BREVE HISTORIA DE LA POESÍA ARGENTINA (NOVENA PARTE). Luis Benítez

La generación del cuarenta: ¿una vuelta atrás o la evidencia de una crisis destinada a perdurar?

Curiosamente, para cierta crítica, los defectos “achacables” a la generación de 1940 son trasportables a las características de la primera etapa de la generación que la sucedió cuarenta años después, la correspondiente a 1980, y que cierra el alcance de este trabajo, también motejada en sus inicios como neorromántica. A este respecto, son por demás relevantes los trabajos críticos desarrollados por Ernesto Romano en relación a la generación del 40 y por Santiago Perednik, en lo relativo a la primera mitad de la generación de 1980 (ver Bibliografía crítica).

Ello nos introduce en una discusión muy interesante, dado que tiene que ver con el papel del poeta en el siglo XX y precisamente, con la relación que guarda con su época, algo abiertamente requerido por buena parte de la generación de 1960, la “generación del compromiso político”.

Desde la coincidencia de apreciaciones de Romano y Perednik, ambos segmentos generacionales (aunque en el caso del llamado “neorromanticismo” de la generación de 1980, se trata de una parte de ésta y no de la totalidad) se habrían distanciado de sus épocas, la llamada Década Infame -los autores agrupados bajo la generación del 40 comenzaron a publicar sus poemarios hacia 1934-  y la correspondiente al período de la dictadura militar que se extendió desde 1976 hasta 1983, respectivamente, por una incapacidad para afrontar de otro modo las especiales circunstancias políticas, sociales, culturales y económicas de ambos períodos. El extrañamiento del poeta respecto de su época, caracterizada por la catástrofe de las instituciones, la inseguridad jurídica, y la abrupta ruptura de los principios democráticos de la sociedad argentina (de un grado mucho más grave en lo que respecta a la época de la dictadura militar 1976-1983) habría sido la única respuesta posible de estos sectores de la cultura nacional al terreno inmediato donde debían desarrollar su tarea creativa.

En el caso puntual de la generación del cuarenta, asistimos a una suerte de renacer de los postulados románticos, en un movimiento que para Romano (El 40, Editores Dos, Bs. As., 1969) “tenderá a reinscribirse en un pasado prestigioso” (sic,  op. cit.), que se caracterizaría, para el autor, por la utilización de formas tradicionales, particularmente el soneto, por la “preocupación por crear un clima o lograr un tono serio, solemne”, y la “contemplación iluminada de la realidad natural, en calma y armonía”, estando “esta versión placentera rodeada, en ocasiones, por un distanciamiento protector” (sic). Cito también textualmente al autor, a continuación: “Tal iluminación garcilacista del mundo, propia de un momento de auge imperial, no de crisis y sometimiento, los muestra (a los poetas de la generación de 1940) en la desnudez de su artificio. La Argentina sin sombra, jerárquica, ordenada, que cantan no es la que viven, sino otra, a cuya evocación mendicante se dedican. Para ello les sirve un modelo inmediato, maestro en este tipo de escenografía: el Carlos Mastronardi de Luz de provincia, poema en el cual recurre catorce veces a la palabra luz (op. cit., pág. 50). Agrega Romano “El motivo de la infancia ha sido reconocido como relevante en esta poesía. Es en verdad la contraparte del sentirse arrojados en un mundo que los aplasta sin que tengan medios, o los busquen, para enfrentarlo. La infancia es otra señal de seguridad en su camino hacia atrás. (…) Pero la infancia es, sobre todo, la dimensión del mundo resuelto, organizado por los adultos para que el niño se limite a incorporarse. Esta seguridad absoluta, que ellos persiguieron, denodados, nunca más nítida que en la niñez. De ahí la recurrencia y la importancia del motivo.” (op.cit., pág. 53); “visión rígida del mundo natural, cuya fuerte coherencia interior pareciera indicarnos que nada fue dejado al azar, borrando así la inquietante presencia de lo imprevisto…” (op. cit., pág. 54).

