EL INQUILINO. Juan Fernando Merino

Nada más crucial cuando habitas una ciudad tan riesgosa e impredecible como Nueva York que conocer minuciosamente a tus vecinos. Íntimamente. Con mayor razón  cuando el destino te ha llevado a vivir  en el tercio inferior de Manhattan y a comienzos del nuevo siglo.
No me refiero por supuesto a los vecinos de oficina, fábrica o aula, a los cuerpos que te rodean en el autobús o el Subway o a los individuos que usurpan tu aire y tu espacio dentro de un elevador atestado, sino a esos vecinos:  los habitantes del mismo piso en el edificio que ocupas: aquellos desconocidos que comparten contigo la latitud y la longitud de tus coordenadas exactas, tu rincón mínimo en el mundo: los únicos que escuchan tus sollozos o risotadas  tras las paredes o  por entre las rendijas de los ventanales que dan al patio interior: los únicos que podrían activar la llave de gas en tu cocina una de aquellas  madrugadas en que se queda entreabierta la puerta del apartamento.
Cuando Nueva York es tu ciudad y tus coordenadas se inscriben en los parámetros mencionados no queda más opción que conocer rigurosamente a tus compañeros de piso y determinar el grado de riesgo que corres y las precauciones que debes asumir. Confiar en las personas que te rodean podría ser el peor de tus errores. Mis experiencias fallidas en edificios de varias ciudades del norte de América y en un pueblo de Chile que en aquel entonces no tenía edificios me han enseñado la importancia del método, la secuencia y de la disciplina para llevar a cabo la indagación meticulosa de tus vecinos.
Lo más importante es la disciplina.
Lo más importante es la supervivencia.
Esta vez no voy a fallar.

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Ha llegado el momento de tomar cartas en el asunto. Ya no me quedan pretextos para aplazar la tarea: el jueves a media tarde  me despidieron del trabajo. De aquella oficina en el Upper West Side a la que no había faltado un solo día laboral en los últimos diez años. Nueve años, cuatro meses y cinco días para ser correctos. Dicen los periódicos y las emisoras de radio que la mitad de la ciudad se está quedando desempleada y eso fue justamente lo que repitió el jefe de mi jefe. De mi ex – jefe. Lo cual no justifica en absoluto que me hayan despedido sin darme tiempo a vaciar los cajones y borrar del computador los mensajes y las fotos que nadie más debería ver. ¡Nadie!  Pero  no voy a permitir que una cosa afecte la otra. Al contrario, puedo pensar que se trata de un guiño del destino, de una indicación patente de que no debería posponer la tarea de seguimiento un solo día. ¿Qué es un despido más o menos en el gran esquema de las cosas? Poco. Los trabajos van y vienen, los jefes se jubilan, los despide alguien más o se suicidan… En cambio la indagación minuciosa del vecindario podría ser tu tabla de salvación, la clave para asegurar tu supervivencia.
Entonces, ¿por cuál de los vecinos empezar la pesquisa? ¿Por el apartamento de la izquierda inmediata? ¿El segundo de la derecha? (el contiguo está desocupado, o eso parece). ¿Por la veterana actriz de teatro off-off-Broadway que siempre me dice hello, de vez en cuando esboza una sonrisa y una vez me deseó que tuviera un buen día? ¿O por la joven analista financiera del 7-H (o ejecutiva, o empresaria o manejadora de dineros ajenos; en todo caso con suscripción al Wall Street Journal, el Financial Times y Business Week ) que nunca me saluda, jamás me mira más arriba del botón medio de la camisa y una mañana  de junio incluso me dio la espalda en el elevador? También podría empezar por la viuda polaca que cinco veces al día saca a pasear por la avenida al perro lanudo (y mal peinado), por el cabrón del 7-D que todos los martes de tres y media a cuatro y media recibe en el  dormitorio a mujeres que no llegan a la mitad de su edad, o a un tercio, algunas ni siquiera a la edad legal. O por el suizo de la bicicleta, la coleccionista de plantas y bonsáis del 7-B, el ajedrecista búlgaro…
Por supuesto que hubiera querido investigar en primera instancia al viejo lujurioso del 7-D. Pero antes de concretar la metodología, el seguimiento, los horarios y las coartadas de emergencia, debí cambiar de prioridades. Y empezar por la actriz. Tenía que ser así: resulta en extremo sospechoso que un vecino te demuestre  tal cordialidad cuando te has quedado solo y con el ánimo arrastrándose por el piso. Si no estaba escrito, ya lo está: desconfía de la bondad ajena cuando te duele hasta el alma.

