CODA, o los inicios de una narradora ya consagrada. Carlos Gámez Pérez

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En este primer trimestre de 2017, la editorial Anagrama publicará la novela Cómo dejar de escribir, de la española Esther García Llovet (Málaga, 1963). El texto participó en el último premio Herralde. Si bien no alcanzó a copar una de las plazas de honor, el jurado quiso destacar la gran calidad literaria del manuscrito publicándolo aparte, como ocurre otras veces.

Antes de que aparezcan las primeras reseñas de la novela, he querido indagar en los orígenes de esta autora. En especial, porque se trata de una escritora muy peculiar. Alguien que empezó a escribir en 2000 por influencia de Roberto Bolaño, habiéndose dedicado con anterioridad al cine.

He querido mapear ese origen leyendo su primera novela publicada: Coda (2003), que también recibió la mención especial del jurado, en este caso, del IV Premio Casa de América, que le permitió alzarse con la categoría de finalista. ¿Y qué nos encontramos en Coda? Pues inicialmente un texto muy contenido, con frases breves, casi telegráficas en algunos casos, pero no exentas de poesía, como en la muestra: “Una noche tersa y elástica” (p. 37). Pero siempre a partir de metáforas directas que tumban al lector por knock out. También nos encontramos un buen uso de los diálogos en un escrito notablemente influido por las técnicas cinematográficas, con descripciones concisas pero impactantes, imágenes muy visuales de un conductor de autobús contemplando una procesión de personajes a través del cristal de su vehículo, una fotógrafa que saca testimonio de la maldad humana con su cámara, o los participantes en una apuesta frente al codiciado objeto que puede permitirles ganarla cuando por fin lo encuentran.

Más allá de la textura estilística, Coda se presenta como una colección de relatos, inicialmente inconexos, introducidos a partir de los puntos kilométricos de una carretera imaginaria, que lentamente se van trenzando y en donde los nuevos personajes se tropiezan con los que aparecieron primero. Un conductor de autobús que padece el trauma de la desaparición de un hijo. Una fotógrafa que empieza a trabajar para una extraña agencia que levanta testimonio de las víctimas de robos. Una mujer en una joyería. Dos amigos que contemplan un accidente de avión. Un autoestopista que se espera en una estación de servicio. Y dos hermanos que juegan en una extraña apuesta con un Ford negro del 75. Todos ubicados en el mismo territorio literario: una ciudad cuyo nombre nunca se menciona. Todos envueltos por una atmósfera de misterio y simbolismo que va creciendo conforme crece la narración, cada vez más sólida.

Esta estructura se cierra de una forma excelente en el último de los relatos, cuando ya es previsible el desenlace de la última historia y el narrador escribe: “que no era una pieza lo que faltaba en el dominó, que no era un objeto de menos, un Ford, una caja negra, la plaza C18, una fotografía, que lo que falta es el diseño, la trama es lo que falla, una ausencia de escala, la traducción, el código” (p. 152); porque lo que falta en el texto es una coda, tal como deja intuir el título.

Sin duda, esa brillante estrategia compositiva es lo mejor de la novela. Lo peor, las frases fallidas: pasivas poco comunes en castellano o cambios de orden en la oración que la persona lectora se encuentra mientras recorre el texto. Expresiones que chirrían en una prosa tan contenida pero en formación. Además de los problemas de la ficción, que en este caso se focalizan en una primera historia que se me antoja inverosímil, la del conductor de autobús. Elaborada a partir de detalles incapaces de construir el trauma que se pretende levantar, y que se van corrigiendo con las páginas, pues en la última de las historias el narrador ya ha elaborado un universo narrativo propio, muy potente. Errores muy disculpables, propios de una autora que entonces empezaba, que quedan eclipsados por los aciertos, lo que anima a leer la última novela de esta escritora cuando por fin aparezca.

© All rights reserved Carlos Gámez Pérez

Carlos Gámez Pérez nació en 1969, en Barcelona, España. Estudió Ciencias Físicas, Historia de la Ciencia y Creación Literaria. Colabora con revistas como Sub-Urbano, La bolsa de pipas y Nagari. Es autor de un diario sobre sus vivencias en las cárceles de Nicaragua titulado Managua seis (2002). Ganó el IX Premio Cafè Món con la novela Artefactos (2012) y ha sido seleccionado para las antologías Emergencias. Doce cuentos iberoamericanos (2013) y Llegamos en avión (en prensa), así como para el primer número de la revista Presencia Humana (2013), dedicada a nueva literatura española extraña. En la actualidad trabaja en la University of Miami. En su bitácora personal, El blog de Carlos Gámez, estudia las relaciones entre ciencia y literatura.

twitter: @cgamezzz

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