CUATRO LETRAS. Mario Capasso

Y sí, no me fue posible evitarlo. Luego de mucho tiempo de esquivar el bulto, sucedió finalmente una noche, cuando ella entró con todo derecho a la habitación y me gritó al oído lo que pensaba de mí.

Una semana, o poco más, había pasado desde el momento en que nos conocimos en las circunstancias más asombrosas teniendo en cuenta mi origen y mis hábitos. El encuentro ocurrió en un departamento de un Buenos Aires en el que yo estaba dando mis primeros pasos y en el que se celebraba una especie de reunión social de algún tipo. Enseguida descubrí que se trataba de un enfrentamiento entre los dos sexos. Yo había caído allí por error.

Lo concreto es que ni bien toqué el timbre me vi metido dentro del barullo, del descontrol generalizado, con una copa que desbordaba en mi mano y bailando o algo por el estilo con Isabel, que así se llama la que días más tarde entraría en la habitación para gritarme al oído lo que pensaba de mí. En ese momento reía a carcajadas.

Y acá sí, sí que en verdad empezó el asunto y no, no antes porque contestando a una de sus preguntas le dije que sí, sí que era de Géminis tal como ella había arriesgado y que no, no había estado nunca ahí y que sí, sí me gustaba el departamento y no, no conocía ni de vista al Lito Branca y que sí, sí me gustaría conocerlo ya que según me había parecido escuchar era el anfitrión y que no, yo no había sido invitado y que sí, sí que lo veía sentado en el taburete del bar y que no, no te lo puedo presentar ahora, dijo Isabel y que sí, contesté yo, sí que ya lo veía cómo trepaba por la escalera y no se detenía y sí avanzaba detrás de una señorita que sí iba adelante y moviéndose toda parecía amenazar con un no rotundo y quitándose la blusa prometía más bien que sí.

Y no, no le pude seguir el ritmo a Isabel. La verdad. Ella sí que bebía y bailaba y fumaba y reía y actuaba como yo no había visto actuar a mujer alguna y como si jamás en la vida hubiera hecho otra cosa y no era nada más que lo parecía, no, para nada, y ya en el sillón sí, sí que al menos dejó de bailar aunque no, no de moverse y todo lo demás, y sí se acercaba y sí me acariciaba justo a mí que no. Yo sí me esforzaba por no, por no decirle que sí, que sí había visto medio de refilón una mancha en la alfombra o que las cortinas parecían no estar del todo limpias o que las plantas sí que eran bellas aunque tal vez no se adecuaban al ambiente, y también miraba los pantalones yendo y viniendo y abultándose y en algunos casos decidía que sí, sí me gustaban aunque decididamente otros no, no hacían el juego preciso con la camisa y ella que insistía en que sí, sí que yo la volvía loca de remate y sí se me trepaba e intentaba besarme y yo no tenía otro remedio que cubrirme bebiendo y bebiendo hasta perder el sentido de las cosas de alrededor hasta que al final sí, sí que sucumbí al embate de sus arrebatadores encantos, y me dormí. Sí.

Aunque tal vez convendría arriesgar a decir que no, que la historia no comenzó en realidad durante la fiesta en el departamento sino que sí, sí comenzó en un vagón del tren que no, no paró desde Rosario hasta Retiro pero en el que sí, sí había compartido el asiento con un hombre que no, no pareció prestarme atención hasta que sí, sí que me la prestó cuando dijo no, no me mirés más por favor y yo le contesté que sí, sí con la cabeza pero no con el pensamiento y él entonces sí pareció distraerse en otra cosa y olvidarme aunque yo no, no lo pude evitar y sí lo seguí mirando aunque ya no con la insistencia de antes y al llegar sí, sí que lo seguí un tramo por el andén hasta que al fin me dije que no, ya basta de tonterías, cuando sí se encontró con una mujer que al principio parecía que no, no lo quería demasiado, pero luego tuve que reconocer que sí, sí que lo quería porque lo abrazaba y entre lágrimas y grititos lo besaba pese a que los dos pibes que estaban con ella no se parecían al hombre, o sí se le parecían, no sé.

