DESPLAZADA. Dainerys Machado Vento

“Ese julano no es dueño de nada en esta loma,” grita Doña Salomé. Las comadres, sin embargo, no dejan de señalar a los cerdos medianos que juran y perjuran son propiedad de Don Orestes. “Ya les dije que los dichosos cerdos son míos, los becerros son míos, los perros vagos y los bravos son míos,” sube el volumen la doñita. Las comadres se hacen las ofendidas. Después de todo sólo han venido a advertirle que, si le robó a Don Orestes, segurito que sus animales amanecen muertos uno de estos días. Salomé siente latir la sangre en el mismo centro de su cabeza. “Además de esos marranos, no se crean que también tengo una cuchilla hartita afilada que voy a ir a buscar ahoritita mismo si no se largan ya las tres.”

Las comadres dejan de apuntar hacia los animales. Vuelven a poner cara de ofendidas. Cumplen su guion con uniformidad. Mas Doña Salomé huele el susto. Ve que las tres urracas siguen fijas en sus pies, pero muertas de miedo. Doña Salomé se sube la falda con sus manos callosas y oscuras. Toma impulso pendiente arriba, hacia la cabaña improvisada que corona el terreno. Las comadres adivinan las intenciones tras el gesto. Dudan un segundo. Es muy largo un segundo. Las comadres huyen de la furia de Doña Salomé. No abandonan su pose dramática. Pero huyen. Huyen de la promesa de su cuchilla afilada, de su mal humor, de sus manos fuertes, del terreno que han venido a reclamar.

Salomé las ve alejarse con el rabillo del ojo, nota cómo se van de lado, cómo topan una con la otra y se doblan los pies en los hoyos del camino, “casi en corretiza que se van jijasdelachingada.” Pero la doña conserva el impulso, la actitud, la falda recogida sobre sus tobillos de hombre de campo… de mujer de campo. Ha dicho una mentira. No hay navaja afilada del otro lado de su puerta. Del otro lado sólo está la posibilidad de tragar en seco y dejar que corran el par de lágrimas de impotencia que han venido a atizar las otras con su altanería.

“¿Quién chingados es ese julano Don Orestes?,” quiere saber. “¿Quién chingados es el jijo de su madre que mandó a este trío de guajolotes blancos a amenazarme?” Ahora la doña llora. Sabe que más pronto que tarde le colgarán un muerto en el patio y tendrá que abandonar otra vez su terrenito. También con una advertencia comenzó su desgracia en Texcoco.

 

© All rights reserved Dainerys Machado Vento

Dainerys Machado Vento es escritora, periodista e investigadora literaria. Estudia su doctorado en Lenguas y Literatura en la Universidad de Miami y es editora del volumen Viajo siempre con la isla en peso. Entrevistas al director teatral cubano Alberto Sarraín (CTDA/Alarcos, 2019). @dainerys_mv

Leave a Reply