DENTELLADA. Giovanna Rivero

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El sonido de las tablas de los skaters al raspar la acera de enfrente lo estaba matando. Sabía que era inútil llamar a la Policía porque la ciudad era literalmente tierra de nadie y porque, en todo caso, ese grupo interracial de yonkis no tenía la culpa de su irrevocable migraña. Quizás debía tomar otro analgésico con un digestivo o alguna sal de frutas. Las aspirinas matinales lo aliviaban apenas por un par de horas y le agriaban el estómago, y luego volvía el martilleo, la presión en la corteza cerebral y ese asco indescriptible a la luz. La luz le producía náuseas.

Sin embargo, tenía que permanecer con las persianas descorridas porque en cualquier momento podía llegar algún funcionario de la Oficina de Urbanidad del Condado para la revisión mensual y quería que la sala se viera iluminada, limpia; un modo de compensar lo poco que había hecho por reparar la casa. El contrato que había firmado para habitar aquella cabaña en comodato le exigía sólo dos cosas: que la mantuviera en buenas condiciones y que escribiera en el blog de la Municipalidad, “Write a House”, donde otro puñado de vecinos también narraban la ciudad, describían sus ruinas todavía frescas y los extensos cementerios de vehículos, el lento transcurrir de los días, la belleza irónica del templo satánico en la calle Winthrop, el resplandor constante en las noches, que brotaba de cualquier esquina, como si en lugar de una sociedad, lo que hubiera en Detroit fuera un mundo de tribus.

Álvaro no había hecho nada de lo que exigía el contrato. O sólo lo indispensable para no desarrollar algún cáncer activado por el esmalte con base de plomo que originalmente cubría las paredes. Con una lija él había terminado de descascarar los pellejos de esa antigua pintura y la había reemplazado con un gris claro, previendo sus migrañas. Pero no se había ocupado del piso, de modo que el linóleo permanecía con esas breves ondulaciones de humedad, como si un sismo discreto se hubiera detenido por obra de algún poder superior, una matrix a la que él, de pura desidia intelectual, también llamaba “Dios”, como gran parte de Occidente.

Tampoco había escrito nada en el blog municipal. Y no podía culpar a esa fuerza que lo atacaba desde la base del cerebro y avanzaba hacia las sienes con su resonancia de sangre. Si estaba allí, intentando recomenzar una vida en esa ciudad residual, era justamente porque no había encontrado otro lugar sobre la faz del planeta, un lugar que le pacificara esa sensación de estafa que lo acompañaba como un Gran Hermano. Si Lucy lo viera en el centro de esa sala vintage, nauseabundo de luz como un vampiro vulgar, todavía empantanado, a merced de esa anomia irremontable, seguramente comenzaría a darle la razón: él nunca había sido un escritor. El único libro que había publicado, Óxido, un volumen de ocho cuentos reunidos con mucho esfuerzo, era eso: un esfuerzo doloroso, el forzamiento de un deseo que se disfrazaba de escritura, pero que quizás sólo era la necesidad básica de justificar su existencia de algún modo. La propia Lucy subrayaba eso, que la escritura era suficiente para justificar una existencia. Y cuando él le decía que se sentía un impostor, que había pasado ya un tiempo peligroso entre la publicación de Óxido y sus inmensos problemas económicos, Lucy insistía como una loca en que esa espera sin consuelo era la semilla más hermosa que un escritor podía cultivar. ¿O acaso nunca había escuchado de Job, el que espera en la desesperación?

