BUENOS AIRES EN MI MENTE. Isabel García Cintas

Ahora que la pienso a la distancia y después de muchos años, Buenos Aires es solo una memoria. Aunque no es como otras memorias. Cuando la pienso, la ciudad es un sentimiento, algo que sale de muy adentro y evoca momentos vividos que tienen que ver con su gente, sus calles, con sus luces y contraluces urbanos, con su música, con los trazos de sus pinturas, con la evocación de suburbios que no conocí pero me llegaron de la mano de los poetas que los celebraron. Algo entrañable que viene, estoy convencida, de su magia. Porque ella tiene magia. Y todos los que la hayan sentido, sabrán que el embrujo es para siempre.

 

Desde su fundación, la historia de La Perla del Plata tiene auras de leyenda. Los primeros exploradores hispanos que llegaron en 1516 a las costas verdes que desde el Río Paraná se abren en el inmenso Rio de la Plata, vivieron la tragedia de equivocar las intenciones de sus habitantes. Y así, como dice Borges en su poema Fundación mítica de Buenos Aires, “¿Y fue por este río de sueñera y de barro/ que las proas vinieron a fundarme la patria?” llegaron Juan Díaz de Solís y sus hombres, al lugar “…en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron”.

 

Para doblegarla al conquistador se necesitaron dos fundaciones. Veinte años después de la inesperada muerte de Solís a manos de una tribu antropófaga que había bajado de los altos del Amazonas, la corona de España envió una expedición a cargo de Pedro de Mendoza. Estos ibéricos, más afortunados que quienes les precedieron, fundaron la Ciudad del Espíritu Santo y Puerto de Santa María del Buen Ayre en 1536. Un fuerte que no duró mucho tiempo porque tuvo que ser destruido para evitar el implacable acoso a sus habitantes, gentileza de los nativos.

 

Esa indómita tierra codiciada por fabulosas quimeras de yacimientos de plata y una fantástica fuente de la juventud que, sin éxito, los exploradores hispanos venían buscando hacia el sur desde la Florida, tuvo que esperar cuatro décadas para recibir a su próximo conquistador. En 1580 Don Juan de Garay, el experimentado colonizador, diestro en fundaciones, llegó a las costas del Plata bajando desde el Virreinato del Alto Perú con doscientos pobladores y tropas, y fundó oficialmente la ciudad de Buenos Aires.

 

Como cabeza del Virreinato del Rio de la Plata, la ciudad vivió en 1810 la primera revuelta popular contra el virrey de turno, Don Baltasar Hidalgo de Cisneros, quien sería el último en ejercer el cargo. Cuando pienso en ese hecho histórico, evoco la lámina que tantas veces encontramos los argentinos en libros de textos y en las paredes de las escuelas: El frente del Cabildo, donde en aquella época funcionaba el gobierno virreinal, y delante de los arcos, un grupo grande de ciudadanos de espaldas a nosotros, mirando al edificio. Gentes vestidas de época, los caballeros de traje y las damas con sus largas faldas que apenas rozaban el suelo. Un suelo desparejo, que yo imaginaba embarrado y lleno de charcos, a juzgar por los paraguas que indicaban un día de lluvia torrencial.

 

A mí me gustaba imaginar la escena sin los paraguas. Me peguntaba ¿cómo era aquella población porteña, escasa todavía, pero ya con un espíritu independiente? Con la inocencia de la edad que no sabe todavía de colores ni de castas, ni de escalas sociales, mezclaba a las señoras blancas y bellas que bailaban el minué con caballeros pulidos y elegantes, junto a los morenos de piel bien oscura que yo había visto cebando mate en las pinturas de la época y los que vendían “mazamorra caliente que quema los dientes” por las calles todavía sin asfalto. Reunidos allí, fraternizando con los humildes hombres de rasgos indígena encargados de prender los faroles por las noches o con las “criaditas” mestizas que limpiaban las casas. Los imaginaba de pie allí, unidos, bajo los paraguas, pidiendo “el pueblo quiere saber de qué se trata”, a la nueva junta de gobierno.

