EL GARAJE. María Dolores Fernández

 

Un maullido largo como una agonía sobresaltó al hombre dormido sobre la montonera de bolsas y mantas que le había servido de yacija. Dos ojos de gato seguían su agitación, hipnóticos. Cuando despertó, inquieto, las pupilas ámbar ya habían desaparecido.

Solo unas horas antes Tomás Alcaparra creía que había tenido una suerte inmensa al ver la puerta de aquel garaje abierta. Se había atrevido a entrar al no ver a nadie merodear por los  alrededores. No tenía ganas de problemas, y menos en un barrio como aquel, una zona residencial con aires de grandeza que tan bien conocía. Sin embargo, después de sopesar pros y contras pensó que guarecerse en una suite como aquella no estaba a su alcance sino en muy raras ocasiones. La noche era fría y el harapo que le abrigaba no era su mejor aliado. Al fin y al cabo, ya que se le había ocurrido acercarse hasta allí no iba a desperdiciar semejante oportunidad. Lo cierto es que llegó a pensar que aquella era su noche. ¿Cómo, si no, explicar el tropiezo con aquella botella de rioja, reserva del 2008, añada excelente según el Tasio? Porque el Tasio, antiguo sumiller, sí era un colega, el más leal. Ni siquiera le robaba los cartones o el tinto barato que a veces le regalaban las buenas chicas de la calle.

Pese a los buenos presagios, Tomás Alcaparra se adentró en el garaje con la máxima cautela, orientándose a través del tacto grumoso de la pared. Solo se relajó al tomar contacto visual con un rincón que le pareció confortable. Desde el estómago le subía un grato calor que poco a poco le desentumeció los huesos. Así pues, se dejó caer sin más dilación sobre un amasijo irreconocible que parecía acogerle con familiaridad. No le molestó el olor característico a gasolina, heces de animal y falta de ventilación. No era por desmerecer, pero su nariz estaba acostumbrada a sitios peores. Nada más caer al suelo un sopor irresistible le aletargó, botella en mano, aunque para entonces ya no quedaba ni una gota del rioja. De su siniestra –mano-  cayó con descuido una bolsa, en la que guardaba lo poco que tenía.

Al cabo de un buen rato, desde el abismo del sueño, un maullido insistente le alertó. Aunque intentó mirar, no podía ver nada. La puerta cerrada le había vuelto ciego. Ni siquiera contaba con la luz mortecina de la farola que le había guiado horas antes. No obstante, su oído le trajo con nitidez un rumor de fondo, un sonido amortiguado de motor en marcha. Recordó de súbito haber entrevisto un coche en medio del garaje, una berlina de gran tamaño, camuflada por las sombras. Los maullidos eran cada vez más lastimeros, o eso le parecía, y ahora, además, creyó oír otro sonido, algo difícil de clasificar que provenía de la puerta de entrada. Pese a que no acababa de estar del todo despierto, dedujo que algún gato debía de estar arañando el portón, frenético por escabullirse de su encierro. Notó asimismo lo insano de aquel aire, igual al humo que escupían los tubos de escape sobre el asfalto. En medio de su bruma etílica,  llegó a la conclusión de que alguien no había apagado el motor del coche. Grave negligencia.

Los minutos iban pasando y los maullidos del gato subían de tono. Se volvieron lastimeros y desacompasados,  como quien tiene mucho que perder. Por su parte, Tomás empezó a sentir su propia respiración, fatigosa. Cada vez un poco más.

Comenzó a angustiarse y pensó que lo mejor era salir de allí lo antes posible,  pero la falta de visibilidad le dificultaba los movimientos. Con cierta prevención cogió la bolsa en la que transportaba sus pertenencias e intentó incorporarse, pero su equilibrio era precario.  Soñoliento, resacoso, se sentía enfermo. En su torpeza no se había dado cuenta de que los pies habían quedado en el interior de unas sogas tiradas por el suelo, enrolladas sobre sí mismas hasta formar una pitón de esparto. Al levantarse tuvo tan mala pata que cayó de bruces y la bolsa voló por los aires. Fue inevitable, Tomás Alcaparra acabó como un fardo pesado, estirado sobre el suelo del garaje. La bolsa, proyectada hacia ningún lugar, chocó contra la pared. A consecuencia del impacto una pequeña radio que guardaba como un tesoro  se puso a cantar el último éxito de Guns N’ Roses a todo volumen. La salida de tono le erizó todos los pelos de su cuerpo yTomás profirió una retahíla interminable de tacos. Su voz ronca y estridente o la intensidad de la música hizo callar al gato.

