DOS ENCUENTROS CON JORGE LUIS BORGES. Luis Benítez

El hecho de vivir en la misma ciudad que un escritor al que admiramos no significa una gran ventaja en relación a conocerlo más allá de lo que nos ofrecen sus páginas.

De hecho, sólo pude verlo un par de veces, en ambas ocasiones muy brevemente. La primera, cuando se presentó de improviso en una galería de arte a donde yo había concurrido, en 1975. Era extremadamente cortés y hasta tímido en su trato. No recuerdo quién nos presentó, pero sí que me explicó algo relacionado con su último libro, “La Rosa Profunda”, que se acaba de editar. Era muy reticente a hablar sobre sí mismo o sobre su obra, a menos que uno le preguntara sobre ello directamente. En aquella ocasión yo no lo había leído en profundidad ni me había interesado particularmente por su obra poética o narrativa.

Seis años después, había yo devorado literalmente sus obras completas y tuve la ocasión de volver a verlo en la Sociedad Argentina de Escritores. Como yo había publicado mi primer libro –en cuyas páginas Dylan Thomas había dejado una profunda huella- quise regalárselo a Borges con una dedicatoria. Recuerdo que tomó mi libro con mucha cortesía y que al leerle yo la dedicatoria –Borges estaba ciego desde 1955- me dijo que él no se merecía esas palabras de sincera admiración, que nadie las merecía. Cuando le dije que también admiraba a Dylan Thomas y que  el poeta galés había influido poderosamente en  mi primer libro, me dijo que si me agradaba tanto Thomas, también me gustaría Walt Whitman, “autor de otras epifanías”, como lo definió en aquel momento. Le respondí que había leído a Whitman –con esa seguridad que sólo dan los veinte años y el primer libro publicado- y que no me había entusiasmado demasiado con él.  Borges me retrucó que algo semejante le había sucedido a Ezra Pound, quien sólo apreció la gran obra de Whitman en su madurez y que, dado que a Pound le había sucedido aquello, también era probable que me estuviera sucediendo a mí, que necesitara algún tiempo para ingresar en la poética whitmaniana.

No volví a ver a Borges nunca más, pero seguí leyendo y releyendo sus poemas y relatos, que pasaron a ser otra notoria influencia en mi obra. Ya por ese entonces, yo creía en la necesidad, para un autor novel, de buscar premeditadamente la influencia de otros escritores, de contrarrestar con la lectura de uno la influencia recibida de otro. Al leer a Borges, particularmente sus poemas y cuentos, sentí la enorme fuerza de su escritura, que continúa la mejor tradición literaria occidental. Sin duda, es el mayor escritor de mi país, pero también uno de los fundadores de la literatura del siglo XX. Percibí claramente, en mis lecturas de la década del 80, cómo Borges lleva sus temas –inclusive los clásicamente argentinos- a una estatura universal, en un complejo ir y venir de lo particular a lo general, de lo característico de un individuo a lo que afecta a todos, refiriéndose continuamente a ese puente, revelándolo: es por ello que en sus personajes cualquier hombre, de cualquier época, puede reconocerse.

Más allá de la mera situación temporal y espacial, los personajes borgeanos resultan intercambiables con otros de su posteridad o su anterioridad y aquella capacidad de su escritura me fascinó. Recuerdo, en este sentido, unos párrafos de Borges en el cuento La Forma de la Espada, cuando el autor, hablando por boca de su personaje, John Vincet Moon, expresa: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tenga razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.”

De la misma manera que su concepción de la literatura, me fascinó su extraordinaria exactitud y precisión expresiva, en lo que hace a los aspectos formales de la escritura. En este último sentido, me atrajo enormemente esa imposibilidad de quitar una sola palabra –una acepción de una palabra- de un poema o una cuento de Borges sin desmoronarlo. No tardaría en convertirse en una fuerte influencia dentro de mi obra, la primera buscada, a diferencia de todas las anteriores, que vinieron a mí de un modo más casual, al ritmo de lecturas no siempre metódicamente organizadas.

Una década después de la muerte de Borges en 1984, encontré unas palabras de Harold Bloom que definen para mí muy exactamente la importancia de Borges:  “…Borges emerge claramente como el único autor del siglo veinte que resulta más emblemático de los valores estéticos aún esenciales para la supervivencia de la literatura canónica universal. Ocupa esta posición, no sólo con respecto a las letras hispanoamericanas, sino a toda la literatura occidental y quizás, incluso, a la literatura mundial. No es exagerado decir que Borges, consciente y exitosamente, encarnaba la ´idea´ misma de literatura tradicional. A través de su obra, llegó a representar a Dante y a Shakespeare, a Cervantes y a Joyce, para nuestra era que, en el último tramo del siglo, sigue buscando detrás de su estandarte. Borges se volvió sinónimo de romance literario: es hoy su Caballero de la Triste Figura. Como Don Quijote, no puede ser derrotado, al menos no en su propio reino (Harold Bloom, El Canon Occidental).

Qué recibí de Jorge Luis Borges  y estimo que quedó en mi obra: su concepción de la literatura como una tradición ininterrumpida, caracterizada por ejes conceptuales entre los que ocupa un sitial fundamental el de la equivalencia de lo individual con lo general, y la exigencia de una marcada precisión expresiva. Fue muy importante para mí en mis primeros libros y posiblemente la influencia de la que más me costó despegarme posteriormente, como le sucedió a muchos  poetas y narradores argentinos de mi generación.

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Foto LUIS BENITEZ webLuis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay.

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