 

Y así creció Buenos Aires, una vez que el país se liberó del yugo del virreinato. Pero la ciudad platense fue altanera y soberbia con las provincias, abrogándose el derecho a dirigirlas. Derecho que fue disputado valientemente por aguerridos políticos de las provincias del interior, que resintieron siempre la hegemonía de un puerto enriquecido gracias a su situación geográfica. Todas aquellas batallas intraprovinciales se desarrollaban al mismo tiempo que San Martin subía con sus tropas de granaderos a independizar los países sudamericanos hacia el norte, y a encontrarse con el otro gran Libertador, Simón Bolívar. Hasta algunos dicen que San Martín se exilió en Europa después de su campaña épica por no intervenir en la lucha fratricida.

 

Después llegaron a la ciudad del puerto dos provincianos eminentes: Uno de ellos, Domingo Faustino Sarmiento, sanjuanino, maestro de pueblo, intelectual y diplomático que alcanzó la presidencia del nuevo país. Abrogó por la inmigración y también por la educación libre, gratuita y obligatoria para todos los ciudadanos. El otro fue Juan Bautista Alberdi, tucumano, literato, diplomático y músico, cuyos escritos y ensayos los congresales de la flamante Argentina tomaron en cuenta cuando redactaron la Constitución y sus leyes. Conceptos liberales y  revolucionarios adoptados ya por el gran país de Norte, pionero en esos asuntos de quitarse de encima a la Madre Patria y mirar para adelante. Aunque no copiaron, lamentablemente, todos los detalles de la independencia de sus estados, las provincias.

 

Entre tira y afloja y peleas entre hermanos, la capital siguió creciendo, macrocefálica, arrogante y universalmente admirada. Esas últimas consideraciones políticas no hicieron mella en el amor que la creciente metrópoli suscitaba en sus cada vez más numerosos habitantes, ni el atractivo visceral que ejercía en los extranjeros que en tierras hartas de luchas y guerras sangrientas añoraban un suelo de paz donde reconstruir sus vidas. Para ellos, América, con Nueva York al norte y Buenos Aires al sur, fue un imán irresistible. Entre 1850 y 1950 llegaron al Rio de la Plata más de cuatro millones de inmigrantes a poblar la inmensa patria nueva. Muchos quedaron en la ciudad del puerto, por voluntad o porque las rosadas promesas no se concretaron. Los que se establecieron allí, con sus herencias culturales del viejo mundo y con su sensibilidad de extranjeros añorando la tierra lejana, en el siglo XX nos dieron el arte y la música que hoy en el mundo simboliza a la gran capital del sur del continente.

 

Yo no nací en Buenos Aires, pero ella siempre ejerció una gran fascinación para mí. No sólo porque desde Córdoba íbamos a visitar a la familia, o los porteños llegaban con sus novedades de la capital, si no porque las incursiones con mis padres por el museo de Quinquela Martín, con sus pinturas de barcos del Riachuelo, las tarantelas con acordeón escuchadas en las “cantinas” de La Boca y las imágenes de sus calles, alimentaban en mí la memoria de la ciudad inmensa mucho después de haber regresado a casa. Entre visita y visita, su presencia se mantenía latente en las letras de los tangos escuchados en la casa de la abuela, donde yo pasaba largas temporadas en los veranos. La colección de sus discos continuamente me hablaban de nostalgia por arrabales que quedaron en el olvido, de suburbios que crecieron hacia el sur, de amores imposibles, madres humildes y abnegadas, guapos varoniles y naifas infieles. Y yo hacía preguntas para comprender los versos, pero los mayores respondían con evasivas, porque eran cosas de la gente grande, y yo era muy chica para entenderlas.

 

Aprendí de memoria las letras de muchos tangos sin saber a veces qué significaban hasta años después. Todavía las canto para mis adentros, o en voz alta si escucho algún tango. Para mí son la poesía de las calles, de los patios con madreselvas, de galerías abiertas a cielos llenos de estrellas, sones de acordeón y macetas floridas. La lírica de generaciones de hombres y mujeres que aún añorando la patria lejana se encariñaron irremediablemente con esta nueva tierra. Extranjeros que vinieron con su carga de sabiduría milenaria y dolor, imaginando un futuro para renacer. Buenos Aires es la ciudad a la que cantaron los poetas suburbanos pero también los intelectuales urbanos. El hechizo que brotó de las notas de los bandoneones traídos por los inmigrantes europeos, en aquellos cafetines míticos donde a cuchillo se defendía el honor o el amor de una mujer, por fin llegó al centro y entró en los salones cultos, para convertirse en valiosas obras musicales, literarias o pictóricas.