Fue ella, Lucy, la que llenó las aplicaciones para “Write a House”. Lo hizo con un lapicero de tinta violeta porque Lucy era un nido de supersticiones y creía que el violeta era el color de la transmutación. Él no fue capaz de atrincherarse en su único argumento: dos de los cinco años que había pasado en España había sobrevivido como un okupa más, porque en eso se había terminado convirtiendo cuando se acabó la beca y se agarró con uñas y dientes al minúsculo piso que alquilaba en un extrarradio. De modo que allí estaba otra vez, mendigando. Joder. Lucy lo alcanzaría en seis meses, cuando terminara de producir el ciclo de documentales para cuya realización contaba con jugosos fondos de la ONU. Filmaría tres historias −y Álvaro ni siquiera llegaba a sentir un atisbo de envidia por ello; era tal su desolación−: una sobre una comunidad de menonitas en el Oriente boliviano, en la que había sucedido un sinnúmero de inexplicables violaciones (cómo se encendía de ira Lucy ideando el potencial guion para organizar fílmicamente aquel drama); otra sobre las recientes desapariciones de vagabundos o borrachines que, según el rumor popular, eran arrojados como ofrendas a una deidad andina −la “Pachamama”, le había dicho Lucy con familiaridad, como si hablara de una tía legendaria con fama de médium−, y es que si alguien osaba levantar una obra, había que entregar un sacrificio orgánico a los cimientos tiernos de esa obra, algo con que alimentar las fauces de la tierra lastimada; y por último estaba el relato más delirante, el de un vampiro capaz de sobrevivir a todas las edades incaicas y que acechaba a los trasnochadores para succionarles la grasa del cuerpo –el “Kari-Kari”, le había dicho Lucy casi con morbo o alegría, quizás porque ni ella misma terminaba de creerse semejante mito−. Esa gente succionada sobrevivía unos cuantos días sin entender a qué se debía tremendo desgano. Luego fallecían por “causas naturales” y el crimen cultural quedaba impune. A Álvaro no le atrajo ninguna de esas leyendas. Sin embargo, pudo imaginarlas en la cámara de Lucy, anticiparse al modo en que ella se acercaría con la pericia de un ciborg al mundo material para tomar de esa superficie algo más.

Lucy visitaría cada vórtice de locura de su propio país para filmar esas historias excesivas. Quizás Álvaro debería haber ido con ella, alimentarse de la mirada de Lucy y sus búsquedas sedientas. Contemplar, incluso, por qué no, la posibilidad de vivir en el país de Lucy, aunque ella insistiera en que no estaba dispuesta a testificar dos veces la caída de un imperio. Y no era ni una pizca de irónica cuando decía eso. Álvaro, en cambio, le había vendido su alma al municipio de Detroit, y su estilo minimalista, alguna que otra vez celebrado por esporádicas reseñas, se reducía cada día más, hasta casi perder la conexión con las palabras. Sólo ideas causándole migrañas.

Habían pasado ya cinco meses y Álvaro se sentía en el mismo punto de antes. O peor. Las migrañas se habían intensificado y la inspiración, o lo que fuera que impele a alguien a zambullirse en la narración de mundos inexistentes, lo había abandonado por completo. Volvía como un sectario a Lord Byron y, aunque no se daba el trabajo de interpretar nada, encontraba consuelo, y hasta cierta pasión, en la lectura en voz alta, igual que esos vendedores de religión que invaden los desayunos de los domingos. Imaginaba un auditorio de niños y leía: “Entonces, ¿quién es el demonio? El que no dejaría que viviera, o el que hubiera hecho que viviera para siempre, en la alegría y el poder del conocimiento?”. Imaginaba los aplausos entusiastas de los niños y entonces la migraña embestía una vez más.

Lucy se había quedado muchas veces contemplándolo sin decir nada, sin contar supersticiones bolivianas ni emitir consejos sacados de desideratas. Álvaro sentía que había un insoportable matiz de lástima en esa contemplación. Pero tampoco la culpaba. “Mi amado zombi”, le decía ella en broma cuando, después del sexo, Álvaro se sumía en un silencio sereno.  Él le había expuesto su teoría, que en realidad no era nada, ni siquiera la célula procariota de un relato: los zombis no cooptaban cuerpos por contagio, con una mordida en la que anida una bacteria que luego devorará el cerebro. Los zombis, había concluido Álvaro, eran un advenimiento interior, gradual. Una madrugada o una tarde te dabas cuenta de que no había nada allí, adentro, en el corazón o en el alma (estas categorías lo perturbaban sobremanera), y era tan pesada esa soledad, que ya sólo te quedaba respirar por puro reflejo.