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Han pasado seis días desde que me vi  obligado a conocer íntimamente a mis vecinos. En vano. Una de las pocas conclusiones útiles de esta primera misión es lo poco útil que resulta la observación directa de otros ocupantes de un edificio. Después de tres días seguidos de sus noches –con breves intervalos para dormir diez minutos aquí, veinte allá, para comer un bocado, acercar o vaciar el balde con las necesidades humanas- vigilando la sala comedor alcoba de la actriz veterana, el sofá-cama de la suscriptora del Wall Street Journal, y las porciones de los cuatro dormitorios que se alcanzan a divisar desde mi ángulo, la información servible que he recopilado es muy limitada. Casi desdeñable.  Porque a mí, la verdad, me tiene sin cuidado que el lituano del 7-E  y la novia del empleado del M.T.A. que alquila el 7-J ensayen posiciones eróticas múltiples mientras el pobre funcionario se gana el pan diario con el sudor de la monotonía. ¿Y qué me importa que la pareja serbia del  7-M consuma  algunas noches botella y media de vodka y que luego intercambien ropas, roles y accesorios sexuales? ¡No es para eso que me desvelo! ¡Por favor!  Tampoco me interesa que el senegalés del quinto piso, la vecina franco-canadiense del 7-E y el dominicano barbado de quién sabe qué piso y qué edificio estén tratando de formar un grupo de rock. O de fusión-electro-pop-caribe. O de lo que sea. Si son malísimos. Y además no tienen en su repertorio ni una canción original.
Tantas horas en vela, comiendo alimentos extraídos de latas o ya fríos, sin estirar las piernas al sol y tan sólo para descubrir nimiedades como éstas. Enterarme de pequeñas miserias personales, secretos que no tienen importancia por fuera del recinto en que ocurren, traiciones a sí mismos, coitos interruptus o desastrosos, banalidades, tristezas… Pero ni el menor aporte a la misión de ponerme a salvo.  De protegerme de tal o cual vecino y de ese otro no tanto. Ni la más mínima pista que me indique cuál de ellos tarde o temprano se va a colar en mi apartamento para dejar abierto  el gas, va a tratar de envenenar la pizza a domicilio de Domino’s, a introducir cristal molido en los frascos de Coca-Cola o de jugo Tropicana que Emilio el de la minitienda de la esquina me deja junto a la puerta los martes y los jueves.
Tantas horas de observación  exhaustiva, y ni siquiera he logrado aclarar quién escribió aquella nota miserable que un amanecer hace doce días apareció clavada contra mi puerta.
“Si Ud. no reduce el volumen de la música después de las ocho de la noche, de la máquina de escribir después de las diez y media y no deja de hacer ruidos guturales a primera hora del día, nos veremos obligados a acusarlo ante el supervisor del edificio. El piso Séptimo merece consideración y respeto. Atentamente.
Grupo de vecinos responsables”.
¡Grupo de vecinos! ¡Eso es falso! Con seguridad que no es un grupo. Era un solo vecino. O vecina. Detrás de esa nota había uno pero no había dos. La cuestión es que podría ser cualquiera de ellos y son doce apartamentos, algunos con dos y unos pocos con tres ocupantes (los bebés, los niños menores de 11 y los inválidos están prohibidos en estas unidades habitacionales). Cualquiera de ellos menos la franco-canadiense, que hace más ruido que yo y hasta más altas horas.
Es indispensable pasar a otra etapa de mis investigaciones. Más moderna y tecnológica.