 

Yo me pregunto, ¿cuándo comencé a sentir el embrujo de la ciudad? Ese sentimiento profundo de pertenecer allí, la magia que me atrapó a ella y que siento en las expresiones de arte de quienes la aman? Sucedió de forma imperceptible, a lo largo de los años que viví en el centro de la capital, los domingos con los tíos en Caballito, las charlas con amigos en los cafés hasta tarde, el departamentito en Belgrano o la boda en el discreto Patrocinio de San José. Fue en la década de los veinte, la época en que uno se forma, elige lo que realmente quiere, aprende a discernir y también a sufrir y a ser feliz. Los años de estudiantes y los años fundamentales para el futuro como adultos. Pero esa ciudad para mí es más. Tantas cosas más.

 

Porque me fui con todo ese caudal de vivencias y sensaciones, mi Buenos Aires hoy es una idealización más que una realidad. Para mí no hay un Buenos Aires contemporáneo, ya que no estuve ahí. No viví la violencia armada o la represión, ni tampoco las crisis económicas tremendas, ni todo lo demás que siguió. Ese Buenos Aires es de quienes lo vivieron y lo viven. Yo me despedí mi ciudad porteña en Ezeiza una mañana de noviembre de 1974, pocos meses después del solemne entierro del líder político que marcó décadas en la historia argentina. A partir de ese día, Buenos Aires pasó a ser la metrópoli especial que visito con cariño.

 

Muy dentro de mí, ella es la íntima memoria que revivo a gusto apenas se presenta la oportunidad. Ya sea con música nostálgica como la de Piazzolla, al que comencé a apreciar en su justa medida sufriendo la añoranza en una ciudad de las antípodas. O cuando un recuerdo o una frase me hace sentir esa emoción intensa, tan profunda como la que describen los tangos. El mismo sentir que retrataba sin nombrar Julio Cortázar en sus textos, con lenguaje coloquial de auténtico porteño, a pesar de la distancia y los años. O la que nos dejó nuestro bardo mayor, Jorge Luis Borges en gran parte de su obra poética y en el último verso del poema que cité en el segundo párrafo, donde tan sabiamente destila la esencia de lo que muchos sentimos por esta ciudad única: “A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:/ La juzgo tan eterna como el agua y el aire.

 

© All rights reserved Isabel García Cintas

Isabel García Cintas, AWA, es una escritora y periodista Argentina. Hizo sus estudios de periodismo y fotografía en Buenos Aires y vivió durante tres años en Melbourne, Australia. A su regreso se radicó en San Carlos de Bariloche, donde trabajó en la prensa radial y escrita. Vive con su familia a los Estados Unidos en 1987 y en Florida desde 2001. Como periodista independiente contribuye con la revista digital Letra Urbana.

Tiene publicadas dos novelas, Incidente en la Patagonia (2011 Español), Incident in Patagonia (2016, Inglés) es una historia de suspenso que trata el tema de los desaparecidos durante el proceso militar. El manuscrito en inglés ganó Honorable Mention en el concurso Latino Books Into Movies 2015 de Los Angeles, California. Del Mediterráneo al Plata (2012), es una novela basada en las memorias de sus abuelos inmigrantes a la Argentina desde Italia y España y resultó finalista en el 2012 Dan Poynter’s Global e-Book Awards.

Su último libro, La casa vieja y otros relatos (2016) ,The Old Hourse and Other Short Stories (2019) es un volumen de cuentos. Obtuvo Medalla de Oro, Categoria Spanish, en el 2016 Florida Book Awards que otorga Florida State University. También ha recibido Honorable Mention en el rubro Best Popular Fiction en el 2016 International Latino Book Awards en Los Àngeles, California. La autora también fue invitada a presentar este libro en la 33ra. Feria Internacional del Libro de Miami.

Sus cuentos figuran en tres antologías: Poetas y Narradores del 2012, editada por el Instituto de Cultura Peruana de Miami, Los Mundos Posibles, antología de obras premiadas por la Latin American Intercultural Alliance de New York del mismo año, y dos de sus micro relatos figuran en la Primera Antología Cáncer de Mama, organizada en 2015 por la editorial Talento Comunicación de España.
Página Web de la autora: www.isabelgarciacintas.com

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