Pero tal vez no, la historia no comenzó tampoco ahí, sino un tiempo antes todavía en Rosario, cuando sí, sí que me presenté en la fábrica nueva, que ya había empleado a varios de mis amigos y ahí nomás me dijeron que no, no había más vacantes aunque luego sí, sí que las hubo para otros, pero no, no para mí, y entonces sí, sí que todo pareció terminar y entonces decidí bajar a Buenos Aires y no, no me encontré con la oposición de mi padre pero sí, sí con la de mi madre que no, no me había abandonado nunca y que sí, sí que siempre me había querido pero mi padre no, no me había aceptado jamás y sí, que me fuera nomás porque él no, no iba a cambiar su opinión sobre mí que sí, sí que ya estaba haciendo las valijas y no, no me importaba nada de mi madre que sí, sí se lamentaba y andaba muy triste por la casa, ni de mi padre que no, ni siquiera un poco, y al final sí que me fui de Rosario.

O a lo mejor no, quién sabe, a lo mejor todo este asunto tampoco empezó en esa instancia de mi vida, sino cuando a los dieciocho todavía no me había afeitado ni una vez y me sortearon para la colimba y sí, sí saqué número bajo, el 40 para ser exactos pero no, nadie creyó esta versión y sí se mantuvieron en sus dichos que no, no respetaban la verdad de lo sucedido pero que sí, sí me hirieron por no, no ser veraces aunque sí o en definitiva no, en el fondo no cambiaba nada porque sí, sí era verdad que me había salvado aunque no, no tenía importancia si ellos sí me creyeran o no me creyeran. Y ahora que ha pasado el tiempo y lo escribo pienso que sí, que me hubiera gustado estar adentro, porque una vez conocí a un sargento, aunque no, muy seguro que digamos no estoy.

O quizá sí que la historia comenzó justo tres años antes del sorteo, cuando no me llegó la tarjeta y cuando sí, sí Isabel pero no la Isabel que entró con todo derecho a la habitación y me gritó al oído lo que pensaba de mí, sino que otra muy distinta Isabel fue la que sí cumplió los quince y mis amigos no quisieron que yo fuera. Ellos sí que fueron invitados aunque yo no y entonces sí, sí me quedé ese larguísimo sábado a la noche solo y no, no pude llorar aunque sí, sí que tenía lágrimas adentro pero no, no se animaron a salir, o apenas algunas, puede ser. Aquella Isabel sí, sí que siempre había sido comprensiva conmigo y no, no me había fallado nunca y sí, sí que yo la tenía hasta ese momento como mi mejor amiga y confidente hasta que no, “no” dijo esa tarde de lluvia aunque dos o tres días después de la fiesta dijo sí, sí que ella hubiera querido invitarme, pero no, no me invitó porque sí le había hecho caso a los otros que no, no querían, aunque días después ellos mismos juraron que sí, que ellos no, no habían dicho que no sino que sí, que bueno, que vaya al cumpleaños, aunque yo no les creí porque sí, sí lo habían hecho.

O no, quizá en realidad este embrollo no comenzó con los quince de la otra Isabel de Rosario, que también eran mis quince, y sí cuando tenía casi diez años en esos carnavales y entré corriendo a la cocina y le dije a mi mamá que ya me había bañado y no, no voy a volver tarde y sí, sí que quería ir al corso que se hacía ahí nomás a tres cuadras de casa y no, le prometí a mi papá que miraba la tele, no me va pasar nada y que sí, sí que ya era grande y sabría cuidarme y que no se preocuparan porque sí. Y entonces caminé todo contento hasta que llegué pero no, no al corso y sí a la casa de Isabel a la que no había visto en todo el día y ahí pasó que sí, que llamé pero no, no salió ella y sí salió el tío para decirme que no, no estaba Isabel pero que sí, sí que igual podía entrar y no, no le dije que no al tío de Isabel, sino que le dije  sí, que bueno, sí que lo acompañaba adentro y no, no tenía miedo, por qué iba tener miedo, nada de miedo tenía, y una vez en la pieza mentí que sí, sí que ya había visto montones de fotos como esas en que las mujeres no tenían nada de ropa y que sí, sí que me sentía bien y que no, no me molestaba lo que él me estaba haciendo y que sí, sí eran hermosas las mujeres así, desnudas, y al final, cuando se cansó de resoplar a mis espaldas, le dije que no les contaría nada a mis padres ni a nadie y que sí, sí que me iría derechito al corso que ahora estaba a menos de dos cuadras pero no, no fui al corso y sí volví despacio a mi casa y les dije a mis padres que no, no me gustaba ni un poquito el carnaval y que sí me iba a dormir. Aunque luego resultó que no.

