24 HORAS EN LA VIDA DE UNA LIBÉLULA y otros poemas. Nilton Santiago (del poemario LAS MUSAS SE HAN IDO DE COPAS)

La selección de poemas que siguen a continuación, forman parte del libro Las musas se han ido de copas, con el que Nilton Santiago acaba de obtener el XV Premio Casa de América de Poesía Americana, publicado recientemente por Visor Libros.

 

24 HORAS EN LA VIDA DE UNA LIBÉLULA

 

William Bluke es un ciudadano con el orgullo de un acertijo.

Ha abandonado su casa esta mañana medio dormido

con una corbata muy parecida a una merluza de terciopelo,

las malas lenguas dicen que su corazón es como una antorcha de butano

y que trabaja para el ministerio de todas las tristezas,

pero nuestro amigo a veces duda si en realidad existe,

especialmente después de darle cuerda a su reloj de arena.

William Bluke acaba de leer en el periódico que el “Estado Islámico”

ha ejecutado a un periodista disfrazado de ruiseñor

pero a él lo que le importa es saber más sobre la medusa Turritopsis

que según la nota de prensa es biológicamente inmortal.

William Bluke no entiende por qué empieza a llover

cuando acaba de pedir un café y ha salido a la terraza

para imitar a Marlon Brando mientras se fuma un Lucky.

Aunque le da igual, William Bluke no piensa dejar de estar enamorado

de la camarera que le da cada día un número de teléfono diferente,

William Bluke le ha invitado 333 veces a ir al cine

y ella le ha dicho 666 veces que “el próximo fin de semana seguro que sí”.

 

Dicen que se corre el mismo peligro en la cama de una pelirroja

que cruzando el semáforo en rojo con un café en la mano

mientras te haces el que lees los mensajes que nadie te ha enviado al móvil,

pero a William, un tío valiente, lo que le importa es que la camarera

lo vea caminar sobre la lluvia, aunque ella lo ignore olímpicamente.

William Bluke cree que en su vida pasada fue un caballito de mar,

no porque se sabe capítulos enteros de Rayuela

ni porque come helado de menta con chispas de chocolate para merendar

sino porque colecciona las lágrimas que los peces abandonan

en las alcantarillas de su corazón

cuando cae estúpidamente enamorado.

 

William Bluke llega al trabajo y lee poesía para cormoranes y otras aves,

así que, cuando contesta los correos, empieza sus cartas

imitando a Carlos Edmundo de Ory:

“muy ruiseñor mío” escribe entre risas.

William Bluke se pasa la mañana esperando la hora del almuerzo

y chinchando a los colegas del trabajo con bromas sobre los conservadores

o diciendo cosas absurdas, como “¿Sabías que si encierras a un pez dorado

en una habitación oscura, terminará por volverse blanco?”

Bluky, como lo llaman sus amigos, los traficantes de besos,

también se pasa las cenas esperando que los gorrioncillos de la mañana

le soplen al oído el secreto de los pájaros melancólicos.

Al final del día William Bluke se mete a la cama como una crisálida

y cuando cierra los ojos

es la misma libélula

que vemos alejarse entre la niebla

cuando abrimos nuestra ventana las mañanas frías y llueve.

 

 

 

FRIDA SALE A COMPRAR EL PAN Y SE ENCUENTRA UN BOLSO LLENO DE IDEAS ABANDONADO EN EL ASCENSOR

 

Sé que no te interesa saber sobre los últimos bombardeos

en los suburbios de mi corazón,

lo sé porque siempre que escuchas a Gainsbourg

o lees sobre “mayo del 68”

te imaginas –vaya tontería- que el amor es tan raro

como un payaso en un entierro y ni siquiera me escuchas,

mi penoso pasado es para ti menos importante que los huevos duros

o el porcentaje de fibra en los panecillos de tus desayunos,

igualmente, Frida, sé que conoces bien los establos

llenos de niños pobres de los que hablan en el telediario

aunque te interesen bien poco las promesas dichas antes de los primeros besos

(que quizás son para ti como una baraja de naipes trucada).

No te lo he dicho,

pero esto de ser vegetariana y agnóstica

compensa todo lo de carnívoro y divino de tus labios

cuando me hablas de tus clases de yoga

o de la arena que contienen tus lechugas orgánicas.

 

Tienes razón, las lágrimas se las lleva el viento

y tener una ideología política es igual que creer que los cernícalos

creen en los ángeles,

pero da igual, me tienes pillado desde que supe

que el cielo tenía una habitación con jacuzzi reservada para ti.

Dejemos mejor a los milagros como tema poético

y también las quinientas maldiciones de los hermanos Castro

que impiden a los cubanos follar maquillados y alados,

como zorzales atrapados en los espejos de los baños públicos.

Te interesa muy poco todo esto que te cuento, lo sé

mis lágrimas no pasarían ninguna amnistía fiscal si se tratase de ti

y ahora pienso que sabes menos de mí

que el Vaticano sobre los pájaros franciscanos.

 

Vaya, ahora te veo entrar en casa

y ni me he enterado de que te habías marchado

mientras te preguntaba si sabías que las mariposas

tienen el sentido del gusto en sus patas,

veo que llevas una barra de pan,

un bolso lleno de ideas

y una nueva cerradura de oro entre tus costillas (¿o es una llave?)

