AMOR ULTRAVIOLETA: LUZ NEGRA, DE NOEL LUNA. Elidio La Torre Lagares

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Si hay alguien entre el público que no conozca el arte de amar,

que lea esta obra y, cuando se haya documentado leyéndola, que ame.

— Ovidio.

 

 

La luz, contario al sonido, oscila y se propaga en la soledad pletórica del vacío por sí misma. El sonido, la voz, necesita del aire. Es la variación del movimiento eléctrico que perturba el aire y viaja como ecuación de onda. En las propiedades de la luz, se nos revela la presencia del mundo en una dialéctica de refracción y reflexión. Terquedad inflexible, o forma de energía que nos concatena al universo. La luz es distancia y proximidad. Pero, sobre todo, como lumen, es información, materia y vida. Hace al mundo visible y la verdad entonces es posible.

 

De las verdades posibles, ninguna supera y sujeta más que el amor, en cuya espectralidad se escribe la vida y la muerte.

 

El amor excede toda norma y ante su poder se quiebran los más intensos vacíos.

 

Es esa proyección fantasmagórica en la que nos buscamos en el otro. Sin otredad, el eros no existe. El amor –esa figura diluida en nuestras reducidas concepciones de espacio; esa búsqueda ágil que se disuelve al completarla, se genera como unidad mínima de significación sobre la cual se plenifica el libro Luz negra, de Noel Luna, merecedor del Premio Nacional de Poesía otorgado en el 2017 por el Instituto de Cultura Puertorriqueña.

 

De Noel Luna podemos decir cosas fascinantes. Su primer libro, Teoría del conocimiento, fue Premiado en el Certamen del Ateneo de 1995 y publicado en el 2001 por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico. Años más tarde, publica Hilo de Voz (2005), premiado por el Instituto de Literatura, al cual le siguen los poemarios Selene (2008) y Música de cámara (2009). En la década del 2010, publica La escuela pagana en 2014 (reseñado en Nagari). Es coeditor del libro Ricardo Piglia: Conversaciones en Princeton (2000) y editor de Piel fugada: antología poética de Luis Palés Matos.

 

Y aquí del discípulo a su maestro.

 

Luz negra es un poemario complejo escrito en 25 poemas que suman 125 liras, la versificación inventada por Bernardo Tasso en Amori. Luz negra es un libro que se escribió antes de ser libro. Antes de escribirse, fue sentido y vivido. En el poemario de Luna, la inmanejabilidad de los sentimientos de la voz lírica se encuentra en pugna con la lógica y la causalidad, y solo puede ser transferida a planos paralelos que se atienden en la vocación de poeta del autor. Solo en el lenguaje de la poesía el amor es sublimable. Solo en la poesía el amor es domesticable.

 

Irrestricto dentro de su métrica, en Luz negra timbra con una musicalidad que es eco y es mito. Luna llega tras la huella del Luis Palés Matos de «Puerta al tiempo en tres voces» y la Medusa caribeña, como Mercedes López Baralt ha nombrado a Filí Melé, el objeto del Eros en los poemas de Palés. En el poemario galardonado que nos convoca hoy, el deseo trunco por el eros filimeliano se revierte y es la luz mulata la que triunfa sobre el poeta agotado por los desafectos hasta este momento lumínico.

 

«No esperaba que fuera/ ni corto ni benévolo el invierno/ que cala y persevera/ ni que una claridad de primavera/ brillara en el infierno», dice la voz en el Poema I, y luego añade: “Me sorprende que ahora/ que daba por perdida la existencia/ llegara y que la ciencia/ de su alma cazadora/ prendiera en mí la súbita querencia».

 

Del amor como cacería, no nos queda mayor representación que la de Cupido con su arco y su flecha. Asimismo, enfatiza la idea de la caza en «Una cándida cierva», de Francesco Petrarca, poema en el que el poeta tiene una visión de su amada –ejemplificada en cierva– que se desvanece en el intento fallido del sujeto deseante por aprehender a su presa. Palés, sabemos, cayó preso de la inescapable trampa del amor imposible. Una mulata de ojos verdes y mucho más joven que él, como advierte López Baralt en su libro Orfeo mulato. El amor de Palés se dirime en búsqueda, en instancia del saber que no se encuentra o no se sabe, sino que, como todo lo sólido, se desvanece en el aire.

 

Así el amor se nos asoma en su carácter ontológico. Mantiene todo unido y la perdida de sus facultades se desentiende de lo ordenado.

