BANANAFISH. Elidio La Torre Lagares

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Le cuelga el ruedo a la luz en su esmero por acordar el atardecer. Se me ha hecho tarde muchas veces y ahora que me sorprende la noche, pienso que el tiempo no tiene caso. O sí lo tiene, pero se me antoja ahora, ahora que el silencio se ha apoderado del viento caliente del verano por unas horas, que no tiene caso. El silencio a veces es tan fenomenal que acapara todos los movimientos y los ruidos.

 

Al pie de la playa, rememoro una joya de Salinger: «Un día perfecto para el pez plátano». En el cuento, el pez se abastece de guineos maduros y los deglute hasta el punto que luego no puede escapar de su guarida. Consecuentemente, el pez banana muere. Kōan o alegoría, no importa. El asunto es que el pez muere, pero es solo una historia. El protagonista, Seymour, también muere, pero puede que esté loco. O iluminado. El día es perfecto, en todo caso.

 

Pienso que, a una distancia relativa de las cosas que he tenido en mi vida –la pérdida es la única certeza-, la memoria parece resolverse en su lugar.  Las caricias sin causa, como decía la Storni, o los anhelos que se deshojan. Ya no tiene caso saber quién los recogerá. Se queda uno siempre aplazado por las secuencias del sol. El mundo no es sin sal. Vaya por una gramática de la metafísica. En el horizonte, un bote banana lleno de pasajeros se vuelca.

 

Alguna vez importó poco el afán del tiempo, no porque me sobraba, sino porque, tras varios encuentros personales con la muerte, me parecía en sobreestima. Si de algo se debe morir uno, es de todo menos de poca vida. La poca vida no es causal de la muerte, porque la poca vida no es vivir, es morirse. Y morirse no es la muerte, sino el camino hacia ella.

 

Digo yo que hay tantas formas de morir. Se muere uno como gente, como ciudadano, como amigo, como amante, como poeta. Se muere uno de tanto morirse. Muerte. Repetición. Tiempo. Un corolario blanchotiano. La demora es morada y espera.

 

Recuerdo que una mañana fría de diciembre, el cáncer apagó a mi madre y desde entonces, pues, nadie en la casa fue igual. La orfandad obra de maneras misteriosas. El año pasado le tocó a mi padre. La casa en la que aprendí a soñar se redujo. O yo crecí. No sé qué sucedió primero. Lo que sí sé es que ciertas muertes no tienen que ser literales. Hay muertes conceptuales también. La muerte es un nombre extraño para cambio o transformación. Mi hija lee un manga a mi lado: Banana Fish.

 

Ya le pedí que, cuando yo muera, se encargue de deshacer mi cuerpo debidamente sin ceremonias religiosas, sin velatorios ni luto. Mis cenizas no darán mucho que resolver, le digo. No habrá gentío dándole el pésame a nadie. No habrá familiares cercanos al pie del féretro. Mis cenizas le serán entregadas a mi hija y luego dispuestas de la mejor manera posible en algún lugar remoto donde se devuelvan a la tierra o se hundan en el mar. Entonces, ella cantará «Con te partiró», la obra maestra de Andrea Bocelli.

 

O quizá haga sonar la versión jazz de Chris Botti. Será lo mismo.

 

Quando sono solo sogno all’orizzonte e mancan le parole. Faltas las palabras.

 

Yo, que crecí justo al lado de una funeraria, puedo imaginar el sinsentido, aunque me agrade la idea de que alguien me recuerde en música.

 

Es una canción sobre soledad y la luz que queda en la memoria. Muéstrale a todos el corazón que llevas encendido, dice al momento de la partida. «Time to say goodbye» dice la versión en inglés. Por ti volaré, promete la versión en castellano. La canción es un poema que habla de la despedida que se va en compañía. Uno nunca parte solo. Se va con las memorias y con el aliento lleno de cosas por decir pero que nunca logran salir. Como el pez plátano.

 

En la canción de Bocelli, el viaje es hacia tierras que nunca se han visto. Es un viaje en donde el que parte no se hace acompañar físicamente, sino en el corazón. Aun así, siguen siendo muchos los signos en el mundo, como escribió Hölderlin.

 

Una barbaridad. O un ocaso afable.

 

Entonces, ya no se sabe con qué fichas se aprende a comerciar.  Ni cuántos guineos se come el pez. Sobre todo, un pez que no existe; un pez que es una invención.

 

Hay que aprender a recoger las misas de lo irreparable. Hay que aprender a ser lobo, de los de mar o de cualquier otro. Esa es la epifanía.

 

Como la muerte es un viaje al que se parte solo, me parece una canción donde la memoria se sobrepone como una extensión de la existencia. Como un libro, ¿no? Un texto que no se dice ni se escribe, sino que se recrea. Así, se arma uno, como en los mejores momentos, de lápiz y libreta y comienza a escribir para darse cuenta de que la escritura es un misterio y que la literatura siempre se vuelca contra sí misma. Le llegan a uno los planteamientos del arte y del lenguaje, y se agota todo en la orilla de lo que no se acapara ni se apalabra porque precede a la materia y que no hay monismo ontológico.

 

Total. El árbol de Josué no sabe que se llama así, ni que sus ramas en medio del desierto de Mojave le parecieron a alguien los brazos de un profeta que implora a los cielos.

 

El asunto es que, como diría Rilke, las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer.

 

La hondura de estos días es una playa serena y con todo eso nos sumergimos con flotador por miedo a ahogarnos. Un pez plátano pasa por mi cabeza. Y es verano.

© All rights reserved Elidio La Torre Lagares

Elidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.

En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.

En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

twitter: @elidiolatorre

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