AGOTADOR PAÍS INAGOTABLE E INDÓMITO. Graciela Perosio

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Los  extranjeros que nos visitan suelen quedar fascinados por nuestro país, pero a la vez confiesan que les resulta completamente incomprensible. La mayoría viene buscando encontrar las llanuras de las famosas pampas, algunos tienen cierta idea del paisaje de nuestra Patagonia. Pero muy difícilmente sepan acerca de nuestra zona mesopotámica. Tal vez hayan visto alguna foto de las Cataratas del Iguazú. En cambio, es realmente raro que tengan noticias de los Esteros del Iberá. Esa región selvática de pronunciada amplitud térmica donde el calor puede sofocar al mediodía y de noche sufrir un frío húmedo penetrante y pertinaz. Argentina reúne horizontes muy disímiles, con floras y faunas diferentes, con mezclas étnicas diversas y lógicamente, con variantes culturales de enorme diversidad. Hasta les puedo asegurar que podemos jugar a viajar en el tiempo porque varios siglos conviven paralelos según qué lugar de su extenso territorio se esté transitando.

Recientemente la Universidad Nacional de Entre Ríos, con verdadero coraje para sus posibilidades, ha editado un libro maravilloso que reúne la obra poética de un fallecido poeta correntino, Francisco Madariaga (1927-2001). La edición fue dirigida por Roxana Páez. Madariaga cantó como pocos este mundo caótico y único de los esteros correntinos y su gente.

Ya en 1811 tenemos constancia de la peculiaridad de esta comarca. Cuando Don Manuel Belgrano marcha a la Expedición al Paraguay, en el marco de las luchas por la Independencia, escribirá sus quejas de improvisado General –su formación era de abogado- y dejará testimonio de lo mal que le han informado en Buenos Aires respecto de la tierra que debe atravesar. Heroicamente cruzará con su ejército el Río Paraná en un punto en que mide más de una cuadra de ancho, bajo una lluvia torrencial y auxiliado sólo por dos pequeñas balsas. Pueden leer estos sucesos en las páginas de su Autobiografía. Y digo “cruzó heroicamente” porque esos soldados del pueblo tuvieron que pasar a nado las piezas de artillería de la época, en un territorio donde cada pueblo era pequeño y estaba aislado. El ejército libertador no contaba con carpas donde guarecerse ni arbitrio para cocinar y la única comida consistía en ganado en pie que consumían asado, sin sal. En palabras de Belgrano: “marchas las más penosas, por países habitados de fieras y sabandijas de cuanta especie es capaz de perjudicar al hombre (…) sufriendo inmensos aguaceros, sin tener una sola tienda de campaña, ni aún para guardar las armas.”

