COSAS DE HOMBRES. Vidal Alcolea

A los diecisiete años, dejé la casa de mis padres.

En Montreal, un verano inmemorial, me emborraché durante tres días. La noche del tercer día me eché a dormir sobre las piedras de los muelles del gran San Lorenzo.

La noche rutilaba de luces que se reflejaban en las aguas negras. Durante el inquieto sueño se me juntó un perro vagabundo. Un malamute blanco y grande a quien llamé Wolfgang.

Al alba hablé con el capitán de un pesquero que salía para los grandes bancos de atún  de Terranova. Era un hombre con barba y piel curtida que había nacido en la Columbia Británica. No le importó que no tuviera yo experiencia. Necesitaba un ayudante de cocinero. Iban a estar casi dos semanas en altamar. Me enseñarían a lavar los peces y a destriparlos. Más tarde iríamos al mar de Bering a la pesca de centollos, y aquello sí requeriría experiencia y coraje. Wolfgang podía venir a bordo. El barco se llamaba Helecho, y estaba pintado de verde.

Llevó cerca de un día navegar el delta del San Lorenzo hasta salir a mar abierto. Al malamute le encantaba el viento del mar, fresco, que le llenaba la pelambre de sal y le ensanchaba los pulmones. Parecía reír todo el tiempo, aquel perro inolvidable.

Ya en la mar, las olas eran azules y blancas, de cinco metros de altura. No había esa calma gris que entristece y aploma, sino movimiento, una especie de inmensa alegría elemental.

Yo sacaba la cabeza fuera de borda para que la espuma me salpicara el rostro. Que bonito es el goteo frío del mar sobre la piel de la cara y las manos. Pensaba, a veces, en mis padres, que estaban tan lejos. Pero ahora mi único familiar era Wolfgang, con su bonita pelambre de nieve.

A los cuatro días echábamos las enormes redes. A veces, con aquellas redes, se pescaba algo inesperado entre los fletanes o los atunes. Una vez, decía el capitán, habían sacado un cadáver. Luego resultó que era el cuerpo de un marino japonés: Las mareas lo habían llevado al mar del norte y estaba medio triturado por los tiburones.

El capitán y yo hicimos buenas migas. Una vez vino y me dijo que yo era muy guapo y me puso la mano sobre el muslo. Creo que era un tipo sensual y la falta de mujeres a bordo le volvía raro. Le aparté la manaza de una bofetada y el se conformó, y no pasó nada. Comprendió que a mi no me iban los hombres en aquel sentido. Luego bebimos juntos muchas veces. El se ponía a cantar baladas de mar escocesas, y a putear contra los chinos, que no le gustaban. Podía ser aburrido.

El rancho era siempre igual, patatas con pescado frito o cocido, y también alubias de lata con espinacas congeladas. El barco había sido fumigado de ratas antes de salir de puerto.

Una noche, después de celebrar una enorme redada de atún, lo que suponía muchos dólares en el mercado de Halifax o St.John de Terranova, yo dormía en mi camerino después de haber bebido mucho.

A altas horas de la mañana me despertó una sensación pegajosa en el rostro, y un aliento a whisky. Era el capitán. Se había deslizado en mi camastro y me estaba lamiendo el rostro como un perro. Le tuve que empujar y se cayó del camastro, con un golpe seco contra el suelo de metal. Tenía los ojos rojos como el demonio, y echaba espumarajos por la boca. Yo lo veía a la luz de un quinqué que siempre encendía para no dormir a oscuras. Al perro le ponía nervioso la oscuridad de alta mar.

-Te voy a matar, hijoeputa- gruñó aquel pervertido. Lo hubiera hecho. era muy fuerte y había sacado una de esas navajas farrucas que se compraban en los puertos españoles y que utilizaban antaño los zíngaros para luchar. Los muelles de la navaja al abrirla hacían un ruido de miedo. La hoja podía abrirte en canal, de larga que era, y dejarte con las tripas colgando.

Me lanzó unos navajazos que se perdieron en el aire, y de pronto el malamute se le echó encima y le mordió la muñeca de tal forma que la mano de la navaja se le separó del brazo.

Entonces yo supe por qué el malamute había venido a mi encuentro aquella noche. Era cosa del destino.  El cocinero chino le hizo un torniquete al jefe, que una vez pasada su borrachera me miraba consternado. El chino le decía, mientras le paraba la hemorragía:

-Eso pasal a uté pol tlael gente joven a boldo. Uste é un buen homble, pelo volvelse malicón cuando sale de pesca.

Tuvimos que volver a tierra firme con antelación, para que el capitán fuese atendido por los médicos.

En Halifax, unos días después, nos encontramos todos en el Cachalote, una taberna local. El malamute estaba muy contento. El capitán había perdido una mano, pero bebía con la otra, y decía, riéndose: -?   -Ahora puedo ponerme un gancho, eh! Como un puñetero pirata de leyenda. Eh! Soy el capitán Garfio. Aquí me tienen.

Era un hombre simpático.

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VIDAL ALCOLEAVidal Alcolea, poeta y cuentista residente en Toronto.

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