knew I would be unable to lift my hand against Elenor. I felt a fervent lust for her. To me, she had the face of an angel. I was about to lose my mind.

I limped to my cell. My eyes wandered around. My old table looked strange to me, as if it came from another world. My theology books seemed to be filled with nonsense at best. Everything seemed to come from a maddened world. I saw the instrument of mortification. The whip. That lash slave traders used to carry around. The cord we called “discipline” but some people call the “cat-o’-nine-tails”, because it spreads into threads with leaden tips. My trembling hand reached for it and I whipped the first lash on my back with fear. I thought of Elenor’s warm womb. Pain. I needed pain to purge that memory. And I needed courage. The leaden tips tore away pieces of my skin with the following lashes. Blood was streaming. I was euphoric. More lashes, and then some more… the pain was unbearable. My blood splatted all over the walls. My hands were wet with it. Then I thought that blood was my offering to Elenor. The bright red color made me want that witch even more. My fight with the devil was horrendous. I was enraged. I kept hurting myself. It was too much blood. I was in such a state of mind I didn’t even have thoughts anymore, only random images: my cousin I used to peep on as a teenager; a dirty magazine I masturbated to; pictures of people with their heads blown to pieces by gunshots. I think blood was covering all of my body. I couldn’t defeat the Demon. I was doomed. I put on my white Dominican cloth. It was soon covered in huge red spots. My open wounds rubbed against the fabric. I was in pain, like a tortured man. I went out to the courtyard.

I was about to seat under the orange trees to bleed to death when I saw something in one of the benches. When I got closer I saw Eudoxia, an old woman from my church who could barely distinguish reality from dream or memory from real life. “Father, I have been waiting for you all night” “How did you get inside? I locked up.” Eudoxia touched my bloody cloth. Blood stained her long nails that made her look like a raven. “I don’t know, father. I just started walking and all of the sudden I was here” “And what do you want?” “Look here, I have this snake…” Eudoxia showed me a long green animal contorting on her shoulders and around her waist. In the head, it had a purple spot in the shape of a diamond. I made the sign of the cross in front of that evil presence. “Kill it, father. I don’t dare killing it. It’s a burden in my house. It used to be my pet, but I don’t want it anymore. It eats a lot.” I made the sign of the cross again. A few drops of my blood sprayed out and fell on the reptile. The snake licked it with great delight. It was an evil being brought to me on purpose. In the middle of that darkness the Divine Savior was giving me sanity. I understood the signal very well. Heaven had sent a last chance to wash away my sin. “Wait”, I said to Eudoxia. After a few moments I came back with my spear-crucifix. I intended to stab the head of the snake with it and everything would end. My blood started clotting. I felt as if my body were under a hard shell. The fabric of my cloth was stiff. The snake rise its head. It looked at me and its eyes were Elenor’s. “Witch”, I said to her. She showed me her bifid tongue. I wielded my cross, but I couldn’t deliver the blow. Her eyes were very beautiful. The animal twisted its body around the neck of the old woman.

Eudoxia’s voice changed. It became manly, hoarse. It was Friar Alvaro’s voice, the friar I had followed in my dreams. “Brother, this witch has you under her spell. We must pray.” Then we went to my cell, as the snake was still around Eudoxia’s neck. She put the reptile in a corner and tie it to my bed with her shawl. We sang old hymns in Latin. They were ancient, from the time I followed Alvaro –through the German forests? –looking for witches to burn. As we continued praying, old Eudoxia transfigured. Her body became powerful, her mouth filled with teeth, and finally Friar Alvaro appeared in front of me. With fierce eyes he said to me: “I’ve had to cross many centuries to get here, poor devil.” He grabbed my spear-crucifix and he pierce the head of the snake with it. The snake agonized in violent contortions until it was dead at last. Alvaro shifted his appearance into that of Eudoxia again, cover the reptile with the shawl, and asked me to open the door that lead to the street. Alvaro or Eudoxia left, his back hunched, mumbling things.

The dawn was breaking. In a few minutes, I had to say Mass. The wounds of my injured body may have been starting to infect. I was feverish. With my remaining strength, I walked to the pulpit. My flock fled as they saw me covered in blood. I performed the rituals all alone. Then I limped back into my cell.

Days passed. I haven’t seen a doctor. Fever comes and goes. I am not eating. I don’t know anymore if old Eudoxia was carrying a snake or not. I don’t know if I ever followed Friar Alvaro in some mission. I don’t know who I am. Elenor’s image comes to me frequently. I don’t know who she is either. I am too weak to think what is real and what is not. I think I would look for her house if I had the strength. I am growing weaker every day; the fever is getting worse. My open wounds reek…

*Story translated from Spanish to English by Luis Miguel Estrada

 

© All rights reserved Roger Vilar

 

Roger Vilar was born in Cuba, in 1968.  Since 1993 he lives in México City. He is a writer and journalist.  In Cuba, he published the short story books “Horses on the meadow “, 1986; and “Night waters “, 1988. He also published “The Night of the Reporter” in Cuba in 2014. He was also included in two anthologies of the Cuban Literature: “The last will be the first”, 1990, and “Narrative Yearbook “, 1993. In Mexico was included in the anthology “Homage to the Marquis de Sade”, published by the Universidad Autónoma Metropolitana, in 2000. In Mexico has published the books “The Dragon Age”, short stories, Edamex, 1998. Another of his books is “Witches” published in 1998 by Sediento Ediciones.  His novel “Inhabitants of the Night” won the award granted by the Mexican publisher De Otro Tipo in 2014. Roger Vilar’s latest novel “A Dark Passion for Mom” ​​was released by De Otro Tipo in September 2016. “Kingdom of Dragons” is his most recent volume of stories published in February 2017 by Ediciones Periféricas.

Roger Vilar is currently Editor-in-Chief of the Mexican magazine, printed and on the web, “Horizontum”, which publishes articles on economics, arts and literature.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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