De terra Brasilis    [Otro fragmento]. Héctor Manuel Gutiérrez

 

I

 

 Tristeza não tem fim felicidade, sim.

Vinicius de Moraes-Antonio Carlos Jobin

 

Porque hay veces en que ya no hay ganas, se deja de tocar las estrellas, nadie se hace eco de tus liviandades. Por el contrario, se reproducen los críticos, aquellos cuya mayor preocupación es encontrar defectos. Se hunde uno en las nubes, se eleva en los ríos, sin saber qué hacer: si estrenar un pasado o tragarse un cilicio, convertirse en molusco y acomodarse en sus propias consecuencias acompañado de enjutos suspiros.

 

Recuerdo las ocasiones en que veía sin mirar, me sentaba estático, en silencio, sin ocurrírseme un sema o una idea siquiera. Mi lira no exprimía sino gotas discordantes.  Se devuelven, por asociación, las imágenes de otras ciudades, mis caminatas por avenidas calurosas y solitarias que se movían hacia atrás con desgano, mientras la tierra me empujaba, me machacaba las plantas de los pies, o me los apretujaba, como combatiendo las toneladas que las suelas de mis zapatos depositaban con paso de gigante aburrido.

 

No se olvidan los acerbos comentarios de sobremesa, ya cotidianos…tampoco los soles opacos de Seattle, la nieve-lodo de Nueva York…la impuesta planicie de Miami y en ella el paso de conductores y pasajeros que en cada luz roja con negros anulares extraen una polvoreada solidez de las narices… el carro en su circular instinto siguiendo su memorizada rutina, desde y hacia, planchando perros calientes y gatos ahumados que se fríen en el asfalto. ¿Cuántas veces no me tragué un deseo, o me asfixió una frase?  ¡Cuántas veces no amanecí con un obituario en la frente, o me asaltaron en una inesperada esquina, las “trovas fascinantes” de Donato Poveda, Noel Nicola, Alberto Tosca, Liuba María Hebia, Santiago Feliú, Carlos Varela!  Símiles vigentes dentro y fuera de la isla.  Estrofas que tocan salidas, evocan inasibles puertas y ventanas.  No aluden precisamente a deudas o contratos, pero sí hablan en términos ridículamente primarios, con recursos sur-realísticamente primitivos.  ¿Quién dijo que faltan acosos?

 

Pero de pronto algo me golpea.  Se me abre el verso y siento que un poema es, en la pre-génesis, una inquietud, un escozor. Es algo que corre o navega por un extraño océano, cuyas corrientes no son más que metáforas en reverso, morfemas invertidos que esperan un recodo, un giro o un cobijo. ¿Se puede llamar flujo poético? Reinicio entonces la búsqueda del sabio.  Aquella que empecé a temprana edad y que perdí o no me importó en la pubertad.  Sé que incesantemente he de reciprocar lo que recibo, que no es poco:

“Yo trabajo y trabajo,
debo substituir
tantos olvidos,
llenar de pan las tinieblas,
fundar otra vez la esperanza.”

 

Me sobreviene entonces un chaleco de mimesis, me regodeo en otros poetas, creo creerme uno del grupo y me entra una sensación de no regreso. Como un Pierrot, se me antoja a la vez estar  plácida y angustiosamente incursionando al otro lado de la realidad.  Me veo empapado por una intensa lluvia de estímulos, hirviéndome en un extraño conocimiento de percepciones que me urge transmitir “no pido nada a cambio”.  Me conformo con lo mínimo. Me conforta la libertad escondida tras las cosas. Se manifiesta, sin esfuerzo, una eliminación de trabas, un desanclar de almas, un alud de quisquillosas moléculas.  Veo las cosas de detrás, de dentro, de acá. Lo que parecía remoto se acerca, lo lejano se aleja.  La transmutación es ya inevitable.  Y así me da por recordar la pesadilla del hotel, en donde yo era el vestíbulo por el que pasaban despiadadas las gentes.  No falta la del “piso 18” que, de acuerdo con el conserje, nunca existió.  Ni la del que era yo el vacuno dueño del ojo de Buñuel.  Se impone también la del ascensor, donde varado, me convertí en celda sartriana, mi cerebro cansado ya de tantos intentos de escape.  Noto que en raros casos los sueños son menos reales que la cotidianidad.   Y me empiezan a nacer preguntas locas en la médula, en la cutícula y en los poros ahora abiertos: ¿por qué la atracción de lo prohibido, que como cola de escorpión, simultáneamente te llama y te amedrenta?  ¿Por qué se puede decir “mi vida” y no “mi muerte”?

