BAJO EL FULGOR DEL MISMO RAYO. Graciela Perosio

“no sabéis de qué sois capaces, en lo bueno y en lo malo,

no sabéis de antemano qué puede un cuerpo

o un alma en un encuentro concreto”

                                                                                                                                                   Baruch Spinoza

 

En estos tiempos del neoliberalismo, una concepción individualista extrema de la vida se ha ido filtrando en el cotidiano de todas las personas, convenciéndolas además, de que sólo la más dura competencia es el gran motor de cualquier proyecto. Entonces, actividades grupales de gran respeto por las diferencias y de apoyo y solidaridad con la producción de unos y otros, adquieren hoy un valor inusitado, un valor político, un valor de filosofía resistente a un sistema economicista que denigra al ser humano en su misma humanidad, en su necesidad de compartir para poder revelarse a través del encuentro y crecer. Por eso giramos “La aldaba del desierto” del mes de julio para abrir la puerta del trabajo de Osvaldo Bossi (poeta y narrador argentino, 1963. Entre sus títulos: Tres, Fiel a una sombra, Casa de viento, antología personal, Del coyote al correcaminos, Adoro, novela de reciente reedición.)

Osvaldo Bossi, paralelamente a la escritura de su propia obra, se ha dedicado desde hace años, a la tarea docente respecto de la escritura creativa. Su taller fue reuniendo a diversos grupos de jóvenes (y no tanto) que se acercan a la producción literaria. Es básico en su forma de ayudar al devenir de la escritura en los otros, el favorecer un clima de compañerismo y amistad que se dilata mucho más allá del horario puntual de las clases, en charlas y lecturas demoradas por las mesas de los bares donde la “lección” continúa en trasnoches expandidas de poesía. De esas noches amplias nacería la idea de “El Rayo verde”. ¿En qué consiste? Se trata de un encuentro mensual organizado por lo general en día sábado, un momento para encontrarnos relajadamente en un sitio público, todos aquellos a quienes nos gusta escribir. Hay una serie de lecturas programadas, unos seis autores aproximadamente, que son anunciados por las redes sociales. Como dicen Osvaldo y su principal colaborador, Patricio Foglia, también poeta, “en un contexto de amplia y cada vez más extensa virtualidad, donde hay conexión pero al mismo tiempo, un profundo aislamiento, volver a encontrarse en un espacio de escucha, exigente y atenta, hasta de nervios; probarse, entonces, la máscara de la presencia, darle voz propia a unos poemas, ponerse a prueba en el silencio de los espectadores y escuchar, escuchar en vivo: todo eso se parece al esplendor único de aquel otro rayo verde.” Porque El Rayo Verde es el título de una novela de Julio Verne y también de una película de Éric Rohmer. El argumento tanto de la obra literaria como del film, alude a una leyenda:  la búsqueda, nada sencilla, de un fenómeno óptico sólo presenciable en el instante en que el sol se hunde bajo el horizonte del mar. La creencia afirma que si dos personas logran verlo al mismo tiempo, quedarán enamoradas, la una de la otra.

Por lo tanto, en el momento de elegir un nombre para estos encuentros literarios, han privilegiado una tradición de Literatura asociada a la infancia y adolescencia, sí, pero más específicamente se ha valorizado el descubrimiento de las posibilidades de cada uno a través de los vínculos con los otros. Otros que también son los autores que se leen, vínculos que traspasan la correspondencia cronológica. Asocio aquí con el pensamiento de Gilles Deleuze y Félix Guattari. “No seáis ni uno ni múltiple, sed multiplicidades. ¡Haced la línea no el punto! La velocidad transforma el punto en línea. ¡Sed rápidos incluso sin moveros!” Es decir, no tenemos obligación de quedarnos fijados, estamos invitados a ejercer el derecho a la diferencia, aún la diferencia de nosotros mismos, o del que creíamos ser…, derecho a la variación, a la metamorfosis.

