DOS POEMAS DE NILTON SANTIAGO.

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA CONVERTIRTE EN UNA ESTRELLA DE MAR

 

Charles Mingus era un pájaro que brotó de otro pájaro con vértigo

en Nogales, Arizona, el 22 de abril de 1922.

Los pájaros en Nogales hacen la compra con las plumas contadas,

y muchas veces se cuelan en los buses para llegar antes del amanecer

a sus clases de vuelo

y así evitar el tráfico aéreo que ocasionaban las lágrimas de Charles.

 

Mingus tenía tres mitades, como algunos semidioses egipcios

(o como algunas camareras de las Antillas)

era mitad sueco, mitad chino y mitad primavera.

Su madre, que era un trozo de mazapán,

murió dejándolo al cuidado de unas cuantas estrellas de mar,

y vaya familia la del buen Charles,

lo llevaban a la Iglesia Holiness de Watts para interpretar las partituras

que los curas cantan al oído de las jovencitas en los monasterios.

 

Como la mayoría de pingüinos y otros seres tocados por la divinidad

—inexistente en las iglesias, por cierto—

Mingus empezó tocando el chelo, pero —claro—

como era «un instrumento más propio de blancos que de negros»

se pasó al contrabajo y empezó a trabajar como químico para una farmacia

que habían montado un par de ángeles fumadores.

Mingus creía que el café por las mañanas

era el antídoto secreto para que los pájaros dejen de soñar que son pájaros.

Mingus entró una vez a una tienda en Copenhague

—muy parecida al esqueleto de una ballena—

y compró una camisa de 50 dólares con un billete de 100 dólares

pero —vaya sorpresa— le dieron como cambio tres monedas de chocolate.

Mingus, de piel negra, se quejó muy cabreado

y los dueños de la tienda terminaron llamando a la policía

que sin mediar palabra se arrojaron sobre el pobre Charles

pensando que era un peligrosísimo ladrón.

Mingus, para colmo de males, tenía el corazón tan dulce

que le seguían cientos de abejas allí donde fuera

así que llenó de miel el coche policía,

por lo que le cayeron más palos

que a una desahuciada fastidiando el desayuno de un pobre banquero.

 

El caradura de Charles decía que, en Nueva Orleans, «to jazz your lady»

quería decir «follar a tu chica»

por lo que cada vez que le preguntaban por los críticos de jazz

respondía, sin más, «que les jazzen»

ciertamente, Charles, a ellos y a la soledad.

La primera de tus cenizas, amigo mío,

acaba de brotar de este papel

para descansar en el fondo del Ganges,

(como tú siempre lo habías querido) como una estrella de mar.

Y si, Charles,

como de costumbre tienes toda la razón:

todos tenemos suficientes fantasmas como para volvernos parte de uno.

 

ME HAS HECHO CAMBIAR EL FINAL DE ESTE POEMA 3 VECES DESPUÉS DE LA MUERTE DEL SUEGRO DE ADRIANA Y ESTO ES LO QUE HA QUEDADO

 

Así llega el amanecer al abecedario de los amores imposibles: con las tildes malheridas sobre las palabras y con los bastones que usan las estrellas que han abandonado el oficio de vigilar que no se te queme el sofrito en el que piensas cocinar mis sueños. Escribir no tiene nada que ver con hablar de ti, pero es cierto que escribir sobre ti puede que sea equivalente a esconder el polvo de tu maquillaje bajo la alfombra de Dios, poner una lavadora y marcharme a hablar con las gaviotas a las que has enseñado a volar tan solo con tu pensamiento. En un poema anterior no hablé sobre John Coltrane, vaya tío, lo hice a propósito porque necesitaba que ahora esté aquí con su saxofón de oxígeno tocando aquella suite para pingüinos llamada A Love Supreme, ya que tengo una mesa reservada para ti en este poema, que en realidad debería hablar más bien del sujetador que has dejado esta mañana junto a la caña de pescar con la que pillas a las libélulas que salen corriendo cuando abres la nevera de nuestro amor. Acaban de revelar la identidad del grafitero Banksy y no es más que un chimpancé en overol, uno de esos soldados románticos que se pasa las guerras cavando fosas para enterrar la correspondencia de una paloma mensajera con problemas de alcohol. Pamplinas, qué mal escribo, cómo la lío cada vez que hablo del encaje de tu ropa interior o de tu sonrisa, que es tan leve como el aire que llena de miel los pulmones de las abejas. Alguien ha corrido la voz de que hay una gota de rocío a las afueras de la ciudad que funciona como un observatorio astronómico, acuden a él las enfermeras a observar la transparencia de los maxilares de los boxeadores reconvertidos en constelaciones para párrocos. También allí hay chicos que cuando les sonríen a las chicas les crece una flor de lavanda entre las pecas y salen a repartir cientos de besos encuadernados con tapas hechas con alas de perdiz. No dudes que en la página 33 de ese compendio de amores furtivos hay un colibrí dándole vueltas a esto de estar enamorado. He llegado a tu casa con la mitad de la lluvia de esta tarde en los bolsillos, 21 días han llorado las buganvilias de mi piso por las 21 veces que hemos aplazado este encuentro, es decir, llegar, entregarte esta parte de lo que fuimos, maldecir las tortillas con champiñones que no comeremos nunca más porque nos recuerda a la soledad del ángel aquel que trabajaba como camarero y que llevaba la espalda tatuada con plumas de ganso. Ahora no es un buen momento para pensar que el 70% de los norteamericanos no creen que el hombre haya llegado a la luna, tampoco yo creo que los osos polares sean marxistas porque sean zurdos, como dices, además ten en cuenta que: 1) ningún mamífero confesaría que se sabe de memoria «La Internacional» y que 2) si la cantas gritando durante 8 años, 7 meses y 6 días puedes generar la energía suficiente para calentar una taza de café. Adriana ha recogido sus lágrimas del fregadero (donde se sentían en familia con la tristeza de las tazas y de las sartenes) y te ha dicho que este mundo ha dejado de ser una guardería para musarañas elefante porque su suegro ha partido llevándose un ejemplar de todos sus sueños en su alforja de promesas por cumplir. Entonces me llamas por teléfono, (hablamos como dos peces cuyo único punto en común es el mismo precio por kilogramo en el supermercado) y me dices que los poemas que te acabo de enviar no sirven ni para envolver pescado. Es cierto, cariñet, tengo que cambiar eso de «morir es gratis» por «morir es cosa de vivos». Por cierto, ¿sabías que hay un pino en las montañas de Nevada que tiene 4845 años y que Leonardo compraba pájaros para liberarlos?

© All rights reserved Nilton Santiago

NILTON SANTIAGO nació en la ciudad de Lima, Perú, aunque reside en Barcelona hace varios años. En poesía ha publicado El libro de los espejos (Premio Copé de Plata en la XI Bienal de Poesía, Lima 2005), La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro, Madrid 2012), El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014) y Las musas se han ido de copas, con el que obtuvo el XV Premio Casa de América de Poesía Americana (Visor Libros 2015). Finalmente, Para retrasar los relojes de arena (Vallejo & Co., 2015) es su primer libro de crónicas.

Merecedor del accésit del Premio Adonáis de Poesía 2014, parte de su obra ha sido recogida en las antologías A otro perro con este hueso (Editorial Casa de Poesía, Costa Rica, 2016) y 24 horas en la vida de una libélula / 24 часа в живота на едно водно конче, publicada en versión bilingüe búlgaro / español por la editorial Scalino.

Más información sobre el autor en: https://niltonsantiago.wordpress.com/

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