 

En fin, ¿qué más puedo hacer? ¿Enfrascarme en un texto erótico, aquel que, según Cabrera Infante, se lee con una sola mano? No; el producto tendría que estar exento de nimiedades existenciales, tendría que cumplir una función de mayor trascendencia: “En mi sucesivo despertar, renuevo y pulo mi voz, mi canto y mi sentimiento. Aceito los medios disponibles en mi tarea”. ¡A celebrar las pequeñeces, a desmitificar las grandezas, a cotizar! ¡A iniciar un choteo de presentes, pretéritos perfectos e imperfectos, de singulares plurales, de esdrújulos monosílabos que sonaron bien y caen simpáticos!

“Mientras los otros se sumergen
en la pereza, en el amor,
yo estoy limpiando mi campana,
mi corazón, mis herramientas.”

 

Lejos, frente a la cáscara de las cosas, más acá de su dermis engañadora, quedaban la rigidez de la gramática, los maestros que odian la prosa, los colegas que no me creen poeta, y los amigos enemigos de mis preferencias sintácticas.  Allá quedaba una mujer que, llena de celos horizontales, me acusa de miope, ladrón de cronos semánticos y creador de etimológicas infidelidades. Se empecinan en buscar al yo que escondo o se esconde.  Cuestionan obsequios de albergue y pociones de alimento a mis personajes, resienten el cohabitar con mi afición.  No importa.  Reales o irreales, a cada uno escuché.  De todos aprendí.

 

                                              IV

 

 

A Bahia tem um jeito, Que nenhuma terra tem!

Dorival Caymmi

 

Encuentro a Jorge Amado caminando las empinadas aceras de Cidade Alta.  Es el alcalde que conoce los sudores del puerto, los amores de sus balcones, las orgías febrerinas, las viejas casas de Pelourinho cromadas de comestibles: mantecado napolitano, almendra, menta, lima, leche de coco. Va deliberadamente desnudo de noticias, ávido de voces, eludiendo comités de fallidas éticas… a sus obligaciones.  Se mueve como una esponja, con la majestuosidad del Ova, Gran Maestro de candomblé, protegido de los Orixás, cazando figuras, vaciando lunas, absorbiendo causalidades que luego se convertirán en descriptibles y sensuales fórmulas que funcionan: Bahia de Todos os Santos, Dona Flor e Seus Dois Maridos, Gabriela, cravo e canela y Tieta do Agreste. Como él, me aúno en entidades mágicas en busca de un tropo.  Afortunadamente para él y para mí, no sólo abundaban, sino que se ofrecían, con la exclusividad de las orquídeas, como adivinando que tarde o temprano los usaría a mi antojo: yo beneficiándome con la regalía, ellos contentándose con la liberación.

 

La tarjeta postal que había recibido anunciaba ya otro inminente período, que es como decir un punto acorralado entre dos sentencias, rico en creatividad, largo silencio de cementerio, un aporte a mis frecuentes cuarentenas. Allí se respiraba el legado de expediciones lusitanas. Se engullían melodías sazonadas por siglos de especias.  Se complacía una comunidad otrora europea y dominante, esclava o africana, republicana o monárquica, capitalina o provincial, ahora mestizamente baiana, donde la negritud es ideología y lo criollo canto.