Entre las reseñas que se van escribiendo sobre el libro mágico del que les voy hablando,  titulado Contradegüellos, me interesa especialmente la que puede verse en la red, publicada por la Revista Hablar de Poesía y firmada por la poeta María Julia De Ruschi. Fue amiga personal de Madariaga y pudo acompañarlo en un viaje por su pago. Veamos lo que cuenta: “Recuerdo ahora mi primer encuentro con los gauchos de Francisco. En esa mañana de sol del mes de mayo, luminosa y límpida, fue como si el infierno se abriese de par en par para dejar escapar una horda de demonios, en sorprendente contraste con la placidez de la luz otoñal. Un grupo numeroso de gauchos borrachos salió a los empujones y a los gritos por la puerta de algo que, con apariencia de ser un rancho cualquiera, resultó ser un boliche donde estos hombres habían estado bebiendo toda la noche. Vacilantes, estridentes, de ojos turbios y sin fondo, se saludaron con Francisco efusivamente en guaraní.” Como es habitual, la presencia constante del alcohol que vuelve cualquier encuentro peligroso. Madariaga en sus memorias, incluidas en el primer tomo, narra una escena de una película para la que contratan a unos gauchos como extras que deben abalanzarse sobre una diligencia y asaltarla…pues casi matan a los actores, pasados de bebida y con ese entusiasmo brutal por la pelea. El propio Madariaga vivió momentos de grave tensión, educado en colegios de Buenos Aires no conseguía armonizar las distintas visiones del mundo que ambos ámbitos le acercaban a su infancia impávida. También muestra su poesía los temores del chico al quedarse solo en el campo con su madre y oír los gritos nocturnos de los peones, especialmente si la ginebra había corrido en un velorio o en un baile. Atendamos al testimonio de Madariaga adulto acompañado por Lucio su hijo menor, cuando concurren a una “yerra a la uña”: “Por el corral cruzaba un caudillo gaucho liberal, con poncho celeste al hombro, y todo era celeste y colorado alrededor nuestro. A metros del corral ardían los fogones con asados para los concurrentes. Durante el almuerzo recorrimos los grupos de gauchos alrededor de los fogones, y yo conversaba con ellos, mientras Lucio tomaba algunas fotos y escuchaba atentamente lo que se hablaba. Al atardecer se jugó a la taba, y corría el vino, rumoroso a palmares crecientes. Llegaron los conjuntos musicales y empezó el baile del gauchaje y algunos puebleros. Llegaban jinetes, con cuchillo y revólver en la cintura, y entraban al baile, cadenciosos. En un clima de amistad bailaban, agarrando a sus damas con una mano por la cintura, y con la otra largaban tiros al aire, y tiraban las cápsulas vacías en medio de sapucays.(1)” Es difícil creer que esta escena ocurrió hace menos de cuarenta años…

Pero la incertidumbre es mayor cuando quien observa viene de un mundo hipercivilizado, con reglas estrictas, con disciplinas férreas. Resulta valiosísima la distinción que hace María Julia De Ruschi  entre la visión que va a tener el General Paz, gran estratega, y por lo tanto hombre de método y la de Sarmiento quien en su endiablado temperamento, aunaba el anhelo civilizatorio con la fascinación sensible que le causaba lo salvaje: “Quien no haya penetrado en la campaña correntina puede darse quizás una idea de lo que fueron (son) sus habitantes leyendo las Memorias de Paz. De más está decir que los correntinos en general, y los miembros de la familia Madariaga en particular, le producen al general una irritación tal, que lo vuelve obsesivo en sus reiteradas denuncias, como si repitiendo una y otra vez lo increíble pudiera volverlo verosímil. Al disciplinado y metódico militar lo vuelven loco los intereses y los modos locales, las intrigas, deslealtades y traiciones, esa especie de anarquía imaginativa, violenta, “el despilfarro y la más estrafalaria dilapidación” de bienes y energías. Aunque su pluma carece de todo rasgo de humor, nos hace sonreír cada vez que aparecen su irritación, su fastidio, su indignación, porque se ve a sí mismo “luchando sin cesar con el espíritu de desorden, con el mezquino sentimiento de localidad, con la más crasa ignorancia, con la penuria de recursos…” A veces, el ineludible toque surrealista, como cuando, en el colmo de la indignación por la mala administración de los Madariaga, en relación a unas armas que él había conseguido para un ejército “cuyo único y principal defecto no era ser bisoño y estar desarmado, sino estar corrompido e indisciplinado”, nos informa que dichas armas “se gastaron sin combatir” y “se dispersaron por toda la provincia, antes y después de inutilizadas”, y que “no se podía viajar por todo el interior, sin encontrar en los ranchos bayonetas sirviendo de asadores…” Su enojo revela una ceguera que no tuvo Sarmiento, fascinado por el resplandor de aquello que su proyecto político arrasaba.”