Y esa metamorfosis sólo se da a partir del encuentro con los otros que despiertan mis virtualidades. Velocidad de rayo amoroso que todo lo cambia con su revulsiva energía: “el entusiasmo que circula desde que empieza a llegar la gente hasta que termina la noche distingue a El Rayo. Una especie de pequeña mística que hace que, la mayor parte de las veces, hayamos tenido la fortuna de salir diciendo “hoy, pasó algo”. Tal vez sea porque armamos todo con alegría artesanal, pero cada Rayo  para nosotros, es un acontecimiento. Cada nuevo Rayo nos sorprende, con propuestas estéticas muy distintas entre sí, voces reconocidas con otras nuevas, tonos altos y bajos, y la posibilidad de ver en vivo a poetas increíbles como Arturo Carrera o Diana Bellessi, entre muchísimos otrxs, que hacen que pensemos que sí, que las expectativas están más que satisfechas. Además, el trabajar en equipo -agrega Osvaldo- nos aparta un poco del sentimiento de soledad y, por un instante, sentimos que formamos parte de algo mucho más importante que nosotros mismos. En ese sentido, estoy más que agradecido. Me ubica en perspectiva y me enseña humildad.”

        A esta altura El Rayo Verde tiene su historia y ha ido transitando por distintas sedes:

“empezamos en Casa del Pueblo, un lugar hermoso en pleno centro, subiendo unas escaleras, rodeados de chicos y chicas militantes del espacio. Después, estuvimos en Mordisquito, que nos recibió con todo el amor de sus trabajadorxs, allá en el Pasaje Discépolo en Corrientes y Callao. Estuvimos en Mu, a unas cuadras de Plaza de los dos Congresos. Ahora, estamos en La Tribu, otro lugar de cultura y resistencia, y así como cada Rayo nos dejó algo, también cada lugar en el que estuvimos nos dejó algo. Fueron lugares en donde pudimos habitar ese espacio de encuentro y escucha mutua que es el Rayo Verde, y siempre nos fuimos pensando que íbamos a volver. Pero, a pesar de que cambiaron algunos nombres, llegaron y se fueron lugares y personas, existe también una persistencia, que es la que mantiene vivo el resplandor que nosotrxs vemos en nuestro ciclo.”

Y el Rayo también se proyecta hacia el futuro. La idea de Osvaldo Bossi, pero compartida por todos, es abrir la perspectiva lo máximo posible. “Fijate que ahora en La tribu contamos con un proyector, lo que permitió “invitar” a poetas que ya no están. Los últimos encuentros empezaron con proyecciones de lecturas de Olga Orozco y de Juan Gelman. También quisiéramos poder escuchar voces de las provincias…” 

          “Nada sabemos de un cuerpo –volvemos a Deleuze– mientras no sepamos qué puede, cuáles son sus afectos.” Esta afirmación también es válida para el cuerpo de la escritura que crece con otras, con afinidades y rechazos, con intercambios de pasiones con el otro que nos pueden “llevar a componer con él un cuerpo más potente.” Por eso cuanto más amplia sea la propuesta de poéticas y de tradiciones, más vigor, más riqueza. Ojalá así sea, para el bien de la escritura en Argentina, bajo el fulgor del mismo rayo.

 

© All rights reserved Graciela Perosio

Graciela Perosio. Bs. As (1950) Escritora. Prof. Universitaria en Letras. Recibió la Beca Nacional de Investigación del Fondo Nacional de las Artes para estudiar la obra del poeta argentino Carlos Latorre. Publicó ocho libros de poesía: del luminoso error (1982 de autor), Brechas Muro (1986, Tierra Firme), La varita del mago (1990, Tierra Firme), La vida espera (1994, Del Dock), La entrada secreta (1999, Grupo Editor Latinoamericano), Regreso a la fuente (2005, Del Copista), Sin andarivel (2009, Del Copista), Balandro (2014, Paradiso), la antología Escampa, el corazón (Editorial Ruinas Circulares 2016) y El privilegio de los años, (Editorial Leviatán 2016)

Su obra ha motivado puestas escénicas multimediáticas, esculturas, pinturas y otras obras literarias. Muchos de sus poemas se han difundido por la red en sitios nacionales y extranjeros mereciendo juicios elogiosos de críticos y colegas. Un poema de su autoría fue seleccionado para realizar un afiche con ilustración de Alexiev Gandman que se presentó en las veredas de la Ciudad de Buenos Aires.

 

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