 

Llamaba inmediatamente la atención un perenne bronceado de irresistibles olivos y bermejos que se repetía en instancias cada vez más hermosas: circonios y topacios fundidos. Parecía respirarse constantemente una declaración metafísica de sagrado hedonismo, de sutil perversidad: Eu falo o Eu sinto, logo existo.  Los ingredientes estaban ante mí: una excitante tranquilidad, una melancolía en euforia, un éxtasis en calma, en fin, una saudade inefable y necesaria.  ¡Cuánta lozanía!  Las antinomias son mi postre.  Al fondo, la voz de Dorival Caymmi inyectaba un cromatismo descendiente que, sumergido en acordes menores, chapoteaba intimismos. La melodía endulzaba las ventanas como una cortina lograda en fino algodón playero, confabulándose con un sol en gestación que pronto bañaría las fachadas coloniales de una ciudad que canta y encanta. La brisa que se colaba y armonizaba con la música, como el simbiótico mar, me transmitía sus ondulados movimientos, con olas haraganas y espesas.  Se toman su tiempo, coquetean, antes de acariciar los granos morenos que dibujan la playa.  Emiten señales mezcladas con una meliflua brisa que me peina los vellos y almidona mis sábanas.

 

En mi retorno también me despierta, suave y paulatinamente, el susurro de las duchas mañaneras de los que se preparan para el diario quehacer. Me imagino entonces otros trajines, diferentes horarios y extraños ambientes laborales, bajas compensaciones.  Quizás los mismos aseos diurnos y nocturnos. Pero me niego a concentrarme en detalles tan prosaicos. El concierto tenía un toque distintivo, no el de la ciudad en que resido, donde siempre acechan alambres y móviles, autopistas de información y malas noticias.  Al contrario: palpo un diálogo de tradiciones, un continuo compra y venta de gestos relajados, pueblerinos si se quiere, pero cómodos, como un baile que no necesita ensayo.  Vienen de otras habitaciones, amplificadas por las antiguas tuberías que alimentan el centenario edificio donde pernoctaba, como venas metálicas, cual pipas de órgano barroco portugués empatadas con flautas de bambú del Dahomey. Todavía en cama, me convido pensativo. Mejor o peor, pero ya todo me parecerá distinto. Pasó la sequedad.  Quedó la sal respirable en el espontáneo coito de húmedos oxígenos e hidrógenos.  Ya no seré el mismo.  Ni lo querré ser.

 

La falda compartida de las montañas moría armoniosamente en los linderos de la mulata ciudad, con su peculiar redondez equilibrada y con olor a timbre de tambores que preñan con melaza el zumo del café recién liberado.

 

En Pelourinho las angostas calles huelen a batido de marañón, dulce de jengibre y quimbombó que resbala en aceite de dendê. Más abajo, como en milenios anteriores, la bahía, sonriente, se deja penetrar.

© All rights reserved  Héctor Manuel Gutiérrez

Héctor Manuel Gutiérrez, Miami, ha realizado trabajos de investigación periodística y contribuido con poemas, ensayos, cuentos y prosa poética para Latin Beat Magazine, Latino Stuff Review, Nagari, Poetas y Escritores Miami, Signum Nous, Suburbano, Ekatombe, Eka Magazine, y Nomenclatura, de la Universidad de Kentucky. Ha sido reportero independiente para los servicios de “Enfoque Nacional”, “Panorama Hispano” y “Latin American News Service” en la cadena difusora Radio Pública Nacional [NPR]. Funge como lector oficial y consultor de la división Exámenes de Colocación Avanzada en Literatura y Cultura Hispánicas en College Board. Es también consultor para el Banco de Evaluaciones Interinas y Exámenes del Departamento de Educación de la Florida. Cursó estudios de lenguas romances y música en City University of New York [CUNY]. Obtuvo su maestría en español y doctorado en filosofía y letras de la Universidad Internacional de la Florida [FIU]. Creador de un sub-género literario que llama cuarentenas, es autor de los libros CUARENTENAS, Authorhouse, marzo de 2011 y CUARENTENAS: SEGUNDA EDICIÓN, Authorhouse, agosto de 2015. Les da los toques finales a dos próximos libros: AUTORÍA: ENSAYOS AL REVERSO, colección de ensayos con temas diversos, y LA UTOPÍA INTERIOR, estudio analítico de la ensayística de Ernesto Sábato.

 

Leave a Reply