       De los ensayos sobre la obra de Madariaga que integran la edición –excelentes todos- me interesan especialmente el de Silvio Mattoni y el de Liliana Ponce porque en ambos se desarrolla el concepto de haber nacido en un paisaje peculiar como destino. Y no estoy buscando tanto reseñar este libro, cosa que varios colegas han hecho ya magistralmente, como usarlo para seguir intentando girar la aldaba del desierto en este mundo del 2017, tan esquivo, tan especialmente doloroso y caótico para mi patria. Decíamos en nuestra última entrega: “Habrá que seguir buscando la punta del ovillo que nos permita encontrar el verdadero nombre y destino de este Nadie con mayúscula que nos funda y constituye”. Por eso, en vez de comentar la original poesía de Francisco Madariaga, quiero usarla en nuestro empeño de entender este país agotador,  inagotable e indómito.

En el corazón de ese país brilla “El reino Máximo (que) ha sido y es para mí Corrientes (nos dice Madariaga) y sus campañas con rodeos, boliches, ranchos, donde vibran las guitarras y gimen –populares hasta la locura- los acordeones. (…) pobre pero secretamente orgulloso de su persona(…) El gaucho de Corrientes es un lazo de fuego que sólo se desata entre puñales, rodeos y amores,(…) siempre dispuesto en el campo de las exploraciones y los corajes, con una manera de ser tormentosa (…) Su comarca lo envuelve y lo penetra en la poesía del gran cosmos.(…) Sólo respeta realmente a esa inmensa mayoría de llanurales que, con los recuerdos inconscientes de las pasadas guerras civiles, llenos de lagos de oro y de sangre se han depositado en su memoria.(…) Creo que hay fuerzas de la iniquidad globalizante que desean destruir nuestras imágenes para que los sueños no puedan llegar a otras regiones de infinito.” Permítaseme este collage muy libre de citas de este poeta enorme, enormemente nuestro y que por eso puede servirnos de guía en el desierto del alma. El desierto donde nos buscamos con ansias que llegan desde los más lejanos ancestros de esta tierra americana.

(1)sapucay

En la versión de Narciso R. Colmán (Rosicrán).
Sapucai es gritar, pedir socorro o auxilio. El nombre de Sapucai proviene según la leyenda, de una mujer valiente que “aficionada a la caza” se perdió por aquellas serranías, pobladas de fieras y nunca más se supo de ella. Desde entonces, y, especialmente cuando había amenazas de lluvia, los viajeros que cruzaban por la noche esos parajes solían oír con toda claridad el tradicional Sapucai, o sea, el grito desesperado de una mujer, y se creía que fuera el espíritu errante de la cazadora extraviada. Hay otras versiones. El grito se integra al canto y danza del chamamé, baile típico de la zona. También se dice que es el grito que pegan los hacheros cuando un árbol grande está por caer para dar aviso de cuidado a los otros trabajadores en el bosque.

 

© All rights reserved Graciela Perosio

Graciela Perosio. Bs. As (1950) Escritora. Prof. Universitaria en Letras. Recibió la Beca Nacional de Investigación del Fondo Nacional de las Artes para estudiar la obra del poeta argentino Carlos Latorre. Publicó ocho libros de poesía: del luminoso error (1982 de autor), Brechas Muro (1986, Tierra Firme), La varita del mago (1990, Tierra Firme), La vida espera (1994, Del Dock), La entrada secreta (1999, Grupo Editor Latinoamericano), Regreso a la fuente (2005, Del Copista), Sin andarivel (2009, Del Copista), Balandro (2014, Paradiso), la antología Escampa, el corazón (Editorial Ruinas Circulares 2016) y El privilegio de los años, (Editorial Leviatán 2016)

Su obra ha motivado puestas escénicas multimediáticas, esculturas, pinturas y otras obras literarias. Muchos de sus poemas se han difundido por la red en sitios nacionales y extranjeros mereciendo juicios elogiosos de críticos y colegas. Un poema de su autoría fue seleccionado para realizar un afiche con ilustración de Alexiev Gandman que se presentó en las veredas de la Ciudad de Buenos Aires.

 

 

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