 

El amor se amasa como desapropiación de uno mismo, y en Luz negra hay una sublimación de la ensoñación del amor al amor de ensueño.

 

El vórtice lírico entre Palés y Luna parecería suscribirse a los Amares de Ovidio, donde el poeta romano llama «lucero mío» a Corina, su amante, y quién lo visita en la penumbra de la habitación. El amor es luz. Cuerpo sublime. Numen y lumen.

 

Y lo que prosigue al encuentro es previsible en la débil –más bien, seductora– resistencia que la mujer, puesta como presa, ofrece.

 

Por supuesto, la más evidente alusión a Ovidio en la Luz negra de Noel Luna nos remite a la metamorfosis, donde Febo parte en cacería tras la ninfa Dafne, y solo da con sosegar su latido, «tallando en cada tronco su figura». Aquí también persiste la recreación de la mujer árbol de Palés en «Puerta al tiempo»: «del trasfondo de un sueño la escapada/ Fili-Melé. La fluida cabellera/ Fronda crece, de abejas enjambrada;/ El tronco -desnudez cristalizada-/ Es desnudez en luz tan desnudada/ Que al mirarlo se mira la mirada». Incluso, en Luz negra, “la divina/ cazadora enceguece” (II) con un “velo de enjambrada cabellera” (V). Luego añade la voz lírica: “zumbidos de colmena/ derramarán sus concentradas mieles/ e inundarán las venas/ vibrantes decibeles/ de tórridas azucares morenas” (VI).

 

Luz negra se escribe desde la experiencia numinosa que Aldous Huxley, en un libro sobre puertas y tiempo, titulado Las puertas de la percepción, habla del mysterium tremendum (lo numinoso). Ese lugar sagrado del “numen”, poder o potencia divina, es encarnado por la figura femenina, como objeto del deseo, que embruja e incide en el sujeto lírico.

 

El amor parece ir acompañado de algo misterioso, que se conoce exactamente pero sólo se puede explicar de un modo insuficiente. O sea, del mito. La cazadora proviene de un bosque profundo, umbroso, onírico, nebuloso. El poeta materializa el deseo. Se pierde «…en regiones/ secretas de su cuerpo y precipito/ mi savia en aluviones/ de olvidadas canciones/ que restauran el mito» (XII). Más que el mito de Ovidio, es el mito de Palés el que se evoca. Y en cierta forma, lo que se experimenta como terrible y tremebundo en un mundo cuyo sentido del deseo ha cobrado un carácter de pérdida o ruina. En el poema XIII, el poeta despierta junto a su divina danzante y anticipa su partida. El amor produce la paralización, la suspensión sensorial y hasta la anulación de la persona, que no puede deshacerse de él porque no tiene fuerzas para ello pese a sus efectos devastadores.

 

La pasión ardiente y apremiante enfebrece.

 

El Eros mueve y propulsa el alma para una procreación en la belleza.

 

Pero el Eros es el otro.

 

Es la búsqueda de lo ausente. La compleción de lo que de otra manera queda trunco, incompleto. Al final, el lenguaje no basta: «Un filo imperceptible raja el ojo,/ un filo raja el ojo imperceptible,/ imperceptible un filo raja el ojo,/ un filo imperceptible/ un filo raja el ojo».

 

Filo. Filí. Filios. Amor. Del que corta, digamos.

Elidio La Torre Lagares es poeta, ensayista y narrador. Ha publicado un libro de cuentos, Septiembre (Editorial Cultural, 2000), premiada por el Pen Club de Puerto Rico como uno de los mejores libros de ese año, y dos novelas también premiadas por la misma organización: Historia de un dios pequeño (Plaza Mayor, 2001) y Gracia (Oveja Negra, 2004). Además, ha publicado los siguientes poemarios: Embudo: poemas de fin de siglo (1994), Cuerpos sin sombras (Isla Negra Editores, 1998), Cáliz (2004). El éxito de su poesía se consolida con la publicación de Vicios de construcción (2008), libro que ha gozado del favor crítico y comercial.

En el 2007 recibió el galardón Gran Premio Nuevas Letras, otorgado por la Feria Internacional del Libro de Puerto Rico, y en marzo de 2008 recibió el Primer Premio de Poesía Julia de Burgos, auspiciado por la Fundación Nilita Vientós Gastón, por el libro Ensayo del vuelo.

En la actualidad es profesor de Literatura y Creación Literaria en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Ha colaborado con el periódico El Nuevo Día, La Jornada de México y es columnista de la revista de cultura hispanoamericana Otro Lunes.

twitter: @elidiolatorre

 

 

 

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