Como lo hacía ahora, mirando a los yonkis que reían con una felicidad sin ambiciones mientras friccionaban el asfalto con las ruedas de sus tablas. El planeta entero era un vidrio biselado rajándose. ¡Malditos White trash!, farfulló, pero se corrigió de inmediato. Ya no estaba en el Sur y los pocos seres humanos con los que tenía contacto en Detroit eran afroamericanos y, en realidad, parecían sentirse orgullosos, a pesar de todo, de ser dueños de una ciudad completa, en una redención sorpresiva de la historia. Habían instalado un ipod a un parlante y la música electrónica se propagaba con extravagancia en esa calle desolada. Y las risas. Podía ver el fuego que emanaba de sus risas y que levantaba llamas en el asfalto, una y otra vez, aun con ese cielo terrible cuajado de nieve. No parecían enterarse de que a todas estas, la temperatura se humillaba en los 20 grados Fahrenheit.  Quizás, cuando por fin nevara, la tensión en las sienes se le disiparía.

Necesitaba calmarse. No quería darle una mala impresión al oficial del Condado. Tenía listo un buen speech: había estado caminando por las calles de Detroit para sentir su vibración. Un escritor tiene que sentir la vibración de las cosas antes de sentarse a escribir sobre ellas, ¿sabe? Y Detroit está plagado de fantasmas. Porque los fantasmas, usted debe saberlo bien, no sólo son ectoplasmas de organismos ya difuntos que alguien puede convocar, sino expresión sensible de toda la materia. A él, en particular, le interesaba desarrollar una narrativa sobre los fantasmas de los edificios y los autos y todos los metales que habían ido muriéndose en esa ciudad post-industrial. Sólo bastaba echarle un vistazo al panteón de piezas automotrices que se bronceaban bajo el sol para conectarse con los vectores de energía que un día habían accionado el mundo. Él podía imaginar cada movimiento mecánico de esos objetos, pobres objetos, tomando del caos de la vida sus posibilidades: la fuerza, la velocidad, el impulso, el empuje, la inercia, la curva, la desaceleración, la masa contrayéndose por colisión con la masa enemiga, fundiéndose en ella. ¿Quién sentía pena por esos cadáveres de metal?

Álvaro miró el viejo reloj cucú al que nunca le había dado cuerda y que, sin embargo, marcaba la hora con una precisión impecable. El oficial dijo que llegaría en cualquier momento antes del atardecer. Álvaro se sentó en el sofá de cuero color oliva que había comprado en el Ejército de Salvación junto a un antiguo tocadiscos, algunos long play de Tina Turner y una lámpara que emitía una luz delicada, considerada. Apoyó la cabeza y abrió la boca como si estuviera en una consulta odontológica. Había leído que tomar grandes bocanadas de aire mejoraba la irrigación cerebral. Estuvo así un par de minutos, pero sólo consiguió sentirse profundamente cansado, envejecido.

Los yonkis habían comenzado a elevar la voz. Álvaro aguzó el oído. Las risas se habían trastornado y ahora eran frases sueltas, radiantes de violencia: “Choke on your fucking semen, you motherfucker!”, chillaba una voz femenina. La respuesta fue una risotada cruel y, de fondo, risas cortas de ese público plebeyo y el ladrido de un perro. Álvaro se incorporó y sintió el esófago seco por todo el aire que había inspirado. Aire frío, ya que a todas estas, tampoco había reparado el sistema de calefacción de la cabaña y se las arreglaba con un calefactor pequeño que le elevaba la factura de electricidad a cifras impensables. Esa maldita ciudad se suicidaba una y otra vez con sus desplantes económicos.

Álvaro fue hasta la cocina, desde donde tenía una mejor vista, y entrecerró los ojos para que la luz de esa tarde fría no le acuchillara las córneas. Una muchacha negra con las cejas y el pelo teñido de un rubio casi blanco, se balanceaba sobre su tabla colorada meciendo su cuerpo con movimientos casi imperceptibles. Álvaro se maravilló ante semejante habilidad. La chica tenía que tener un total control de sus caderas y sus pies para no caerse de culo. Sólo en los dibujos animados había visto esa escena, y aquella muchacha, a pesar de su aspecto futurista, era de carne y hueso y estaba furiosa.

¿Tú me llamas a mí “homeless”? ¿Tú, que tienes tu guarida en la Estación Central y no sabes lo que es cagar en un baño con agua corriente?, lo increpaba la chica, todavía meciéndose en su tabla como si su ira y el dominio de sus músculos fueran dos asuntos totalmente independientes.

