AQUÍ NO ES MIAMI DE FERNANDA MELCHOR. Marco Antonio Cerdio Roussell

aqui no es maimiEn días pasados tuve oportunidad de leer el libro de la escritora Fernanda Melchor (Veracruz 1982) que con ese sugerente título fue publicado por la editorial Almadia en junio de este año.

El texto, formalmente atractivo,  ofrece reminiscencias del formato periodístico a través del papel y la tipografía. De alguna manera busca recordar ese periodismo, también muy veracruzano, de camioneta y altavoz que anunciaba a los vecinos alguna barbaridad indigna de las letras pero acompañada de sensacionales fotografías. Esta práctica que en su momento sorprendía por la audacia e inventiva de los pregones del vendedor ambulante más que por la crudeza del evento narrado, paso en los últimos años a un segundo o tercer lugar. Simple y llanamente, el silencio, lo no narrado, se impuso a lo que antes era comentado de mesa en mesa. Fernanda Melchor, a contrapelo de este silencio y sabedora que la literatura ― pues eso es el buen periodismo, siempre que se libera de su marco temporal, de soporte y comercialización más inmediato― le da una densidad a la noticia que permite escapar a la banalización, busca en esta serie de crónicas reconquistar un espacio que hoy por hoy se ha evaporado del ejercicio público.

Como mencionaba en mi entrega anterior, la irrupción de la violencia originada por el narcotráfico en la vida cotidiana tiene necesariamente repercusiones en el campo de la cultura que debemos valorar. La crónica, entre todas las opciones posibles, ofrece pautas para particularizar el fenómeno y caracterizarlo de acuerdo a un contexto específico que suele escaparse cuando se leen reportajes y que, por otro lado, suele perder relevancia en un texto ficcional. El texto de Fernanda Melchor, en este caso, resulta atractivo en la medida que incorpora una perspectiva histórica que sólo puede surgir a partir de lo afectivo. La voz de la narradora (Pienso en “La playa del muerto” pero en general en varios de los textos contenidos en el libro) busca incorporar un horizonte de vivencias personalísimas en ese entramado de historias. De alguna manera, la narradora intuye que en medio de la vida cotidiana, de esa existencia aparentemente tranquila de la década de los ochentas y noventas, se agitaba ya el huevo de la serpiente. Me atrevería a decir que la serpiente entera. En medio de remembranzas suyas o de los entrevistados respecto de la vida del puerto en las décadas previas, mediante el relato lento, moroso a veces, en otras ocasiones similar al desdoblamiento de una trama enrevesada en donde intuimos oquedades, alusiones, historias que quedaron en el tintero y ahí deben permanecer, la autora va rehaciendo todo un proceso de descomposición. En gran medida, el acierto de la autora es incorporar ese tono de la charla, del chisme, esa retacería de historias que en algún momento se pudo haber compartido mientras bebíamos un café cargado a las tres de la tarde para la puta calor y que, por su carácter incompleto, siempre remitiendo a las altas esferas o a personajes tradicionalmente conocidos y por lo mismo indemnes a la denuncia, se dejaban para posterior momento. Sin necesidad del teatro griego, la gente sabe que él que sobrepasa sus límites habrá de caer y, llegado el momento, platicaremos la caída con otro café.

Esta sempiterna charla (no en balde nombres como los de Acosta Lagunes, Gutiérrez Barrios y tantos otros, ¿me regreso hasta Adalberto Tejeda?, salpicaban estos comentarios de eventos contemporáneos) nunca previó que en algún momento la violencia crónica, endémica de las zonas rurales y las periferias, podría alcanzar picos inesperados, convertirse en una turbonada que lo cubriera todo. En ese sentido, la crónica de Melchor atrapa muy bien esa sensación de amargo despertar, de ruptura de toda expectativa, de cuando la violencia no fue ya ni memoria ni lejanía. Si bien se sabía de poblados donde las cabezas eran “sacadas en jaba” no fue lo mismo cuando esa violencia se volvió común de zonas urbanas y comenzó a apuntalar la autocensura.

Otro aspecto a mencionar de las crónicas recopiladas por la autora es la corroboración de algo que ya más que sorpresa resulta lugar común. Me refiero a la desmesura, la falta de límites y de equilibrios por parte de la clase política del estado de Veracruz. En algún momento, precisamente el que la autora comparte con sus lectores, la desproporción del carnaval sustituyo la solemnidad de una clase política de traje y guayabera. En paralelo a los amagos, las fintas y el triunfo de la violencia, el poder político se muestra ausente, omiso, traducido a mero acto populista o a un entramado de intereses que, consciente de su vulnerabilidad, prefiere encerrarse sobre sí mismo.

Al final, Aquí no es Miami, no es  sólo una serie de testimonios sobre el momento en que Veracruz llegó a escorar por la violencia. Si, en un lugar común del salinismo, el  expresidente solía remitirse a las nuevas generaciones, al país próspero y de primer mundo que debía ser construido para ellos como razón última de sus reformas, por ejemplo la requisa del puerto de Veracruz, Fernanda Melchor muestra en su narrativa, el azoro, la huella de un choque con una realidad que debe ser narrada para sobrellevarse, para comprenderse. Así de abrupta fue la ruptura, así de abrupto el fracaso.  Con todo, se agradece el esfuerzo y la honestidad de ponerlas por escrito. Todavía hay muchas historias que se quedaron en veremos. Tenía que ser una voz nueva la que contará esto. Pero ahí, en las mesas de un café que no creo que podamos disfrutar muy pronto, queda más por contar.

Marco A. CerdioMarco Antonio Cerdio Roussell. Escritor y profesor universitario. Radica en Puebla, México. marco.viajero@gmail.com

twitter@Marco_Cerdio

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