Más allá de los juicios negativos que le merecen a Eduardo Romano las generalidades de la poética predominante en los cuarenta, podemos tomar elementos del juicio que dicha generación le mereció a Carlos Rafael Giordano, en el capítulo Temas y direcciones fundamentales de la promoción poética del 40, incluido en el mismo volumen que el ensayo de Romano: “La promoción del 40 vio la crisis como una amenaza y tras la amenaza el fin o la comprobación del absurdo de la condición humana. A partir de ello intentó, en la búsqueda y aprehensión de lo esencial, de lo que es sujeto de cambios pero permanece idéntico, solucionar el aislamiento del poeta y, a la vez, superar la crisis. El resultado fue la pérdida del mundo y una conciencia de fracaso que coadyuvaba, con su necesidad de huida, a esa misma pérdida. Ni el poeta obtuvo reconocimiento alguno de la importancia de su función -siguió en relación con un público especializado tan carente como él de influencia en los acontecimientos- ni esas esencias compensaron totalmente su desengaño. No siendo total la pérdida de la realidad en el artista, tampoco le fue posible la sustitución total de esa realidad por otra; surgiendo así de la contraposición de ambos órdenes, un insoluble conflicto. (…) De la desigual tensión entre los elementos a que he hecho referencia en el intento de comprensión y explicación precedente, surgen las distintas modalidades de estos poetas. Dichas modalidades se ordenan en dos direcciones fundamentales; lo cual no implica que de hecho se den necesariamente separadas con absoluta claridad. La primera implica una máxima sustitución de la realidad objetiva por la proyección subjetiva: el poeta ensimismado en busca de lo permanente logra cierto equilibrio en el recuerdo, que se le ofrece en la tensión de un algo ya fuera del tiempo y la contingencia pero que es, a la vez, algo perdido e irrecuperable. La infancia y todo lo que la rodea y el amor con todo lo que a él se vincula, son los dos grandes temas  de esta dirección, completada por lo local y el pasado patrio, por una parte, y lo mitológico y un lirismo universalista sin demasiadas notas distintivas, por otra. Todo ello coincide aquí con una marcada preferencia por formas clásicas del verso o por lo menos con un respeto por las tradicionales estructuras formales de la poesía. La segunda, por el contrario, implica una máxima tensión entre lo subjetivo y la realidad objetiva que, en cuanto no resuelta, sólo ofrece como permanente el hecho mismo de la constante destrucción de todos los objetivos y del hombre. La muerte, la desolación, el mal y la corrupción son los temas de esta dirección, compensados a veces por un sensualismo sin alegría.  La forma poética aquí está siempre próxima a romperse o por lo menos menosprecia los recursos musicales del verso. Aunque parezca contradictorio, también procede de esa máxima tensión entre lo objetivo y lo subjetivo, y por lo tanto pertenece a esta dirección, la tentativa que podríamos llamar de pretensión metafísica, es decir la que busca solucionar esa tensión con una ontología individualista y existencial, en una poesía intelectualizada y más alegórica que simbólica.  Podemos reunir de nuevo ambas direcciones en un gran tema único que abarca a todos, el tema central de la promoción poética del 40: el tiempo. Una actitud subjetivista frente a un tema semejante no podía hacer del canto sino una elegía.” (op.cit., págs. 32-33).

Sin que la generación poética del cuarenta lograra resolver la encrucijada enunciada, llegó lo que parecía ser una propuesta nueva por parte de sus sucesores, los poetas argentinos del 50.

 

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Foto LUIS BENITEZ webLuis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Es miembro de la Academia Iberoamericana de Poesía, Capítulo de New York, (EE.UU.) con sede en la Columbia University, de la World Poetry Society (EE.UU.); de World Poets (Grecia) y del Advisory Board de Poetry Press (La India). Ha recibido numerosos reconocimientos tanto locales como internacionales, entre ellos, el Primer Premio Internacional de Poesía La Porte des Poètes (París, 1991); el Segundo Premio Bienal de la Poesía Argentina (Buenos Aires, 1992); Primer Premio Joven Literatura (Poesía) de la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat (Buenos Aires, 1996); Primer Premio del Concurso Internacional de Ficción (Montevideo, 1996); Primo Premio Tuscolorum Di Poesia (Sicilia, Italia, 1996); Primer Premio de Novela Letras de Oro (Buenos Aires, 2003); Accesit 10éme. Concours International de Poésie (París, 2003) y el Premio Internacional para Obra Publicada “Macedonio Palomino” (México, 2008). Ha recibido el título de Compagnon de la Poèsie de la Association La Porte des Poètes, con sede en la Université de La Sorbonne, París, Francia. Miembro de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la República Argentina. Sus 36 libros de poesía, ensayo, narrativa y teatro fueron publicados en Argentina, Chile, España, EE.UU., Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay.

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