El tipo al que la chica desafiaba era alto, flaco, y una breve joroba le daba un toque de fragilidad que invitaban a ponerse de su parte. Pero luego le mirabas la cara, la nariz algo chata, los pómulos altos, el derecho surcado por algo que parecía una cicatriz, aunque quizás sólo era un tatuaje −Álvaro no tenía cómo saberlo desde esa distancia−, y el conjunto te disuadía. Había demasiadas abolladuras en ese rostro y poca actitud para hacer frente al ultraje de la chica.

Fuiste tú el que me pegó SIDA, ¿entiendes, pedazo de mierda?, gritaba la chica. Fuiste tú y nadie más, porque yo no soy una de tus putitas, señor-graffitero-de-genitales. Oh, sí, porque no vayas a creer ni por un segundo que nadie sabe de tus vicios. Tomas el spray y pintas esos obsesivos pussies en las paredes de la estación ¡y te atreves a llamarlos “arte”! ¡Ahora llevo esa cosa, tu sucia sangre, en todas mis venas, maldito seas, Rotten Johnny!

El perro, un pit bull blanco, había tomado posición cerca del muchacho y ladraba con insistencia en dirección a la chica. Pero ella parecía no temer que el animal se le abalanzara, que le arrancara una de sus pulposas mejillas, por Dios. Vociferaba con el mismo impulso canino que aquel perro, cuyo pelaje brillante contrastaba con toda esa decadencia. Álvaro concluyó que ella era una diosa del skateboard, y pensó que quizás el virus era nuevo en su cuerpo, pues no había atisbos de debilidad en nada de ella. Estaba llena de electricidad y su voz seguramente podía escucharse en todo ese barrio ruinoso de Detroit. Podría decirse, más bien, que el SIDA hablaba a través de ella y la convertía en una predicadora de vida, una criatura visitada por la gracia. ¿Y si todo era un montaje de la Municipalidad para activar la jodida inspiración de los ingenuos que habían firmado el pacto “Write a House” y que ahora le parecía una condena de muerte? Creer que esa gran fosa de casas abandonadas y antiquísimos Chrysler convertidos en nidos de ratas podrían resucitar por obra y gracia de la escritura, de la ficción, de un poema o cualquier solitaria palabra −herrumbre− era ridículo e insensato. Detroit había convocado gente sólo para aumentar su nivel impositivo y él había caído en la trampa. Pero que se jodieran, pues seguía tan desempleado como antes y el dinero que Lucy le había cedido, porque le tenía una fe que iba en contra de todos sus principios feministas y sociológicos, ya se agotaba.

Con la cabeza que le explotaba, Álvaro se sirvió un vaso de agua, miró el reloj y maldijo al oficial. Los gritos de la chica ya no eran tan exuberantes, probablemente porque ahora el acusado había decidido defenderse. A pesar de la bomba de tiempo que le ocupaba el cráneo, Álvaro prestó atención a lo que el culpable necesitaba declarar. Estas cosas, más que los aparatosos conflictos culturales tan plagados de simbología, era lo que conseguía espabilarlo. Me dices, te digo, me dices, te digo… Para Álvaro, en esa batalla de las palabras intentando formular una posición, el lugar que cada uno ocupa en la vida, uno se reconocía como persona.

No pudo entender nada de lo que el muchacho decía con una voz porosa, como atravesada por un fuerte viento. Volvió a su ángulo en la ventana y, aunque la luz ya no era tan clara, la reverberación de las paredes mantenidas con cal le horadó las retinas. El muchacho se había calado un sombrero de copa totalmente anacrónico, que le daba un aire perturbador, malicioso. Es cierto que respondía a las acusaciones de la chica, pero lo hacía en un idioma que Álvaro no podía identificar. ¿Sería una jerga negra? ¿Un lenguaje de pandillas? ¿Qué sentido tenía una pandilla en esa ciudad postmortem? Era jodido no poder comprender, no sólo las palabras, sino todo. Las pequeñas escenas de cada día, las peleas callejeras. ¿De qué, pues, estaba hecho el mundo? Álvaro se sintió expulsado de algo, tal vez de una narrativa, y esa angustia le estranguló aun más lo que él imaginaba como una saludable irrigación sanguínea.

Volvió al sofá y tomó una decisión rápida: le diría al oficial del Condado que incumpliría su compromiso. Él no quería escribir sobre ciudades extintas ni sobre la inercia fantasmal de autos-fósiles ni sobre el templo satánico que parecía ser lo único vivo en esa ciudad de nombre francés y que irremediablemente se asemejaba a “detritus”. Se iba.

