VUELOS EN DINOSAURIO. Elsa Herrera Bautista

Cuando nos conocimos, en tercero de primaria, varias veces nos clavamos imaginando carreras de dinosaurios. Yo volaba en un pterodáctilo y él, más pretencioso, competía en coloridos quetzalcoatlus o en arqueoptérix gigantes, de esos animales yo ni el nombre podía pronunciar bien.

Solamente convivimos un ciclo escolar, ni más ni menos. Después de la ceremonia de clausura, metí mi ropa y mis juguetes en una maleta; me llevaron a vivir a una casa más chica y me inscribieron en una escuela pública. Siempre me ha costado trabajo hacer amigos, pero los tres últimos años de la primaria fueron los más rudos. Tuve muchas clases teórico- prácticas sobre crueldad infantil, si me aplicara, podría escribir varios tomos de burlas e insultos para niños afeminados con problemas de aprendizaje y sobrepeso. Pero prefiero no pensar mucho en eso. Cuando recuerdo la primaria, Raúl es lo primero que aparece: un niño que usaba lentes gigantes, un cerebrito que asombraba a todos porque era muy bueno para el cálculo mental.

Acostados en el parque con los ojos cerrados, recorríamos paisajes prehistóricos a toda velocidad. Éramos jinetes o pilotos (nunca nos pusimos de acuerdo) montados en lomos de dinosaurios (máquinas vivas y enormes). Él inventó ese juego y me encantaba. Otros niños intentaron jugar pero no lograron conectarse, Raúl y yo nos deslizábamos en una narración vertiginosa alimentada por imágenes de películas y de fotografías y, sobre todo, por el deseo de perdernos el postre de gritos y violencia que todos los días nos preparaban en casa. Una noche, lleno de rabia, en vez de golpear la pared con los puños como de costumbre, comencé a dibujarme junto a Raúl y a dos dinosaurios. Durante varias noches agregué trazos, colores y sombras. Fue mi primer dibujo de calidad, todavía lo conservo.

Hace poco tecleé el nombre completo de Raúl en el buscador de Facebook. Hallé un perfil inactivo desde hace varios meses, no muy interesante, salpicado de dinosaurios aquí y allá.  Husmeando en su lista de amigos, ubiqué un contacto común y averigüé que Raúl se encuentra en coma y que todavía vive en la colonia Hogar Moderno.

Camino despacio, la escuela sigue frente al parque, llena de los alumnos del turno vespertino. El barrio no ha cambiado mucho, solamente me parece todo más pequeño y más feo. No conocía la casa de Raúl, nunca lo visité, su familia me causaba repulsión, en particular su papá. Por una buena temporada tuvimos el sueño de matar a todos los papás del mundo.

Ana me mira soñolienta en el umbral de la puerta. Es hermana de Raúl, ha ganado demasiado peso y está muy pálida. La casa apesta, no hay desorden porque está casi vacía. Me pregunto si ella y Raúl viven solos. Sin dejar de mirar su celular, me señala el pasillo y se deja caer en el sillón, frente a un televisor encendido. Una casa vacía de objetos pero llena de ruido, pienso.

La habitación de Raúl es la última. Contrasta con el resto de la casa: hay mucha luz y silencio. Alguien, probablemente Ana, hace el aseo con frecuencia. Predomina el color blanco. La respiración de Raúl es pausada, su rostro luce fresco. Creo que acaban de afeitarlo. Parado a un lado de su cama, siento lástima por él. Lloro un poco. Después de un rato, Ana entra para darme un periódico viejo -Pensamos que era lo justo— dice. El papá de Raúl fue asesinado hace seis meses, la nota no menciona que antes de matarlo le llenaron el culo de miel y lo sodomizaron. Eso me lo contará Ana dentro de pocas semanas, mientras vemos dormir a los dinosaurios. Sigo mirando a Raúl, sé que tiene mi edad, que debería ir en tercer año de preparatoria y que es un experto en toda clase de animales prehistóricos. Una vez me mostró un libro llamado: “Extraños animales del pasado” las ilustraciones eran buenísimas.