The Grid by Michelle Rinaldi Part of the China Express series, New York, NY.

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Si la observación visual y directa de mis vecinos resultó deficiente, la etapa tecnológica fue aún menos fructífera. A pesar del comienzo prometedor. En la primera hora y cuarto de la nueva era de observación reuní los nombres con que aparecen mis vecinos en el listado de arrendamiento del edificio y los respectivos sitios de estudio, empleo o desempleo. Sin embargo,  el posterior seguimiento electrónico resultó desastroso. Siento vergüenza ajena de sólo pensar en  las estupideces que descubrí sobre mis vecinos  en googlepunto, librodecara.com, romancespunto, etcéterapuntonet. Lo cual a su vez resulta poco comparado con las banalidades que me topé al ingresar en sus cuentas de correo electrónico. No sabría siquiera por dónde empezar a quejarme, a burlarme, a insultarlos, así que no empiezo. Ni siquiera voy a revelar la ridiculez de los mensajes que le envía Rita, la novia del funcionario de Metro Transit Authority, a Kolicius el lituano. Desde una cuenta privada y confidencial de Internet que sólo conocen ellos dos. Cierro sus comillas.

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Me he visto en la obligación de tomar un paréntesis. De salir del edificio y del vecindario antes de que las cosas se compliquen aún más. Es por ello que tengo alquilado desde hace día y medio un cuarto de hotel en otro condado, fuera de Manhattan, lo más lejos posible de Union Square. No me importa que sea casi un albergue de ínfima categoría, un cuarto sin ventanas en los confines más desangelados entre Brooklyn y Queens. Al menos no se encuentra demasiado cerca de ninguno de los cementerios que abundan en esta zona. De eso me aseguré desde un principio. No me gustan los cementerios. Ni el olor de sus árboles y arbustos; menos aún las flores para sus muertos. Es un olor que siempre me pone nervioso. ¿El nombre del hotelucho? No. En las páginas que siguen no voy a escribir el nombre ni el barrio ni la ubicación aproximada. En este momento no confío ni en ti.
El problema de fondo, el error grave que no me deja dormir, es que al salir tan precipitadamente del apartamento me calcé un mocasín marrón en el pie izquierdo y un zapato negro de cordones negros en el derecho. Lo grave es que en la sala de mi apartamento quedaron juntos y solos un mocasín derecho y un cuero izquierdo. Espero que aquello no despierte las sospechas de los detectives, bomberos y policías que a estas horas estarán revisando todos y cada uno de los apartamentos del séptimo piso.  O de sus escombros.
¿Tendría por fuerza que haber pasado así? No lo sé. De verdad que no lo sé. Tal vez no.
El caso es que esta vez, al igual que me sucedió en Saint Louis, en Alburquerque y en Vilcún, las cosas no salieron como había planeado. En parte por culpa mía, sí, por mi culpa, no lo voy a negar, pero sobre todo por el cansancio. Por culpa del agotamiento después de tantos días y tantas noches de desvelo.
Pero volvamos al día D, del desastre.

