BREVE HISTORIA DE LA POESÍA ARGENTINA (SEXTA PARTE). Luis Benítez

Una revolución estética de exportación: El modernismo

A fines del siglo XIX se produce un fenómeno poético de difícil parangón. Por primera vez, desde América, se lanza dentro de la lengua castellana una renovación formal y temática de las poéticas, que tiene como centro de difusión a la ciudad de Buenos Aires. Fue la primera vez y hasta la fecha, la única, en que un movimiento estético, fundamentalmente poético, aunque registre influencias también en la prosa, no sólo no se originó en una fuente europea, sino que alcanzó a “contaminar” la cultura del Viejo Mundo. Piénsese en el acontecer anterior -que ya hemos escuetamente reseñado- de la evolución de nuestras letras, para entender o aproximarse a un entendimiento de los alcances y la magnitud de este fenómeno literario. Hasta entonces, las letras argentinas habían seguido bajo la égida de los movimientos poéticos europeos, atravesando un proceso de trasplante de influencias que nació con el Siglo de Oro español, prosiguió con el Barroco y el neoclasicismo y se interrumpió con la importación del romanticismo francés traído al Río de la Plata por Esteban Echeverría en la primera mitad del siglo XIX, lo cual connota un cambio de dirección, es cierto, pero sólo respecto del centro europeo de influencia, trasladado de España a Francia. Desde luego, es subrayable la adaptación a nuestra geografía realizada por los románticos argentinos, que añadieron al cuño francés el americanismo, aunque del mismo modo ya hemos señalado la pugna por alcanzar la coiné poética, la predominancia, entre este romanticismo apartado del dogma galo por la adaptación americana y la corriente gauchesca de segunda etapa, que si bien reconoce un origen formal en la poética popular española, había operado cambios más profundos y definitorios en lo temático mucho antes de que lo predicado por Echeverría y sus seguidores esbozara su versión del romanticismo y triunfara sobre el neoclasicismo colonial y posrevolucionario. Para trabarse en disputa con la gauchesca, que a su vez había originado un movimiento que conservaba las escenografías y la recreación del habla que le había dado origen, el romanticismo empleó su amplia difusión en los ambientes cultos de su época y el prestigio que le daba su origen europeo, aunque cabe señalar que sin la intervención del modernismo para agregar un tercer elemento a la disputa, el proceso de pugna entre ambas corrientes decimonónicas podría haber tenido un final mucho más incierto. De hecho, el fin de siglo poético ofrecía ya una suerte de mixtura entre ambas corrientes. Hay elementos románticos en la gauchesca y gauchescos en la romántica, con posterioridad a la publicación de La vuelta de Martín Fierro, en la tierra de nadie poética que involucra a un fin de siglo más signado por el predominio de la prosa que de la poesía, como se evidencia a partir de la generación del 80. Sin embargo, antes de la irrupción del modernismo de los 90, el romanticismo desleído entre otras influencias parece haber superado a la gauchesca, que se desplaza de la poesía hacia la prosa.

Por otra parte, hacia 1880, al romanticismo argentino le sucedía lo mismo que a sus pares de toda la región hispanoamericana: el elemento que habían agregado al original francés amenazaba con estrangularlos, puesto que el americanismo inicial, tras medio siglo de desarrollo no había sido capaz de madurar lo suficiente como para transformarse en un elemento dinámico, al menos no lo suficiente como para renovar el movimiento formal y temáticamente a través de tan prolongado período. Las temáticas nacionales habían presionado tanto en su interior, que sin una renovación que pudiera dar cuenta de ese empuje la antigua fuerza romántica había degenerado paulatinamente en regionalismos hechos a base de repeticiones de formas preestablecidas, de clichés… precisamente el tipo de crítica que había levantado el romanticismo como consigna contra el neoclasicismo español cincuenta años antes.

El modernismo remite a otras reelaboraciones de lo europeo, mucho más hondas que lo operado por el romanticismo argentino y capaces de ofrecerse como las señales de un rumbo original, rápidamente adoptado por la vanguardia argentina a partir de la llegada a Buenos Aires de Rubén Darío, el alma mater del movimiento que, desde Buenos Aires, se proyectaría hacia el Viejo Mundo.

