BREVE HISTORIA DE LA POESÍA ARGENTINA (SÉPTIMA PARTE). Luis Benítez  

Después del modernismo

Pese a su potencia inicial, a su novedad y los alcances de su influencia, el modernismo no dejaría de decaer y degenerar en la primera década del siglo XX. Del mismo modo que el Barroco se degradó hasta constituir las formas capaces de  ocultar toda estructura, característica del churriguerismo, el modernismo hispanoamericano que había nutrido de nueva fuerza a Europa comenzó a degradarse tras la muerte de Darío, en 1916. En la Argentina, del mismo modo que en otros países de Iberoamérica, se produce una reacción contra esta decadencia, protagonizada inicialmente por aquellos poetas que, influenciados por el modernismo, tendían a intentar salvar al movimiento de su final tan avizorable: las fórmulas retóricas, los fallidos intentos de creación de “climas poéticos modernistas”, las repeticiones hasta el hartazgo de las recetas formales que habían consagrado a los autores de veinte años atrás. Estas falencias iban carcomiendo al movimiento hasta ir dejándolo no en los meros huesos, sino en la nada donde sustancia alguna se ofrecía a la mirada lectora.

Esta reacción se apoyó para buscar su cometido en un desarrollo aun mayor de los contenidos “nacionales” de la poética en curso, en su aspecto temático, mientras que en lo formal tendía a abandonar los preciosismos modernistas, buscando un verso que obrara como referente a lo inmediato circundante -un elemento de representación que ya tenía la gauchesca como “eje programático”- mientras que su galería de recursos idiomáticos y de estilo se orientaba hacia una recuperación de la tradición española, en detrimento de los elementos europeos de otra índole, particularmente francesa, que ofrecía el modernismo ortodoxo de las décadas anteriores. Esto coincide con un auge del nacionalismo en la prosa y la ensayística epocales, y no es casual que a esta generación se la haya denominado también “la generación del centenario”. En el campo más vasto de las ideas predominantes en este segmento de la historia literaria argentina, tuvo fácil eco la idea de que a cien años de la Revolución de Mayo era preciso establecer una literatura nacional, dedicada a representar -una ilusión de la literatura, reiterada, es esta idea de sí misma como representación- el escenario, los actores y el guión de la escena argentina, ideología que abarcó también a la poesía local, en sus aspectos más generales. Se trata de los tiempos en que Ricardo Rojas intenta dar cuenta del fenómeno de la letra argentina desde una óptica hispanista y a la vez nacionalista -una suerte de ornitorrinco, mitad pato y mitad nutria, pero que funcionó en esa coyuntura y hasta se perpetuó desde entonces por largas décadas, para llegar a nuestros días a través de algunos remanentes evidentes y otros encubiertos- labrando las categorías, los homenajes, los orígenes y las aberraciones, las denostaciones y las celebraciones, el primer intento más o menos sistemático de organizar el continuum que provenía de Luis de Tejeda.

Como parte de este impulso “renovador”, los autores de la época preconizaron una suerte de purga del idioma, cuyo laxante estaba aplicado a barrer con todas las impurezas venidas de la gauchesca y del lunfardo, así como de lo tildado como galicismo; un casticismo que consideraba a España como la fuente única y directa del idioma, como si los aportes que enriquecen al castellano desde América y desde hace cuatro siglos fueran sus aberraciones y no una demostración más de la plasticidad de la lengua que heredamos. Otra paradoja del “nacionalismo literario” de ese entonces: denostar aquellas formas idiomáticas que tienen que ver con lo más acendradamente nacional, como el voseo y los giros rioplatenses y del interior de la República, cuando estas formas de expresión constituyen nuevos campos ganados por la creatividad del castellano latinoamericano.

En paralelo a esta tendencia, mientras no dejaban de actuar otras, como el modernismo y el romanticismo remanentes, adquiría mayor fuerza lo que podemos denominar el segmento urbano de la poesía argentina, aplicado a temas y personajes característicos de la gran urbe en que se iba convirtiendo Buenos Aires, siendo su autor fundante y actuante en ese entonces Evaristo Carriego, quien si no dejó una escuela formal adscripta a su obra, formalizó una tendencia perdurable en lo relativo a las tópicas que perdurarían en el transcurso del siglo XX, bien que trasformadas en cuanto a su expresión formal, deudoras del segmento inaugurado -al menos, en su expresión más acabada- por el autor de las Misas herejes.  Entre otros aspectos del devenir poético a partir de esa época, es impensable la poética urbana de la generación de 1960 sin el aporte sustancial de Evaristo Carriego ni las poéticas del tango-canción, anteriores a esta generación y también gravitantes sobre ella, del mismo modo que Carriego funda, también, el sedimento del tango-canción.

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Foto LUIS BENITEZ webLuis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay.

 

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