BALADA DEL PURGATORIO Y OTROS POEMAS. Joaquín Gálvez

Del Poemario Hábitat

Balada del Purgatorio

 

Mis dedos entre tus piernas, en aquel cine de La Habana,

son hoy una balada que me justifica.

La oveja negra escribe su evangelio;

el rebaño es una doctrina, un cielo de mansedumbre

contra el nacimiento de la próxima estrella.

Madre, la luz de tu óvulo tiene un alma

para hacer del barro una escritura,

y el cuerpo de una bala para atravesar el mundo.

Ah Judas y Pedro (Pedro y Judas)

son mis amigos, son mis enemigos.

Dios juega con nosotros a la gallinita ciega.

Dios, devuélveme esos ojos para que no cometa otro crimen.

 

Cultivo todos los días esta imperfección

como un árbol al que lo abandona la primavera.

 

Esta balada me justifica.

 

Retrato del que ya no vive en las nubes

En una nube corre un niño calzando las botas del viento…

 

Los gigantes, los cíclopes y los lestrigones nunca pudieron encontrar

extremidades para arribar a tu altura. Sobre tu cabeza pendía una espada,

por eso el filo de tu inocencia era la envidia de Damocles.

 

Con el alba, alguien languidece (no sabe que ha perdido su tugurio en las

nubes):

firma un cheque para pagar la hipoteca, con ademán del que ya no es

soberano…

 

Orinas tu fragmento de lluvia y te alimentas del aire sentado en tu trono.

Ladrón y policía: a ti te encarcelan, te castigan, te matan… y al final

demuestras que jugar es el único triunfo.

 

(Triunfador sólo fuiste con tu oficio en las nubes)

 

El conductor de ese auto se perderá por siempre… pero me dejó

su sonrisa/ manchada de tanto pie en la tierra.

 

Puse un día los pies en la tierra, y ahora descubro que no hay memoria ni

vuelo que me devuelva a mi villorrio en las nubes.

 

Ante el poeta de la torre de marfil

Escriban como quieran. 

 Ha pasado demasiada sangre bajo los puentes

 Para seguir creyendo —creo yo— 

Que sólo se puede seguir un camino: 

En poesía se permite todo.

Nicanor Parra

 

 

La estancia de un puñal se convierte hoy en palabras,

fiesta en el cadalso de un hombre.

 

No eres el poeta de la torre de marfil.

Un alarido ha sido tu estandarte.

La ceiba, con la que conversabas, es hoy un idioma.

Una casa se yergue en el abismo…

 

No deseches tu voz como una camisa raída

(esa tachadura en tu voz es el único tesoro del antro).

No eres el poeta de la torre de marfil,

ni tienes el alma confinada en un diccionario.

 

Otra acepción de la lluvia

Cuando yo contemplo la lluvia, vuelvo a conversar con mi padre.

Acaso porque la lluvia es su rostro ubicuo,

el territorio donde siempre se reúne con este hijo

que se fue al extranjero.

 

Mi padre y yo fundamos una comunión:

un juego que se sigue extendiendo en la lluvia.

Y así, a prueba de lluvias,

nos descubrió Gene Kelly en un anfiteatro de barrio.

Y la memoria se convirtió en la mejor pesca del riachuelo

―el mapa que lo libera de una geografía anodina―.

Por eso, junto a mi padre, en aquel estadio

ningún juego se suspendió por lluvia.

 

Y en cualquier parque, y en cualquier feria,

y en todo carnaval de la intemperie,

la lluvia nos ofrendó su lealtad cual infalible techo.

 

Y ahora sé por qué llueve:

nunca nos separamos en el espíritu de la lluvia.

 

Bitácora de una calle

para Magali Alabau

Sentado en los contenes,

cobijándose contra un poste sin alumbrado,

con medio oído deambulando en la bitácora de un vecino.

Villas y castillas para el corazón de la primera novia.

Mirábamos por un hueco; un hueco era nuestro aliado…

Epígonos de una perversa tradición,

con qué santidad nos asomamos a la desnudez ajena.

Y en el precario asfalto un sueño encontraba

su único pedestal,

cuando el sudor era el oro de toda una jornada.

El último la peste…

Pero todos fuimos primeros en la versión de la noche:

We are the champions ― my friends…

No time for losers’ cause,

we are the champions of the world.

Cierto, desde este diván de la memoria

no son tontas aquellas canciones.

Sentado en los contenes,

cobijándose contra un poste sin alumbrado,

con media lengua viajando en la máquina de Wells,

se empeñaba en descifrar los signos de una geografía (desterrada).

De una esquina a la otra,

legamos la corona de algún escándalo,

el retrato de una lechuza que atravesó nuestros ojos

mientras se agazapaban en la luna.

 

Sentado en los contenes,

cobijándose contra un poste sin alumbrado,

con toda el alma violada por el apagón de un país.

La memoria de esta calle definió mi equipaje.

Crucé un mar

dejé trunco este poema.

 

 

Joaquín GálvezJoaquín Gálvez (La Habana, Cuba, 1965). Poeta, ensayista y periodista. Se licenció en Humanidades en la Universidad Barry y obtuvo una Maestría en Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad del Sur de la Florida. Cursó estudios de postgrado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad Internacional de la Florida. Ha publicado los poemarios: Alguien canta en la resaca (Término Editorial, Cincinnati, 2000), El viaje de los elegidos (Betania, Madrid, 2005), Trilogía del paria (Editorial Silueta, Miami, 2007) y  Hábitat (Neo Club Ediciones, Miami, 2013). Textos suyos aparecen recogidos en numerosas antologías y publicaciones en Estados Unidos, Europa y América Latina.  Coordina el blog y la tertulia La Otra Esquina de las Palabras. Reside en los Estados Unidos desde 1989.

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