Cuando salgo de la habitación, encuentro que Ana está profundamente dormida, desparramada. El cielo se oscurece y se aclara a causa de una tormenta eléctrica, son casi las diez, el ruido del aguacero me hace pensar en calles inundadas, tránsito lento y gente azorada. No deseo enfrentarme con todo eso, no esta noche. La luz proveniente del televisor ilumina la sala. Reviso mi celular: no hay llamadas perdidas, ni mensajes. Nada. Todo normal.

En la mesa de centro, a lado de una taza vacía, está el control remoto, cuando lo tomo para apagar la tele descubro que en la madera está escrita la palabra fatzee. Sonrío. Según la wikipedia, el fatzee es una droga sintética que permite viajar en el tiempo. Sus efectos están insuficientemente documentados, a veces produce brotes psicóticos y a veces una relajación profunda. Algunas personas afirman haber tenido orgasmos espontáneos, otras sufren desmayos. La única experiencia común es que hay un desprendimiento de la conciencia hacia cualquier punto del pasado. Llegar siempre a la misma época o encontrarse con alguien en específico demanda práctica y disciplina, o bien, tener un buen guía.

A la mañana siguiente, despierto bajo una manta azul. Ana pone a calentar agua en una tetera. Bostezo. En la palma de la mano tengo un frasco pequeño sin etiquetar, contiene cuatro cuadritos de papel. La presentación del fatzee es similar a la del LSD. Sin pensarlo, me pongo uno de los papelitos en la legua. Hay un minúsculo estallido de efervescencia y enseguida mi espíritu se desgarra violentamente en todas direcciones. Es muy doloroso, pero pronto vuelvo a ser un jinete prehistórico. Todo está igual que hace diez años. Vuelo rápido y me alejo en un gozo milenario. Mi corazón es mucho más grande que mi cuerpo y el cerebro me funciona a un millón de kilómetros por hora, por un momento quiero detenerme, temo que me explote la cabeza. Un largo silbido me devuelve el foco. Me encuentro con Raúl.

Tenemos mucho de qué hablar. Ya somos jóvenes, no niños indefensos. Al terminar la secundaria, Raúl se metió a trabajar en el negocio familiar y comenzó a ganar mucho dinero. Su cartera de clientes, compuesta por adolescentes desesperados, superaba por mucho la lista de doce contactos de su padre. Ana se hizo cargo del laboratorio y el dinero estaba en todos lados: sobre la tele, en la cocina, en los sillones, por toda la casa, a donde miraras, había billetes. Ana y yo la hacíamos chido, pero aunque mi jefe ya estaba ruco y enfermo nos seguía dando asco. Sobre todo porque pretendía que todo estaba bien, actuaba como si no hubiera pasado nada malo. Mi carnala y yo, siempre unidos, nos fuímos de la casa. Pasó el tiempo ¿no? Un día mi papá nos invitó a cenar y se le ocurrió hacer una broma sobre cuando éramos niños. Fueron sus últimas palabras y sí lo hicimos sufrir.

Antes de empezar a jugar, Raúl me daba un papelito para que me lo tragara. Luego, con los ojos bien cerrados, yo sólo esperaba a que mi pterodáctilo se apareciera. La primera vez me asusté mucho, no podía respirar bien, el aire parecía un chicle, algo imposible de manejar con la nariz. Todo a mi alrededor se comprimía y se alargaba. En ese momento, Raúl me tomó de la mano y me condujo a la prehistoria con seguridad. Era un experto, comenzó a volar a los cinco años, entrenado por su hermana.

Cuando supe que el papá de Ana y Raúl estaba muerto, sentí una especie de envidia. A mi papá le siguen sirviendo la cena caliente noche a noche. La impunidad está en todos los espacios, es una reina  gorda con cetro y corona de acero inoxidable.

Una vez que termina su taza de té, Ana me ayuda a llegar a la recámara de Raúl, hay dos camas vacías y él no está. Veo borroso, una parte de mí aún se encuentra en un valle a millones de años. Me acuesto y ella coloca otro cuadrito de fatzee sobre mi lengua. La veo acercarse en un parasaurolopus, alegre, charlaremos largo rato.

 

© All rights reserved Elsa Herrera Bautista

Elsa Herrera Bautista es socióloga, escritora y activista. Trabaja como investigadora y docente en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Es autora de Toy kids.

simedetengomealcanzo@gmail.com

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