Creo que ahora tienes contigo todo lo impuro de este poema

(que no digo)

y que pronto saldrá malherido de esta hoja de papel

para meterse con todo y zapatos en tu cama,

dejémonos ya de brotes de soja, del tofu y de otras tonterías

y vayamos directos a la dieta de la que se alimentan tus sábanas,

y sobre todo

no despertemos antes del mediodía -por favor-

que no por mucho madrugar verás a Dios en pijama.

 

 

 

POEMA SOBRE EL SINDICALISMO Y LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS (QUE TERMINA COMO UN ENSAYO DE GRAMÁTICA SOBRE NUESTRAS MAÑANAS)

 

Acabo de leer en la prensa

que los robots japoneses pagan cuotas sindicales de inscripción

y lo peor de todo es que están al día.

Ah el sindicalismo, lo ejercen hasta las flores

y la clase obrera de las abejas en tu sonrisa

que se juegan el tipo por un poco de miel,

vaya que si hasta las abejas saben que hablar de ti

o del amanecer entre tus pecas revueltas

es un deporte de alto riesgo, no solo para ellas

sino incluso para poetas y filólogos:

los primeros se pasan las tardes de otoño

juntando signos de interrogación

para luego arrojarlos por su ventana como comida para aves,

los segundos, en cambio –que pasan de la poesía-

no dudan en acercarse a un poeta para susurrarle al oído

que los signos de interrogación (?)

son en realidad signos de admiración (!) con vocación de perchas.

Así de jodido es el amanecer lejos de tus pecas.

 

 

 

PREFACIO PARA UN POEMA QUE HABLA SOBRE LAS ABEJAS Y SUS ENJAMBRES DE PALABRAS (SEGUIDO DEL EPÍLOGO DE UNA CENA DE BERENJENAS REBOZADAS)

 

Todos sabemos que no es buena idea lavarse la boca con jabón para manos, todos sabemos que la vida es la puerta de atrás de una lágrima cuando oyes que han vuelto a bombardear una aldea de caracoles marinos o que han puesto una bomba en la correspondencia de un gorrión, aun así los días siguen transcurriendo, como lo tienen previsto las estrellas desde que duermen en el corazón de los niños asesinados en Srebrenica. Esta mañana levantarse con el pie derecho tiene la misma utilidad que limpiar el cielo con una aspiradora o con una escoba hecha con tus pestañas. Hay, ciertamente, otra forma de llamar a los sueños cuando descubrimos que no tenemos dinero suficiente para pagar a tu sonrisa por donarnos el amanecer. Es cierto, la luna se hace la despistada en nuestros desayunos y aprovecha mientras te hago el café para marcharse lentamente del cielo de tus sábanas e intentar llenar de azúcar las cucharillas de besos que se llevan las abejas para sus enjambres de palabras. Palabras, todas quieren salir corriendo y escapar de este poema, cambiarse de bando y brincar entre los trapecios de un libro de álgebra. Así también terminan nuestras conversaciones en el salón de casa, se cogen de las manos a través de la flor de la melancolía y se ponen las gafas sin cristales del amor para enviarle recados a las mariposas que han abandonado tu vientre para siempre; aunque a veces las veo por aquí, cruzando este puente entre tus pecas y la casa de harina que construimos para evitarnos en las calles o para albergar a los miles de números que lograban escapar del tiempo, de las jaulas circulares que a veces pueden ser los relojes. Malasaña bajo la luna se parece a un latido de Dios. Dicen que el corazón de los erizos late un promedio de 300 veces por minuto y que aquí los alquimistas se pasan la noche llorando porque cada día pierden un nuevo diente de oro. Mestre ha pedido unas berenjenas rebozadas y ensaladilla rusa y tú -que no has venido- un plato de fuet, pan con tomate y unas gambas al ajillo. Nos acordamos entonces de que cada dos por tres los teatros piden limosna a los perros callejeros, nos acordamos del chalado de Antón, el pintor que sabe hablar el dialecto de las iguanas, y también de aquella mañana en la que llegaron los inspectores de Hacienda para llevarse del cogote aquellos dos o tres poemas de amor que dices que te he escrito. Nada de esto sería cierto si no fuera porque me tienes muy pillado, mi lengua es una estampida de tonterías y sufro inconsolablemente porque me gustas tanto que simplemente no quiero volver a verte. Dentro de poco te marcharás, lo sé, llévate lo que queda de este poema, empaca el cielo, es decir, cierra los ojos, arroja por la ventana este puñado de estrellas, es decir, también tú sal corriendo de este poema, llévate de una vez por todas todos mis signos de interrogación, te regalo todo el álgebra de estas pobres lágrimas en bancarrota.

 © All rights reserved Nilton Santiago

Nilton en TallersNilton Santiago (Lima, Perú) es también autor de los poemarios El libro de los espejos, La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro, Madrid, 2012) y de El equipaje del ángel (XXVII Premio TIFLOS de Poesía, Visor Libros, Madrid 2014). Merecedor del accésit del Premio Adonáis de Poesía 2014, acaba de publicar el eBook de crónicas Para retrasar los relojes de arena (Vallejo & Co., 2015).

Más sobre el autor en: niltonsantiago.wordpress.com

 

Leave a Reply