La breve liberación que esta idea le produjo le mostró su reverso en un instante: “en ese caso, páguenos los meses de renta correspondientes a su estadía aquí, durante la cual, como cualquiera puede probarlo, usted no ha reparado absolutamente nada”.

Renta. Deuda. Comodato. Refacción. Ruina. Las palabras eran golpes, lo dejaban magullado como a un boxeador que hubiera perdido la práctica. Necesitaba salir a caminar. Meterse en un sitio donde la promesa del presente fuera real. El Museo de Motown, por ejemplo, vaya paradoja. Ojalá el oficial del Condado llegara pronto, hiciera su informe y se largara. Le prometería que en su próxima visita tendría que dar fe de cómo esa cabaña había resurgido de sus cenizas, ¿no era ese el destino y la semilla de la ciudad? Cenizas. Le diría que hasta el sótano sería un lugar habitable y no un “socavón de angustia”, como Lucy se refería a los estremecedores cuartos subterráneos que la arquitectura gringa profesaba con fanatismo. Pero ahora sólo quería salir y alejarse de su propio cementerio en comodato y del carnaval que había armado esa gente justo enfrente de su casa.

Los ladridos del perro se escuchaban más cerca. Que por lo menos callaran a esa bestia.

Esta vez Álvaro se dirigió a la puerta principal de la casa y se atrevió a abrirla. Recibió lo que ya era una oscuridad blanca, los primeros copos de nieve, y deseó que ese desahogo de la atmósfera desactivara también la bomba que llevaba en la cabeza. No tuvo tiempo de cerrarla antes de que el perro, que estaba a sólo un par de metros de él, adviniera como un demonio, las fauces abiertas, y esa voluntad animal que era exactamente lo opuesto a la psicosis pálida de Álvaro.

Sintió el empellón en el pecho y la dentellada en la clavícula como una quemadura. Tuvo tiempo de pensar en que sólo una descarga así podía aniquilar la presión insostenible en la cabeza. Ahora sólo sentía la mole del perro zarandeándolo como a un pollo. No podía saber si atinaba a defenderse, si había buscado con las manos las fauces del animal para sacárselo de encima o si, más bien, se había entregado a esa paliza vital casi agradecido de que por fin algo le ocurriera. Algo que le ocurriera a él, a Álvaro, de forma especial. Escuchó que la chica antigravedad chillaba “Stop! Get off him! Oh, my God, get off him!”. Y escuchó el idioma desconocido del tal Rotten Johnny y todavía pudo reconocer su absurdo sombrero de copa y la música electrónica que brotaba del ipod. Y vio la cara de Lucy tiñéndose de sangre, pero era su propia sangre, que lo teñía todo, las palabras, las últimas imágenes, los flamantes copos de nieve. ‘Entonces, ¿quién es el demonio?”, le pareció que el muchacho gritaba en su idioma extraño, aunque no pudo distinguir si le gritaba a él o a su propio perro, porque algo sí quedaba claro en medio de eso que le estaba ocurriendo −el pit bull ahora ocupado en su cuero cabelludo−: el muchacho era el amo de todo.

Relato publicado en Nagari 5 edición impresa

© All rights reserved Giovanna Rivero

Giovanna Rivero (Bolivia, 1972). Ha publicado los libros de cuentos: Contraluna (2005), Sangre Dulce (2006), Niñas y detectives (Bartleby, 2009) y Para comerte mejor (Sudaquia, 2015; El Cuervo, 2016); los libros de cuentos para niños: La dueña de nuestros sueños (2002, 2010) y Lo más oscuro del bosque (2015); y las novelas Las camaleonas (2001), Tukzon (2008), y 98 segundos sin sombra (Caballo de Troya, 2014; Random House Argentina, El Cuervo 2016). Sus cuentos han sido incluidos en numerosas antologías en diversos idiomas.

En 2011 fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 Secretos Literarios Mejor Guardados de América Latina”. Obtuvo un doctorado en literatura latinoamericana en University of Florida, en 2015. Con su cuento “Albúmina” obtuvo el prestigioso premio internacional de cuento Cosecha Eñe 2015.

twitter: @giovannarivero1 

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