Pero su lucha por levantarse duró más de lo debido. La botella de vino, que rodaba sin parar, acabó por tintinear con inocencia a su lado. Tomás Alcaparra la sujetó con fuerza en señal de reconciliación. Pero ya era tarde.

Entonces se empezaron a oír voces en el exterior, pasos enérgicos, golpes en el portalón de entrada, y para cuando Tomás consiguió alzarse y mantener la botella vacía en alto, como un trofeo, ya se había abierto el garaje al mundo. Cegado por las linternas, su estampa era la de un hombre incorporado sobre el coche, que blandía una botella en actitud agresiva sobre una cabeza inocente, la de la conductora del vehículo en marcha, a la que Tomás Alcaparra no había visto en su delirio etílico. Al oír tanto juramento y tanto ruido de fondo también ella  había revivido entre la oscuridad y se asomaba curiosa a través de la ventanilla.

Histeria colectiva, alaridos, pánico, toses asmáticas de la mujer sentada al volante a dúo con Tomás; una lluvia de brazos precipitándose sobre él, llaves de yudo y lucha libre en un total despropósito; empujones y algún golpe sin autoría declarada. Todo ello violencia gratuita tratándose de un vagabundo desconcertado y débil, perjudicado, además, por la inhalación del monóxido de carbono.  A Tomás Alcaparra aquello le resultaba incomprensible y solo acertaba a pensar que debía tratarse de alguna obra del absurdo, donde seguro que le había tocado el papel más grotesco.

La botella, arrebatada de sus manos por el muchacho portador de la linterna, fue la prueba incriminatoria que le convertía, de modo inequívoco, en culpable. En ese momento sentenciaron que Tomás era un peligroso ladrón además de borrachín, que se había quedado dormido en el garaje antes de llegar a perpetrar crímenes mayores, dispuesto a asesinar a sangre fría a cualquiera que se le interpusiera, como a la pobre señora Adelaida, tan dócil e inofensiva ella. Lástima que en los últimos tiempos anduviera trastornada. Nada menos que tres intentos de suicidio en tres años. ¡Aquello parecía la letra de un tango!

El gato, desde luego, no iría a socorrerlo. Era el más listo de todos. El animal había huido en cuanto la rendija de la puerta se lo permitió.

Adelaida, en fuerte estado de shock tras lo acontecido y con evidentes signos de intoxicación, fue socorrida en seguida por un equipo sanitario. Sin embargo, Tomás Alcaparra, que tosía sin parar y se tambaleaba ostensiblemente, fue esposado y, a empellones, obligado a subir a un coche patrulla, el cual, con pocos minutos de diferencia, también  había llegado armando ruido al lugar de los hechos. Pensó que como su amigo Tasio no lo sacara de ese lío, no iba a volver a salir de la Modelo en lo que le quedaba de vida.

En la acera de enfrente una familia de gatos amarillos asistía muy interesada a las diferentes evoluciones de la escena. Su pelaje ralo, extraño y vivaz, descollaba como recortables en medio de la noche. Bajo la luz de las farolas parecían el capricho de alguna niña siniestra.  Muchas ventanas de la calle se habían iluminado y las cortinas descorridas mostraban caras abotargadas por el sueño a las que había vencido el deseo de saber. Otros vecinos, menos sutiles, permanecían plantados en pijama a la puerta de sus casas, observando atentamente el espectáculo.

El coche patrulla arrancó y se dirigió hacia la comisaría. Tomás aún recibió algún que otro golpe más antes de partir, ya que, según fuentes policiales, el detenido había ofrecido resistencia a la autoridad y abierta hostilidad hacia las fuerzas del orden.

Durante todo el camino Tomás Alcaparra no dejó de sentir que varios pares de ojos le seguían durante todo el trayecto. Representaban la mirada ámbar del silencio.

© All rights reserved María Dolores Fernández

Ma Dolores Fernandez GuerreroMaría Dolores Fernández es filóloga y residente en Barcelona  (España). Creadora del blog literario Despeñaverbos, es autora, entre otros, del conjunto de relatos Halogramas y del poemario El escriba en su pirámide.

mdolores@despeñaverbos.es

twitter: @sibilinda

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