Y años más tarde fue cuando sí, sí me desperté de la borrachera de aquella noche en aquella fiesta y pasó que no, no la Isabel de Rosario pero sí, sí la Isabel de Buenos Aires, la que días después me gritaría al oído lo que pensaba de mí, no, no descansaba a mi lado sino que sí desperté solo pero no, no en lo del Lito Branca sino que sí, sí en otro departamento que no, no conocía aunque luego supe que sí, sí era de Isabel. De eso me enteré cuando ella llegó al rato de haberme despertado y me dijo que no, que nunca había llevado a ningún hombre a ese lugar y yo le pregunté si sí, si era verdad y ella me dijo que no, que era mentira pero sí, sí era verdad que nunca lo había llevado tan pronto y con tanta ilusión y con tantas ganas de disfrutar, y mucho menos en las condiciones en que me había llevado a mí, y juró que sí, que tuvieron que ayudarla para arrastrarme hasta allí y yo dale que no, que no podía ser. Y así estuvimos un rato bastante largo que sí que no que no que sí mientras yo me fijaba cómo estaba decorado el lugar y decidía que sí, sí que me gustaría quedarme a vivir allí mientras ella me decía que no, no lo había pensado pero después de todo sí que pintaba bien la cosa y no, no le disgustaba para nada la idea porque creía que sí, sí se estaba enamorando de mí y yo no, no le pude decir que no, mejor que no, y dije sí, bueno, sí, me quedo y vemos qué pasa.

  Y así fue que no, no me fui y sí me quedé a vivir con ella que no se impacientó y sí, sí intentó hacerme el amor de todas las formas imaginables pero sólo imaginadas porque yo no, no, no encontraba ya más excusas y le decía que sí, sí extrañaba mi ciudad o que no, no me acostumbraba al clima de Buenos Aires o que la cama así o asá o le decía sí, mañana seguro sí y que no, que no me echara, que adónde iba a ir a parar, si no conocía a nadie. Y ella sí, sí que tuvo paciencia una semana o poco más hasta que no, no aguantó la situación y así llegó el momento en que yo sí, como casi todos los días todo el día, no, no hacía otra cosa que dormir y por eso sí dormía en su cama que ella quería que fuera la nuestra aunque yo no lograba darle el gusto. No y no. No hasta que esa noche sí, sí que ella entró con todo derecho a la habitación y me gritó al oído lo que pensaba de mí en una sola palabra de apenas cuatro letras y no, no tuvo piedad y entonces sí, sí que mi cuerpo comenzó a crecer y a prolongarse como no, como no se había prolongado nunca en su puta vida de no saber si sí o si no, y aunque yo no pudiera creerlo sucedió que sí. Sí. Definitivamente sí. Una y mil veces sí. O sea.

 Incluido en el volumen de cuentos “Piedras heridas”

Mario CapassoMario Capasso nació el 9 de marzo de 1953, en Villa Martelli, localidad del Gran Buenos Aires, República Argentina, en la que continúa residiendo.
Literariamente se ha formado con Beatriz Isoldi, Nilda Adaro y Federico Jeanmaire.
Ha publicado cuatro libros: EL FUTURO ES UN TROPEL ABSURDO, cuentos, año 1999.EL EDIFICIO, Una novela en escombros, novela, Ediciones AQL, año 2002.PIEDRAS HERIDAS, cuentos, Ediciones Corregidor, año 2005. LA CIUDAD DESPUÉS DEL HUMO, novela, Martelli y López Editores, año 2011.  La  novela EL EDIFICIO ha sido traducida al francés y publicada por la editorial La Dèrniere Goutte. El volumen de cuentos PIEDRAS HERIDAS, premiado en 2003 por el Fondo Nacional de las Artes, también será traducido y publicado en Francia.
Mcapasso340@hotmail.com
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