En principio, el modernismo se constituye como una reacción contra el desgastado romanticismo, de un modo ciertamente radical. El modernismo transforma todo lo conocido respecto de vocabularios, giros, tipos de verso, estructura de los párrafos, temas y recursos de ornamento. Los versos, a partir del modernismo, adquirieron una gama de posibilidades formales impensables en todas las etapas anteriores: no sólo era posible, desde su óptica, emplear todos los cánones ya conocidos, sino que además el modernismo se ocupó de inventar otros nuevos. Desde luego, con la innovación formal no bastaba para terminar de liquidar la influencia del romanticismo en América, conque es de advertir que para ello el modernismo contó con elementos propios de las vanguardias surgidas por ese entonces en el Viejo Mundo, pero como elemento definitorio, con algo que le era propio y constitutivo.

Por una parte, el modernismo digirió las influencias de los parnasianos y los simbolistas franceses, pero asimismo reelaboró otras influencias que no son demasiado tenidas en cuenta a la hora de hablar sobre sus bases de sustento temático: también incorporó imágenes y referencias provenientes de las mitologías griega, germánica, nórdica y precolombina, recreadas no desde la referencia directa sino a través de la intermediación de la imaginación, hilo conductor si hemos de entender el camino desarrollado por el movimiento. Lo exótico ya no es la referencia romántica a tierras y tiempos lejanos, sino la sincronización que operó el modernismo entre lo exótico evocado y lo formal evocante: la diferencia principal estriba en que para el romanticismo lo pasado y lo lejano continúan en un lejos y un antaño, mientras que para el modernismo se trata de un paralelo temporal y espacial, una sincronía que potencia las imágenes y los sentidos de un modo antes inaudito. Por ello es que si para el poeta romántico la figura retórica favorita es la comparación, para el modernista el equivalente es la metáfora, un recurso cuyos prestigios se acendrarían a partir del modernismo hasta llegar -exagerada, en muchas ocasiones, su verdadera importancia, hasta convertirse para buena parte de la poesía del siglo XX en una hipertrofia que devora el conjunto del poema- hasta nuestros mismos días.

Aunque fue Darío el principal propulsor del modernismo, sus orígenes primitivos hay que buscarlos en la obra prosística del cubano José Martí (1853-1895) y al mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895), quienes tendieron con sus textos a una transformación actualizante de la realidad literaria hispanoamericana, con anterioridad a la publicación  de los volúmenes Azul -1888, en Chile, por cierto que sin demasiado éxito- y Prosas profanas y otros poemas (1896), de Rubén Darío.

Recibido en Buenos Aires como un cicerone poético experto en  los nuevos tiempos, Darío trajo una renovación que se expandió como una corriente eléctrica tanto entre los jóvenes autores de la época como entre aquellos que ya ameritaban una trayectoria intermedia, convirtiéndose en la sensación de ese entonces. Sus postulados, nunca vertidos en un programa modernista o un manifiesto expreso, sino difundidos a través de medios tan diversos como el diario La Nación -del cual Darío era colaborador- o la revista La Biblioteca, dirigida por Paul Groussac, se condensan en la afirmación de un deseo de transformación y también de disconformidad con la tradición poética española, una reacción contra las expresiones fáciles y los estertores del decadente romanticismo, que encontraron campo fértil en las imaginaciones y los talentos de un grupo muy amplio de poetas argentinos, entre los que podemos nombrar a Leopoldo Lugones, Leopoldo Díaz, Eugenio Díaz Romero, Antonio Lamberti, Carlos Ortiz, Martín Goycoechea Menéndez, Carlos Becú, Matías Behety y Diego Fernández Espiro.

En 1899, una fecha tan temprana en relación a la juventud del movimiento modernista, su definición fue incorporada al  Diccionario de la Real Academia Española, nada menos que gracias al entusiasmo de Marcelino Menéndez Pelayo.

Posteriormente a su irrupción en el ambiente literario argentino, el modernismo desembarca en España y se expande definitivamente a través del segmento iberoamericano, configurando el primer boom latinoamericano -anterior y de mucho más extendido alcance que el protagonizado por los narradores de 1960 en adelante- mayoritariamente poético y también fácilmente olvidado por los historiógrafos de la literatura del siglo XX, por las imperativas razones del marketing editorial que todos conocemos y sufrimos hasta la actualidad.

© All rights reserved Luis Benítez

Foto LUIS BENITEZ webLuis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay.

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