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Había suspendido  la vigilancia directa de mis vecinos, aunque con ocasionales reincidencias.  La electrónica-cibernética no iba tan bien; tampoco tan mal. Avanzaba.  Pero todo se complicó cuando uno de los vecinos cometió un error garrafal y entonces no me quedó más remedio que pasar a la acción. Con o contra mi voluntad.
Ocurrió más o menos así: una tarde que tuve que bajar al sótano a arrojar mi basura y mis desperdicios –que llevaban tres días y medio acumulándose- se rompió la bolsa de plástico por su propio peso y salieron rodando escalera abajo latas de aluminio, cartones vacíos, cáscaras de huevo y cortezas de fruta. Después de agrupar en el rellano lo que se había salvado de la bolsa, volví corriendo a mi piso en busca de nuevas bolsas.
¡Fue allí cuando la pillé in fraganti! Una mujer joven y rubia que llevaba de la traílla un gato persa con la pelambre recientemente peluqueada excepto por la cabeza y la cola. Tenía los ojos clavados a la altura de la mirilla, hacía gestos extraños y mascullaba algo. Un monólogo sin sentido, una oración, una letanía… ¡No! Nada de eso. De repente lo vi claro: lo que esta mujer hacía, aprovechando mi ausencia temporal (que debería haberse prolongado diez minutos más de haber bajado hasta el sótano), era un conjuro. No había duda: la vecina del 7-E estaba lanzando contra mi puerta,  mi apartamento, mi persona y mis pocas pertenencias, un conjuro envenenado. Una maldición por estrofas.
¿La vecina del 7-E?
Sí, sí, era ella; por supuesto que era ella. La rubia alta y esbelta del 7-E, la franco-canadiense aspirante a compositora y flautista de una banda, la vecina trasnochadora que se lanzaba a cantar entre tema y tema de rock ácido,  antiguas baladas irlandesas en lengua gaélica, a la una, dos, tres de la madrugada. Sí, claro que era ella. La del 7-E. Heléne.
¡ Heléne!
Sólo entonces me acordé que una noche congelada cuando regresábamos muy tarde y muy  ebrios de sendas fiestas (o sea, ella de una fiesta con amigos o conocidos y yo de una libación larga y solitaria) me invitó a entrar a su apartamento. No recuerdo bien lo que se dijo, pero por la razón, los impulsos o las carencias que sea, aquella noche nuestros cuerpos se encontraron y se encajaron. Tuvimos o fingimos los orgasmos, da igual, pero antes de separarnos  nos dimos un beso en la boca.
¡Lo juro!
Mis labios lo recordarán hasta que todo lo demás sea el pasado. O sea un tanatorio.
Fue un beso.
Después ella nunca volvió a invitarme, a saludarme, a mirarme. Ni siquiera respondió a la postal de Aruba (comprada en un quiosco; nunca he estado en el Caribe) ni  a la nota que introduje con dos alfileres en su buzón de correos.
La verdad es que en su momento aquello me dolió, debo confesarlo. Me dolió muchísimo. Pero todo pasa. Ahora el episodio se me había olvidado por completo. Son ya semanas, o meses, quizás incluso un año desde que pasó aquello.
Es tan sólo una coincidencia más. Heléne y yo coincidimos una noche en la cama (en realidad el suelo) como coinciden tantas personas en este edificio, lícita o ilícitamente, con voluntad y deseo o por pura inercia. O hábito. A veces por confusiones de la noche o zancadillas del alcohol. Poco más. Y casi nunca se besan, como he podido constatar durante estos días de observación  y vigilancia.
Pero llegado a este punto de mi misión, los sentimientos y la nostalgia no tienen absolutamente nada que ver.
Porque la pillé in fraganti. Sin vuelta de hoja. De modo que era ella el vecino que pretendía hacerme mal. Hundirme más. Acabarme.
Las cosas salieron mal. Lo siento. De verdad que lo siento. Lo repito por última vez: lo siento. Sólo que llegados a ese punto,  entre la vecina del 7-E y yo el asunto no tenía otra solución posible. Era sólo cuestión de días. O menos.  Quizás sólo de horas.
Su estufa de gas o la mía.

Publicado en Nagari #1 La ciudad: lírica e íconos de un espacio

Juan Fernando MerinoJuan Fernando Merino. Narrador, traductor literario y periodista colombiano residente en Nueva York. Traductor de una veintena de novelas; compilador y traductor de la antología del cuento joven norteamericano Habrá una vez. A mediados del año pasado la revista de literatura Luvina, de la Universidad de Guadalajara, México, eligió uno de sus textos para una edición especial sobre el cuento hispanoamericano, que incluye 24 autores de Latinoamérica y 6 de España.

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